“La emoción es única e irrepetible. Por lo mismo, no cabe pensarla, ni definirla. Es del orden de lo inefable y la filosofía ha de reconocerla y enmudecer ante ella.

Enmudecer de emoción, claro está”.
Henri Bergson

Para L.

¿Y entonces creíste que valía la pena? ¿Que todo ese esfuerzo, ese tiempo tuyo, esa dedicación hasta el cansancio, hasta el hastío, te lo iban a agradecer? Si acaso, un breve bien hecho y la siguiente tarea. Pero tu cuerpo lo sintió. Reventó. No al punto de apagarse, pero casi. Dijo no más, no puedo más, no aguanto más, aunque me lo pidas sin piedad. Y con descaro. Le exigimos lo que no puede, porque puede, hasta que no puede más. Sólo después, tanto después, nos preguntamos para qué lo hacíamos. Qué era eso tan heroico que nos llevó a excedernos tanto. Y sólo después, tanto después, somos capaces de decir que no era tan importante como para entregar la vida. Y lo importante se volvió otra cosa. Pero sólo lo vimos después. Aunque no importa. Porque lo vimos.

Él también lo entendió después. Porque Dimitri tenía tres años cuando murió.

—Cuando un hombre está hasta la coronilla, ¿qué puede hacer? Reventar. Todos lloraban, menos yo, confiesa Zorba. Y empecé a bailar. La gente decía que estaba loco. Pero fue el baile, sólo el baile, el que contuvo mi pena. Era mi primer hijo.

Sólo con el baile pudo volver a ser, y esa conciencia de la vida y el dolor, ese ritual del adiós, que también es una bienvenida, una celebración de la vida, es lo que representa Zorba, el griego, que no es otra cosa que un canto a la vida que escribió el griego Nikos Kazantzakis e inmortalizado por la figura cargada de euforia de Anthony Quinn en la película de 1964 con su nombre. Basada en un hombre de carne y hueso, el escritor lo describe como “un maravilloso bebedor, comilón, trabajador, mujeriego y vagabundo. El alma más grande, el cuerpo más firme, el grito más libre que he conocido en toda mi vida”.

Lo que liberó a Zorba fue el baile —eso que en la filosofía de Heidegger se llama Dasein, o ser a través del cuerpo, del movimiento—, como para otros puede ser haber sobrevivido milagrosamente a una enfermedad, y que se traduce luego en una experiencia mística que se manifiesta en un cambio tan radical, en una transmutación. Qué más da. Todas esas historias inspiradoras de superación, de quiebre, no son una ficción, no son una exageración, no pueden ser descalificadas por narrar eso que le pasa a tantos y que es descubrir el sentido donde ni se lo imaginaban. Nos perdimos tanto en lo que el mundo nos pide que nos perdimos del mundo.

—¿Por qué se muere la gente? ¿Eso lo responden sus libros? ¿De qué hablan sus malditos libros si no de eso?, le grita Zorba a Kazantzakis.

—Hablan de la agonía y de los hombres que no pueden responder a su pregunta.

Esto es en lo que nos hace pensar Zorba, ese hombre que le habla directo al protagonista, que es el propio Kazantzakis, el intelectual en busca de sentido, que después de tanto pensar, de tanto intentar entenderlo todo, de tanto trabajar, de traducir en 45 días la Divina Comedia o en 12 la primera parte del Fausto de Goethe, de tanto buscar respuestas, las encuentra en lo más simple de la vida, que resulta ser lo más esencial, lo más vívido.

—¿No puede ser que un hombre haga algo sin un porqué?, le pregunta el griego en las muchas charlas que tienen.

Y es increíble estar leyendo o viendo esta historia de la alegría de vivir justo en este momento en que el mundo intenta volver a encontrarse, donde todos necesitamos encontrar un sentido, el sentido de nuestras vidas. Porque el norte parece haberse perdido, o lo que creíamos inamovible dejó de serlo. ¿Salirse de la Comunidad Europea por decisión propia? ¿Votar No? ¿Elegir a quien denigra del otro y amenaza como método? El mundo se está reconfigurando, o por lo menos nuestros valores, y así, las predicciones del escritor francés Michel Houellebecq de la llegada de un islámico al poder en Francia deja de ser una ficción para volverse una pesadilla, porque no será éste quien llegue —como pasó en la alcaldía de Londres— sino la derecha extremista la que gana espacio apuntándole al miedo social.

Miedo a la libertad

Erich Fromm escribió en 1941 El miedo a la libertad, un texto que se volvió muy importante en el universo psicoanalítico porque habla de lo difícil que es llegar a la libertad creativa, y los temores que tenemos los seres humanos de ser libres, es decir, de quedarnos sin quien nos cuide o proteja. Queremos la libertad a toda costa, pero apenas nos la ofrecen, lo dudamos y nos escudamos en aquello que nos abriga en seguridades, el trabajo estable, la pelea de pareja estable, el “sistema” estable… paradójicamente, creemos que allí somos libres. Creemos que por vivir un mundo aparentemente funcional, lo somos. Pero… ¿no somos esclavos cuando lo único que esperamos es el nuevo iPhone…?

Hablamos de la libertad con arrogancia, como si la conociéramos, como si la domináramos. Pero no la valoramos lo suficiente. Sólo cuando alguno de esos casos horribles de nuestra historia nacional nos recuerdan que es posible perderla, la volvemos a agradecer. Y, sin embargo, al hacer conciencia de tenerla enfrente, sentimos un vacío enorme, y nos sentimos solos y desprotegidos. Gritamos buscando que nos den la mano, que nos guíen en esta nueva aventura que nos emociona, pero nos aterra. Y allí es cuando el baile de don Anthony, Mr. Zorba, se vuelve inspirador, porque invita al trance, a dejarse ir, a permitir perderse por un instante, justamente para encontrarse. Invita a buscar otros caminos, donde poco es suficiente. Y reta a nuestro mundo acumulador, ese que cree que entre más tengamos más felices seremos.

—Tengo manos, pies y cabeza, ellos son los que hacen el trabajo, ¿quién diablo soy yo para elegir?, dice nuestro amigo.

Invita a creer. Siempre a creer.

—Dicen que los años apagan el fuego interior de un hombre y que éste oye que la muerte lo llama y le dice pasa, dame el descanso. ¡Todo eso es un montón de mentiras! Todavía hay un montón de fuego en mí para devorar el mundo. Por eso, ¡lucho!

No hay por qué creerse el cuento del éxito, del poder, del atropello al otro como fórmula de ascenso o reconocimiento, del sometimiento al otro como sistema, de la violencia como medio. A riesgo de confrontar el mundo actual, en ello radica ser libre.

—La mayoría de personas tienen todo excepto un poco de locura. Atrévanse a cortar la soga y sean libres.

Porque la libertad, más que una búsqueda, es un resultado. Es una construcción interna rica, llena de posibilidades y soluciones creativas que suponen las expresiones máximas de la alegría. La alegría profunda y sincera. Y ello no quiere decir ser ingenuo. La alegría, como el baile de Zorba, es el resultado de sentirse vivo y asumir las consecuencias de ello.

—La vida es problema, sólo la muerte no lo es. Estar vivo es soltarse el cinturón y buscarse los problemas.

Zorba habla de puro sentido común. Porque la libertad es ser autónomo y así poder tomar decisiones propias, independientes, para enfrentar creativamente los problemas, las frustraciones, las consecuencias y dilemas de la vida. Sin olvidar nunca el motor que mantiene la llama prendida, como nos cuenta Kazantzakis: “en mi vida, quienes más me han impulsado, han sido los viajes y los sueños”. Ahora es nuestro turno.

(…)

Me gusta oír los ecos,

los zumbidos, los murmurios de la selva.

Me gusta sentir el empuje amoroso de las raíces

al través de la tierra,

el latido de mi corazón,

la sangre que inunda mis pulmones,

el aire puro que los orea

en inspiraciones y espiraciones amplias.

Me gusta olfatear las hojas verdes

y las hojas secas,

las rocas negruzcas de la playa

y el heno que se apila en los pajares.

Me gusta oír el escándalo de mi voz,

forjando palabras que se pierden en los remolinos del viento.

Me gusta besar,

abrazar

y alcanzar el corazón de todos los hombres con mis brazos.

Me gusta ver entre los árboles el juego de luces y de sobras cuando la brisa agita las ramas.

Me gusta sentirme solo entre las multitudes de la ciudad,

en las estepas

y en los flancos de la colina.

Me gusta sentirme fuerte y sano bajo la luna llena

y levantarme cantando alegremente a saludar al sol.

¿Qué creíais?

¿Qué me conformaría con mil hectáreas de tierra nada más?

¿Pensasteis que toda la tierra sería demasiado para mí?

¿Para qué habéis aprendido a leer si no sabeís ya interpretar mis poemas?

(…)

Walt Whitman, Canto a mí mismo.

 

* Teatropedia es un proyecto educativo del Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo en pro de la formación de públicos en temas culturales. Más información en www.teatromayor.org.

, “Zorba, el griego”: canto a mí mismo, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/zorba-el-griego-canto-mi-mismo-articulo-668744, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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