Querida Virginia:

Yo también escuchaba las voces. A veces, antes de dormir, sentía un lazo de fuego quemándome la garganta. No podía dormir: cada pensamiento cruzaba mi cabeza y perforaba la almohada, nociones del día se mezclaban hasta el punto de no saber si eran recuerdos o fantasías. Una tormenta. La idea de dormir se me volvió tortuosa. No quería, siquiera, imaginar el frío de las sábanas en medio de la noche, mis pies húmedos, el cuerpo inmóvil. Un día se lo conté a mi mamá. Hizo una mirada acostumbrada que siempre precede a un largo silencio. Se levantó del sillón de la sala en el que estaba sentada y se fue a su cuarto. (Lea también: Sonata fúnebre para Virginia Woolf)

Yo, mientras tanto, me quedé de pie frente a un cuadro que pintó una prima: la escena de Jesús recibiendo el vino del arcángel San Gabriel calmó mi desasosiego. Pasa a menudo que los objetos de la casa pasan desapercibidos frente a los ojos del dueño; el monstruo de la rutina extingue cualquier viso de sorpresa. Mi mamá regresó y mientras cruzaba la sala sonreía con el ansia de aliviar algo. Me entregó un libro con pasta azul: Las olas.

—A ella le pasaba algo igual.

—¿Quién es?

—Virginia Woolf, mi escritora favorita.

Nunca me imaginé a mi mamá leyendo. Nuestra vida se basaba en conversaciones ajenas: los abuelos, mi papá, los primos, las tías. Todo para evitar la enmarañada situación familiar que a veces nos golpeaba. Nuestros temperamentos son tan parecidos que la lejanía siempre ha sido la mejor manera de amarnos. Comencé a leer el libro —tu libro— todas las noches durante quince días. Escribía y trataba de dibujar algunas de las frases que más me gustaban. Sin embargo, dejé intacto el libro de mi mamá. Ver las notas al lado de cada página con su letra pegada me obligaban a respetar los pequeños rastros de la mujer soltera que un día fue.

“Has estado leyendo a Byron recientemente y has subrayado los párrafos que exaltan aquellos sentimientos que se asemejan a los tuyos”, Las olas (Hogarth Press, 1931).

Empecé a sentirte, querida Virginia, como una amiga y como nuestra relación ha estado teñida por la melancolía, tal vez ganamos en intensidad lo que perdemos en las sobrias y confortables virtudes de una amistad prolongada y segura y respetable y casta y fría.

En una de tus cartas a Vita Sackville-West, que conociste en el prestigioso entorno del llamado Grupo de Bloomsbury, de moderadas ideas izquierdistas y donde también estuviste con E. M. Forster, el economista J. M. Keynes y los filósofos Bertrand Russell y Ludwig Wittgenstein, le dices: “Escribo rápido, todo de golpe (¿Has visto lo apretado de mis letras?). Es porque quiero decir muchas cosas pero no aburrirte. Entonces pienso que, si las aprieto bien, no verás lo larga que es esta carta”.

Te lo devuelvo, Virginia. No quiero aburrirte con los detalles de cómo llegó a mis manos uno de tus libros, ni asediarte con las adulaciones vanas y vulgares que tanto detestabas. Como todos. Subimos y bajamos violenta, incesantemente, y me siento algo avergonzada, ahora que trato de escribirlo, de ver qué minúsculo egoísmo hay en el fondo de todo eso, por lo menos en mi caso.

La biblioteca del pueblo donde nací solo tenía un libro con tu biografía. Supe, entonces, que tuviste tu primer episodio depresivo en 1895, a la edad de 13 años, después de la muerte de tu madre. Seis meses en los que te culpaste por su fallecimiento, te menospreciabas, sobre todo al compararte con tu hermana Vanessa. Te aterrorizaban los extraños. Te irritaste. Cambiaste para siempre.

Continué con Al faro (1927), La señora Dalloway (1925), Flush, una biografía (1933). Comencé a escribir esta carta durante las opresivas horas insomnes de la noche. Tú con todas tus expresivas cartas, jamás escribirías una tan elemental como esta. Probablemente ni siquiera la concebirías. De todas maneras creo que serías capaz de hacerte cargo de un pequeño bache. Pero tú lo cubrirías de frases tan exquisitas que terminaría por perder un poco de su realidad, en tanto que conmigo es algo burdo.

Yo también escuchaba las voces. Mi sueño se fue volviendo más normal. Continuo. Incluso llegué a pensar que disfrutaba mucho más del sueño que de la realidad. La vida cambió de sentido y solo esperaba la caída del sol para meterme debajo de las sábanas y hablar contigo. Hablarnos —como si fuera posible— de los fantasmas ciegos que nos sacuden los días. “La vida es un sueño, el despertar es lo que nos mata”, decías.

Renovaste la novela moderna. Experimentando con la estructura temporal y espacial de la narración, perfeccionaste en tus historias el monólogo interior, procedimiento por el que intentaste representar los pensamientos de un personaje en su forma primigenia, en su fluir inconsciente, tal y como surgen en la mente.

“¿De qué te quejas? Yo nací en un tiempo donde las mujeres no podíamos usar pantalones ni dejar de calzar tacones. Me vi expuesta por ser libre de amar a quien quería: hombres y mujeres. De joven, la depresión me cercenó el alma para siempre. Me tiré por una ventana cuando mi padre murió. Hablaba casi sin parar durante dos o tres días. Me hacía preguntas que me contestaba yo misma. Incluso, una mañana, Leonard me descubrió hablando con mi madre. Con un lenguaje incoherente, una mezcla de palabras disociadas. Siempre estuve triste”. Te escuchaba decir. Ponía palabras en tu boca que, pensaba, hacían juego con tu forma de vestir. Imaginaba tu voz y tus desmanes. Fueron —y son todavía— cadáveres que mi cerebro creó para representarte.

—¿Qué pasa cuando morimos?

—¿Que qué pasa? Que regresamos al lugar del que vinimos.

—No me acuerdo de dónde vine.

—Ni yo tampoco.

Fue nuestra última charla. Aún te leo. Aún escucho las voces.

, Yo también escucho las voces, Virginia, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/yo-tambien-escucho-voces-virginia-articulo-635305, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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