Había hablado con ella dos horas antes. Antes, cuando todavía tenía la ropa puesta y ni siquiera había visos de la luz del día. La Plaza de Bolívar, en Bogotá, estaba cubierta por un halo blanco producido por las grandes esferas de luz que había en la esquina derecha del Palacio de Justicia y en la calle 10ª, cerca al Centro Cultural Gabriel García Márquez. 

Martha López tenía en su mochila el formulario que había llenado para hacer parte del desnudo masivo preparado por el fotógrafo estadounidense Spencer Tunick en junio de este año. —No tengo mucho frío. A esta edad se resiste más, aunque la gente piense lo contrario —me dijo, en medio de la fila que superaba las tres cuadras. El cabello blanco resaltaba sobre el suéter azul aguamarina que traía. Botas de lana. Pantalón negro. Eran las dos y media de la mañana, el centro de la ciudad parecía un monstruo adormilado: las calles pasivas y limpias, sin ruidos.

—Para mí, esto es un acto de libertad. ¿Usted qué piensa? Imagínese: más de mil personas desnudas. ¿Quién va mirar a quién? Todos seremos uno. ¿O qué?

—¿No le da pena?

—Más pena me daría si fuera uno de esos periodistas o gente de logística que nos van a estar mirando. Vestidos, viéndonos a nosotros, mientras tanto, ser libres. Estar tranquilos con lo que somos. Venga, vámonos a empelotar.

Tiene 69 años. De ellos, cuarenta los pasó en salones de clase dictando español en más de quince colegios. Es bogotana. Martha López entró a la plaza a las 2:45, en el primer grupo.

Spencer Tunick llega a las 2:00 de la mañana. Revisa desde la cornisa del Palacio de Justicia las cien tablas distribuidas en toda la Plaza. Se acerca a Steve, un hombre corpulento de barba blanca, y le dice algo al oído. El otro, con movimientos rápidos, penetra la oscuridad del sitio y se pierde. Usa pantaloneta negra, camiseta negra. Tunick también desaparece.

La gente comienza a entrar. Se dividen en dos grupos: el primero sobre la Catedral Primada, el segundo sobre el Palacio de Liévano. Grandes bultos se dibujan al contraste de la luz blanca. Sólo se ven los puntos anaranjados de los cigarrillos que mitigan el frío.

Se inscribieron 15.000 personas y, como es costumbre, Tunick acertó prediciendo que iría un poco menos de la mitad: 6.132.

A las 3:30 comienzan a voltear las tablas sobre la plaza, que crean, acompañadas de un lazo blanco, un triángulo apuntando al Palacio de Justicia. El aullido que avisa que la plataforma comienza a subir deja en silencio a la multitud.

Nada. La gente se queda en silencio y no hace nada. Por momentos parece un plantón pacífico, una protesta silenciosa.

Son las cuatro de la mañana. Según una aplicación del celular de un fotógrafo, el sol saldrá a las seis de la mañana. Todavía dos horas… El frío empieza a calar. Aparece Spencer Tunick en la mitad de la plaza con una maleta azul oscuro. Un hombre delgado lo persigue grabándolo con una cámara pequeña.

A las 5:44 de la mañana, 6.132 personas comienzan a desnudarse con la salida del sol. Lo que antes era una masa amorfa, oscura y perdida en las paredes grises de las edificaciones del lugar, ahora es una criatura acompasada por el color piel. Las personas saltan y gritan. Levantan los brazos en son de victoria, como si la ropa hubiera sido una cadena que los mantuvo atados mucho tiempo.

Todos los periodistas estamos mirando por encima de las bardas del Palacio de Justicia y yo, como un gato escondido detrás de tres abrigos, pienso en estar ahí: al otro lado y desnuda, y estar caminando y flotando por encima de la gente como un cuerpo laxo e irreverente.

Veo a Martha gritar sobre una tabla. La veo y quisiera que fuera mi abuela: con la valentía de enfrentarse al mundo. La veo y quisiera ser yo diciéndole a la gente: “Aquí estoy y no tengo miedo”, pero no es mi abuela y no soy yo. Es Martha aclamada por el público. Entonces, recuerdo a John Donne: “Nadie es una isla (…); cada hombre es (…) una parte de la tierra; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida (…). La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti”. Saber que nunca estaremos a salvo, recordar que cuando condenan a uno nos condenan a todos y que si alguno se salva, una parte de mí, aunque sea ínfima, también.

 

 

, Yo estuve en el desnudo masivo de Spencer Tunick, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/yo-estuve-el-desnudo-masivo-de-spencer-tunick-articulo-672668, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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