El rock es una celebración de imperfección, y ese día fue justamente eso: una sucesión salvaje de imperfecciones apasionantes. Empecemos porque al cielo le dio por caerse, justo esa tarde, como nunca antes que yo recuerde en Bogotá. Nuestro camerino se inundó con rabia y fuimos huérfanos del backstage durante un par de horas, mientras nos encontraron un nuevo lugar para esperar el show. Bueno, si es que había concierto.

La lluvia puso en riesgo que nuestro concierto se diera, pues primero debían asegurar el show de los Stones. Tanta incertidumbre fue bálsamo para la ansiedad, porque todo lo previsible se desestructuró y nuestros afanes dejaron de ser si tendríamos suficiente tiempo de prueba de sonido o no; la duda se volvió si podríamos tocar esa noche. Eso puso la situación en perspectiva y de alguna forma nos tranquilizó, pues todo estaba fuera de nuestro control. Nos fuimos tropezando con cada noticia que llegaba de la producción y en un camerino prestado esperamos, esperamos y esperamos.

La luz verde llegó no más de 40 minutos antes de que tuviéramos que empezar a tocar. Cuarenta minutos no suena poco para montarse, pero en ese momento tomamos consciencia sobre el hecho de que todo lo que nosotros usaríamos (amplificadores, batería, consolas, etc.) no estaba montado, se tenía que sacar de debajo de la tarima y montar a 20 manos. Esas 20 manos nos salvaron el show. Días antes nosotros nos habíamos metido a una bodega a repasar este show con las mismas condiciones técnicas que tendríamos, lo tocamos unas tres veces y todo el equipo de trabajo conocía el detalle. Por esta previsión pudimos sacar adelante lo que fue un show con una pesadísima probabilidad sentada al otro lado de la balanza.

Antes de salir a la tarima, uno de los stage managers principales de los Stones (el que se encarga de Keith Richards) nos dijo algo que no se nos olvidará nunca: “mírense la cara los tres, mírensela bien, porque se la van a tener que ver por el resto de sus vidas”. Y ellos saben una o dos cosas sobre verse las caras por décadas.

Al otro lado del primer acorde, cuando el show estuvo rodando, entró esa paz que siempre llega de “aquí va otro show”, cosa que nos dijo también el stage manager (“it’s just another show”). Claro, era único e irrepetible, pero también era otro show, y eso es lo que lo pone a uno en la zona de entregarlo todo sin colgarse de etiquetas. Nunca le pediremos a nadie que le guste lo que hacemos, pero sí hay un mensaje sencillo con el que nos vamos de tarima en tarima: contundencia. Ese día fuimos contundentes, nos paramos duro y gravitamos tan por encima de esa sangre rota que tenemos en Colombia y no nos deja vibrar con lo bonito del vecino. Y bueno, la historia nos la llevamos en el bolsillo para uso personal e intransferible: tocamos con los Rolling Stones.

Estas experiencias conversan en dos sentidos. Uno es el formal, el de lo profesional de la banda. Este sentido repasa con razonamientos calculados lo que esto significa, lo que implica y lo que nos traerá en nuestro desarrollo. El segundo sentido es más espiritual y personal, es el niño que todos tenemos adentro, sentado encima del corazón, y que pega un grito cuando ve un Campín lleno, porque se lo soñó siempre. Ambos sentidos estaban activos y se sentía el cosquilleo que todavía se puede revivir con un truco sencillo de memoria.

Ellos, los Stones, son más grandes que grandes; lo sabíamos y comprobamos una vez nos llevaron a saludarlos. Un encuentro sencillo donde tuvimos la oportunidad que ni en nuestros sueños más sofisticados consideramos: en un abrazo taquicárdico, les agradecimos a los Rolling Stones por la música.

* Diamente eléctrico: Juan Galeano, Andee Zeta y Daniel Álvarez.

, Yo estuve en el concierto de los Rolling Stones, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/yo-estuve-el-concierto-de-los-rolling-stones-articulo-672664, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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