Alguna vez escuché que la publicación de libros de cuentos no es común ya que estos no se venden muy bien. Bajo esta idea, ir a una librería y encontrar más que todo novelas, libros académicos o autobiografías puede parecer como la confirmación de que para que los cuentos sean leídos se necesita de una plataforma menos sofisticada que la de los libros impresos (digo sofisticado por lo compleja que resulta la impresión en papel frente  a la publicación digital). Sin embargo, estas sentencias editoriales no son (ni deberían ser nunca) tenidas en cuenta al momento de encontrar un libro de cuentos que se adapta perfecto a la melancolía del papel. “Y la jaula se ha vuelto pájaro”, de Alberto Bejarano, presenta catorce cuentos en los que la brevedad y la frescura parecieran ser compatibles con los trayectos del transporte público o las jornadas de commute, cuándo se necesita enfocar los pensamientos en una espera nada inútil.

Al menos eso es lo que se puede experimentar mientras en un viaje largo hacia algún destino conversamos con alguien a quien le gustan bandas similares o con quien compartimos series. Los cuentos de Bejarano aparecen como una conversación con alguien que nos muestra una lista extensa de referentes culturales; autores, libros, canciones, películas, de los cuales jugamos a reconocer.  Sus personajes como distraídos, propensos a deambular, escuchan desde Spinetta a Amy Winehouse y leen a Borges, García Márquez, Vila Matas y Cortázar, por mencionar algunos. El cine también es una importante fuente de títulos que en la voz del narrador no llega a sonar pedante. Es más bien como si el autor nos compartiera a través de sus personajes las obras que lo han marcado y han hecho de su escritura una forma no solo de literatura sino de conversación. Una conversación con una obra y un autor que además es docente, y que en sus letras comparte su conocimiento como si de una lección de entretenimiento se tratase, sin ánimos de intimidar ni presumir.

Los cuentos no solo son fuentes de otras fuentes, son además historias de mini tramas amorosas en las que siempre hay un ella, o un él. El romanticismo y las relaciones de pareja se hacen sentir en su máxima expresión en cuentos como “Pasado por agua” y “Trenes rigurosamente cinematográficos”. En otros cuentos como “Monedas Vacías”, “Que Dios detrás de Dios” y “El olor de un libro viejo” las sensaciones de a dos son más clandestinas, más memorables. No obstante, la muy divertida complicidad coquetona de un romance bajo cuerda en estos cuentos llegó a ser interrumpida por frases que pueden llegar a sonar bastante melosas (esto probablemente si  se tiene menos de 30 o si nunca se ha vivido en París). Algo como: “Sí, los parasoles ahora son paraguas de mal agüero que nos protegen de la intemperie pero no del amor” (“Que Dios detrás de Dios”)  o “Cuando volví a la mesa le conté la historia y nos reímos de la escena, pensando que de un momento a otro el personaje se convertiría en un trozo de un cuento de Cortázar. A veces ella me hablaba en inglés y yo le respondía en francés y leíamos en voz alta aforismos sobre amantes improvisados” (“Pasado por agua”).  El efecto de incomodidad se difunde cuando encuentros mágicos, como los que se dan gracias a cigarrillos en “El olor de un libro viejo” y en “Monedas Vacías”, aparecen como momentos admirables de presenciar por medio de su lectura.

Además de tratar amor y referentes, los cuentos varían en temáticas y enfoques. En “Brújula portuguesa” los sueños se convierten en la trama, haciendo del cuento una agrupación de composiciones surrealistas de una misma imagen. El misterio de “La última esquina” sorprende debido a la cualidad enigmática del cuento, ya  que contrasta de forma notable con las situaciones sencillas pero sólidas que plasma Bejarano en la mayoría de sus cuentos. La capacidad del autor para moverse fluido en temáticas y tratamientos va acorde con el concepto de la agrupación de los cuentos. Los 4 capítulos del libro; “Cuentos de ida”, “Cuentos en círculo”, “Cuentos ajenos” y “Cuentos de vuelta” refieren al movimiento y agrupan las historias en distintos matices. Una historia más local contada de forma caicediana es “El Antifaz”, cuento que por medio de letras de salsa y un protagonista errante retrata una Bogotá salsera en los años 90.

Los rasgos ensayísticos también se dejan ver entre las historias. Algunas reflexiones sobre la escritura aparecen en medio de los monólogos de los personajes: “Escribimos sin mirar el reloj y sin contar el número de páginas escritas. Escribimos como bailamos (claro, no todos bailan igual). En mi caso, fui aprendiendo con el paso del tiempo a escribir con la luz del sol a cuestas y a dejar de hacerme tantas preguntas, tan innecesarias. Fui sintiendo las letras una por una, como si viajaran en una barca, ya no hacia el Hades mitológico sino hacia un manantial en el que se encuentran dos ríos con el mar” (“El Antifaz”) o “Al fin y al cabo qué es ahora una trama…si hay un texto es porque detrás hay texturas. O mejor, porque en la superficie puede sentirse una textura” (“Yalta sonaba en mí como una canción”). 

Y la jaula se ha vuelto pájaro entonces, más que un libro de cuentos que se olvidó de los moldes de ventas editoriales actuales, es una obra con la que se puede conversar, charlar despreocupadamente sobre las canciones que nos gustan o las películas que tenemos que ver, con historias de amor camufladas y personajes dispersos que caen bien y se relacionan con el lector sin timidez. Una buena opción para cuando los momentos de espera puedan dejar de ser del todo inútiles.

, "Y la jaula se ha vuelto pájaro" de Alberto Bejarano, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/y-jaula-se-ha-vuelto-pajaro-de-alberto-bejarano-articulo-671509, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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