Fue un miércoles gris cuando lo llamaron del Ministerio de Cultura para pedirle que fuera al día siguiente a Bogotá al anuncio del Premio Nacional de Literatura. Él intuyó de qué se trataba, pero no quiso decir mayor cosa. El jueves se presentó, según lo acordado, y en el Teatro Colón oyó su nombre, Octavio Escobar Giraldo, como ganador del premio. Luego algunos invitados dijeron que hubo rostros sombríos por el anuncio, un poco de lo mismo de siempre con los premios. Él no vio nada. O no percibió nada. De alguna forma estaba en otra galaxia recordando su novela, la obra ganadora, Después y antes de Dios, y sus personajes y sus luchas. Apenas comprendió lo que había ocurrido horas más tarde, mientras celebraba en Bogotá.

Tres días después llegó a Medellín a la Fiesta del Libro. Fue el hombre del momento y de la semana. Fotos, entrevistas, saludos, mensajes de felicitación. Una y otra vez contó la historia de la novela, que había surgido en Manizales por dos personajes que él conoció antes de comenzar a escribir, la narradora de la historia, una señora abogada que asesinó a su madre, y un cura de su colegio que terminó aprovechándose de los mandatos de Dios y les robó a los fieles. Una y otra vez recordó que los primeros libros que leyó se los regaló su padre para que pasara las tediosas horas de su recuperación en un hospital después de que lo atropellara un bus. “Eran los cuentos de Edgar Allan Poe, que desde entonces me envenenó. Poe fue la raíz de todo”.

Luego, al final del bachillerato, empezó a escribir asuntos del colegio en el periódico del Liceo Arquidiocesano de Nuestra Señora, y cuentos de adolescente en los que intentaba imitar a Poe. Seguía con Poe y con algunos clásicos, y llegó a Bryce Echenique, un hombre, escritor, vividor, que rompió normas y decía de los escritores y del Boom, por ejemplo, que “el estallido del llamado Boom iba a despertar los más enceguecidos apetitos de gloria, de fama, de dinero, de estatus social. En fin, de todo tipo de arribismos”. Aquellos muchachos, y no tan muchachos, denunciaría, eran capaces de cualquier cosa, “por ridícula, deshonesta o contraproducente que fuera, en su afán de relacionarse con editores, críticos, traductores y académicos”. Él tenía que sobrevivir a ese mundo.

En su mesa de trabajo, Bryce Echenique tuvo siempre una especie de carta que le entregó Augusto Monterroso, en la que decía: “Hay un mundo de escritores, de traductores, de editores, de agentes literarios, de periódicos, de revistas, de invitaciones, de promociones, de libreros, de premios, de condecoraciones. Si algún día entras en él verás que es un mundo triste, a veces un pequeño infierno, un pequeño círculo infernal de segunda clase en el que las almas no pueden verse unas a otras entre la bruma de su propia inconsciencia”. Escobar leyó y aprehendió a Bryce Echenique. En su romper y en algunos de sus lineamientos de vida. “Yo quería, quiero, captar la oralidad nuestra. Sin ese interés no habría seguido escribiendo. El cómo hablamos dice cómo somos. Así fue surgiendo, por ejemplo, De música ligera, mi primera novela”.

Así fue surgiendo su vivir. Escobar era el muchacho que trataba de captar lo que decía la gente por la calle y cómo lo decía, y el estudiante de medicina que se trasnochaba para superar los cientos de exámenes de la carrera, y el enamorado perdido que se escondía por horas y horas a escuchar lo que emitiera la radio, desde Gardel hasta Nino Bravo, desde Soda Stereo, luego, hasta Queen. Escobar era, también, el que escribía. “Uno escribe para uno”. Tiempo después, cuando se enfrentó a Después y antes de Dios, inventó y borró y volvió a inventar decenas de veces el primer párrafo. “Por fin decidí contar en ese comienzo cómo la protagonista asesinaba a su madre. Ahí captaba toda la atención, claro. Más adelante vendría el problema de mantener la atención. Por eso decidí ser algo truculento, abandonando la sugerencia y la discreción”.

El título surgió de una obra de Juan Carlos Onetti, Después y antes del sol. En su caminar y leer, Onetti se fue convirtiendo en uno de los escritores esenciales para Escobar, porque Onetti se condenó, como solía decir, desde su infancia feliz y su adolescencia traumática y comenzó a escribir y lo hizo para él, para su placer, pero para su vicio también y, sobre todo, para plasmarse en sus relatos. Para plasmarse y por vicio fue frágil y poderoso, retraído y extrovertido, una especie de espejo para Escobar Giraldo, que entre flashes y respuestas y saludos, sonríe, como si con su sonrisa quisiera esconder sus vicios y fragilidades.

, “Uno escribe para uno”: Octavio Escobar, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/uno-escribe-uno-octavio-escobar-articulo-654980, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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