A Hebe Uhart su mamá le cercenó el ego cuando tenía seis años. “Mi madre era la directora de la escuela en donde estudiaba. Mis compañeros no podían creer que mi mamá fuera la directora. Fui a su despacho con cinco niños de mi curso y le dije: ‘No es cierto que tú eres directora y mi mamá al mismo tiempo. Ellos me dicen que vos no sos nada mío’. Tenía seis años. Se quedó mirándome y me dijo: andate a estudiar”.

Uhart recuerda esa anécdota como una herida de guerra: las carcajadas de los niños en los pasillos, las bombas que le estrellaron luego del ridículo, todos gritándole “mentirosa”. “Quedé, para siempre, apaleada”.

A cambio de un ego inflado, la madre de Uhart le dio templanza y voluntad de sobreviviente. “Cuando me convertí en escritora no creía en ningún comentario que hacían sobre mi trabajo: ni bueno ni malo. No creo en nada”.

A pesar de que Rodolfo Fogwill arremetió en contra de Ricardo Piglia, Betriz Sarlo y Juan Forn —clásicos contemporáneos de la literatura argentina—, dijo que Uhart, esa pelirroja anónima, era la mejor escritora de su país. A ella no le importa la editorial en la que va a publicar, no se fija en las tapas, y si hay que cambiarle el título, se lo cambia.

“Cuando uno escribe, si es bueno, le termina llegando el reconocimiento. ¡Qué voy a ser la mejor escritora de Argentina! ¿Qué quiere decir eso? Nada”. No hay falsa modestia. Incluso le incomoda ese reconocimiento que llegó todo junto después de la publicación de sus Relatos reunidos (Random House, 2010). Cambia de tema rápido.

Está en la ciudad invitada por el programa Bogotá Contada, de Idartes, y es uno de los cinco jurados del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez, que se entregará este 2 de noviembre en la capital. Tiene cosido un cigarrillo a la boca, que lo pone a un lado cuando habla. Es pudorosa, una forma extraña de pudor. Aunque escribe en primera persona y es charlatana, hay algo secreto en ella. Algo duro.

“De chica era gorda. Ágil pero gorda. Odiaba mirarme al espejo y ver los pliegues de mi abdomen: un abanico mal cerrado”. Los recuerdos de su juventud son un pantano oscuro que ahora evita pisar. En esos años, donde todo era terriblemente confuso, sobrevino su primera gran obsesión: ser flaca. Como un ave moribunda. Se propuso, a toda costa, que sus homoplatos estuvieran tan salidos que parecieran las alas de un ángel. Lo logró. En menos de un año adelgazó 25 kilos. “Lo hice sola. Sólo comía la galletita que nos daban en la escuela. La leche que mi mamá me daba la tiraba por la pileta y contaba todas -todas- las calorías y carbohidratos de cualquier cosa que me metiera a la boca”, lo dice con un dejo de orgullo.

La adolescencia le duró mucho. Desde los 15 hasta los 17 se puso la ropa al revés para parecer original. Un día, a los 18, se montó a un buque y recorrió el río de La Plata vestida toda de negro y con el olor encima de una semana sin bañar. “Puras extravagancias”, dice. Empezó a estudiar filosofía y se enamoró de un hombre casado. Para sacárselo de la cabeza se fue a vivir a Rosario, a cuatro horas de la capital, y terminó los estudios allí. “Mi mamá me descubrió esas cartas que escriben las jóvenes para sí mismas que dicen ‘no puede ser, no puede ser’. Una chica de hoy en día no se hubiese ido. Sufre una semana y listo. En cambio yo me fui un año. Cuando volví a casa, vomitaba y tenía una mentalidad pasiva. Andá a saber”.

Ese hombre, su primer hombre, fue también su primera musa: al conocerlo se dedicó a contemplar como una bestia obsesiva las actitudes de los otros, sus movimientos de labios, sus palabras. Gestos que ella, de a pocos, fue poniendo en sus cuentos.

Sin embargo, no habla mucho de aquel amor de juventud. Recuerda más a Ignacio, el poeta borracho que conoció a mediados de sus 20. “Yo era invisible y me fui con Ignacio. Me rajé. Íbamos por ahí, por los cafés. Él bebía. Las mujeres jóvenes creen que pueden regenerar a los borrachos. Que si una hace bien todo, él va a cambiar. Yo hice todo, lo llevé a un psiquiatra, le compré vitaminas y él las tiró a la mierda. Cuando la otra persona no quiere, no quiere. Cuando estaba sobrio era muy bueno, me quería”.

Ignacio era buen poeta, dice Uhart, pero era incoherente: apenas escribía y no podía publicar. “En mi casa nadie me miraba. Mi mamá, muy eficiente, hacía todo y yo quedaba a un lado. Y mi papá murió por esa época. Con Ignacio yo me sentía eficiente: él no hacía nada y me miraba como si fuera una sabia. Decía que no podía ir a trabajar porque no tenía pantalones. Entonces mi mamá le compró un traje con dos pantalones. Los borrachos son como los perros, pelean al lado de los tachos de basura. El traje se le rompió todo. Yo iba a la sastrería a ver si se lo podían reparar y él esperaba en el café de la esquina para ver mis gestiones. Los empleados de la tienda eran muy decentes, de muy buena presencia, miraban el pantalón y decían ‘cómo se pudo haber hecho eso’”.

No incluyó a ninguno de sus amores en sus cuentos. Los mismos que había hecho durante 40 años y decidió abandonar.

Comenzó a viajar: Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, México. A coleccionar los acentos de las ciudades y los paisajes de los pueblos. “Muchas veces me pregunté: ‘¿Qué estoy haciendo en este pueblo de mierda?’”.

Se la pasaba esperando. Adormilada en cualquier café en busca de una historia para contar, un diálogo que repetir. “Comencé a escribir crónicas porque el lenguaje del periodismo me parece bello. Gracias a ellas pude encontrar formas de hablar: palabras, refranes, que yo jamás hubiera podido siquiera imaginar”.

“A donde más he viajado es a América Latina, he hecho poca cosa en Europa. Me interesa saber dónde estoy parada. Si yo no sé dónde estoy parada, sé muy poco de mí. Los viajes son reveladores. Me gusta la composición de las palabras, la diferencia del lenguaje. Hago lo que se me da la gana: me pongo lo que quiero y hago lo que quiero”. Lo que no le gusta es el protocolo en exceso, las formas adornadas para referirse a los otros.

“Acá en Colombia todo el mundo se disculpa en las calles: ‘Qué pena’, ‘lo siento mucho’, ‘discúlpeme, sumercé’. No es para tanto. Yo prefiero de frente: ‘¿Qué te pasa, boluda? ¿No sabés por dónde pisás?”.

, Una colección de obsesiones, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/una-coleccion-de-obsesiones-articulo-662937, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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