Aún se oía el murmullo de martillos, cinceles y conversaciones en el Teatro Adolfo Mejía, mientras se realizaban los últimos ajustes para el concierto inaugural del Cartagena Festival Internacional de Música, cuando 21 personas salieron de las murallas de La Heroica rumbo a Santa Catalina, el primer escenario en una ardua gira por el departamento de Bolívar. (Vea también: Conciertos gratuitos del Cartagena XI Festival Internacional de Música).

Símbolo y Sonido es la temática de la decimoprimera edición del evento, que este año decidió, con el apoyo de la Gobernación de Bolívar e Icultur y en colaboración con la Institución Universitaria de Bellas Artes y Ciencias de Bolívar (Unibac) , ir más allá de los grandes teatros capitalinos, llevando a los municipios de Santa Catalina, El Carmen de Bolívar, Mompox y Magangué una amalgama de sonidos característicos de la música francesa, acompañados del popular encanto del compositor colombiano Lucho Bermúdez. (Lea también: Prográmese con el Cartagena XI Festival Internacional de Música).

Cinco días, cuatro municipios, cuatro conciertos en espléndidas iglesias. Pero la cereza de este pastel radicó en su profundo enfoque pedagógico, que acogió a talentos jóvenes para ofrecerles clases magistrales, diseñadas con el fin de potencializar sus habilidades y avivar su deseo de convertirse en artistas profesionales.

Los músicos que hicieron posible el desarrollo de todas las actividades, interpretando un repertorio de nueve piezas e impartiendo lecciones, fueron el Quinteto de Madera del Conservatorio Adolfo Mejía, Jesús Castro, Iván Mancera, Jessica Arenas, Guillermo Yalanda y José Luis Montes, de la mano de dos maestros italianos, Massimo Morganti y Achile Succi.

La selección de los municipios no se dio por azar, más bien fue el resultado de un proceso de trabajo con semilleros musicales, que encontró en el Festival una plataforma para impulsar el sueño de conformar bandas juveniles locales.

Las clases discurrieron con caótica belleza, entremezclando risas, notas afinadas, desafinadas, preguntas y períodos de calma.

–¿Podrían mostrarnos algo de lo que saben hacer?

Con esta petición comenzaban las clases y para sorpresa de todos, la respuesta fue inmediata. Sonaron fragmentos de porro y bullerengue mezclados con curiosas variaciones de Mozart e incluso un poco de George Michael.

–¿Qué consejo nos darían?

“A los músicos suelen decirnos que esto no es una profesión, que nos vamos a morir de hambre, pero vivir de la música es un privilegio. Se necesita dedicación, dejar de ver la novela, o salir menos con los amigos para quedarse a ensayar, pero vale la pena”. Guillermo Yalanda (fagotista).

Nadie más que un músico podría comprender la incertidumbre de una profesión tan competitiva, las preguntas de jóvenes aprendices bombardearon desde todos los flancos, ávidos de información que les orientara respecto a su futuro.

“La música es como una escalera, a veces quisieras rendirte porque te sientes cansado, pero si sigues subiendo, poco a poco alcanzarás tus objetivos y eso te llenará de satisfacción”. Jessica Arenas (oboeísta).

“Hoy quiero gozar, quiero vivir en Salsipuedes, tierra de ilusión donde el amor nunca se muere”.

Las conocidas estrofas de esta pieza del maestro Lucho Bermúdez, emergen de la memoria para quienes escuchan los siete instrumentos de viento que resonaron con elegancia en los rincones del recinto, durante los conciertos que iniciaron al alba.

El deseo de cantar se vuelve incontenible cuando las notas dan vida a “Salsipuedes, tierra de amor (…) tierra de fe”, los rostros sonríen, las posturas se relajan, y es que si bien la interpretación de piezas internacionales como Trois piéces breves de Jacques Ibert o Milord de George Moustaki, causa admiración, el reconocer este clásico de la fiesta colombiana provoca una oleada de emociones que abarcan desde la nostalgia hasta el orgullo.

La música fluyó por Bolívar como las imponentes aguas del río Magdalena.

“Navegaban muy despacio por un río sin orillas, que se dispersaba entre playones áridos hasta el horizonte. Pero al contrario de las aguas turbias de la desembocadura, aquellas eran lentas y diáfanas, y tenían un resplandor de metal bajo el sol despiadado” (García Márquez, El amor en los tiempos del cólera)

El río Magdalena, que ha servido de inspiración para muchas canciones e historias, en esta ocasión fue el testigo del esfuerzo y del sudor de un equipo de 21 personas, entre músicos, staff y producción, que surcaron sus aguas para llevar sinfonías a escuelas e iglesias de los distintos municipios.

Ya han existido acercamientos con otras poblaciones departamentales interesadas en ser escenario de este periplo, cuya intención es ampliar el impacto cultural y cobijar a más municipios de Bolívar.

“Ven y verás de corazón a Salsipuedes y tu cantarás con gran amor a tus quereres…”.

mariac.covellip@gmail.com

, Un recorrido por la música del Magdalena Medio en el Festival, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/un-recorrido-musica-del-magdalena-medio-el-festival-articulo-673963, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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