Alza su buzo azul, desnuda su torso y señala con el dedo índice una pequeña cicatriz que está en medio de las costillas, “Esto es lo que pasa cuando el juego de la actuación te seduce a tal punto de no dejarte salir. Cuando estaba haciendo Romeo y Julieta me la hicieron”. Come un trozo de ravioli con salsa pesto y sonríe Bernardo García.

Él siempre está en medio de la obra, pero nunca es el protagonista ni el conductor de ella. Presta su cuerpo, sus ojos y sus emociones para dar vida a aquellos que no la tienen. “Los personajes son como inquilinos, siempre les hago la lista de lo que encuentran en la casa y siempre les pido que lo devuelvan tal y como estaba”. Rasca su cabeza, da una vuelta alrededor de la mesa y se sienta.

A sus 39 años, se vislumbran en su barba y en sus patillas algunas canas de sabiduría. Su nariz grande y puntiaguda, sus líneas de expresión marcadas junto a unos grandes ojos escondidos por pobladas cejas, relatan años de carrera actoral. Leo es su signo zodiacal y le ha traído suerte estando en el montaje de obras como Romeo y Julieta, de Farley Velásquez; Impaciencia del corazón, de Manolo Orjuela; I took Panama, de Jorge Alí Triana y Manuel Orjuela; Hienas, chacales y otros animales carnívoros, de Fabio Rubiano, entre otras. Su acto más reciente fue en Marranos, de Santiago Merchant.

Se toca el brazo derecho, sube hasta al hombro y tuerce la boca “Este dolor me lo ha dejado Virgilio Pop, ese viejito amargado con ganas de vivir. No ha salido del todo de mi casa (se ríe). Para mí es necesario tener una distancia prudente entre el actor y el personaje, lo dejo ser mi inquilino, lo dejo utilizar mi cuerpo, pero no lo dejo tocar mis emociones; lo dejo jugar con mi imaginación, pero que no se adueñe de ella”.

En cada obra, Bernardo García se somete a acrobacias peligrosas del corazón. Juega con toda la línea emocional del ser humano. Hace piruetas en el aire con la tristeza, salta desde precipicios en el amor, se desdobla en la alegría y sumerge en pirámides el enojo. Todo esto en circuitos finitos que le permiten salir vivo, con pequeños rasguños, pero vivo.

Con mochila en mano sale al parque. Trota media hora, pone su corazón al ritmo de 110 pulsaciones por minuto, suda, calienta sus músculos y se detiene. Abre la mochila, saca una trusa verde, una capa morada y orejas puntiagudas de plástico. “El 15 de octubre empieza Ópera al Parque y tengo el papel de Puck, un duende de la obra Sueño de una noche de verano, de Benjamin Britten”, dice organizando los zapatos verdes puntiagudos, las medias veladas y el sombrero de copa que traía en la maleta.

Bernardo se sienta, cruza las piernas, cierra los ojos y queda en silencio por diez minutos. Acerca las orejas puntiagudas y las pone sobre las suyas. Su mirada ha cambiado, sus ojos ahora son más pequeños y profundos. Toma los zapatos y los ajusta en cada pie, sus facciones se tornan más rígidas y serias. Viste sus hombros con la capa y encorva su cuello, una joroba casi natural comienza a salir de su espalda. Se levanta aún encorvado y exclama con voz ronca y fuerte “By Valley and hill, wings shaking. By bush and forest, dew harvesting. I regardless flood or fire, to wild flowers i delivered pearls”.

En ese momento sé que Bernardo tiene un nuevo inquilino, Puck. Ahora él tiene las llaves de su casa. Recorre el parque con una joroba altiva que enorgullece los pasos de Puck. Salta mientras canta, alardea, regaña, grita, juega, sonríe y golpea los árboles. Agita sus hojas y declama dos veces un monólogo de diez minutos. Se detiene cansado y con los brazos en la cintura.

Puck se sienta, cruza las piernas, cierra los ojos y queda en silencio por quince minutos. Quita las orejas puntiagudas y las deja en el suelo. Su mirada ha cambiado, sus ojos color azabache se suavizan y agrandan las pupilas. Toma los zapatos y los quita al tiempo, sus facciones sueltan la rigidez para darle paso a la expresión de amabilidad. Quita la capa de sus hombros, endereza su cuello, se levanta, erguido y sonriente, se ha arrancado la piel de Puck y le ha pedido de nuevo las llaves.

“Mi entrenamiento dura más o menos una hora, pero hoy lo acorté por tu presencia, espero no haberte incomodado”. Recoge su vestuario, agarra su mochila y camina por el parque. “Lo que más me gusta del teatro es poder creer como un niño, creer en el juego y no ponerle trabas, porque sabe que es real. Pero ojo, el niño sabe que es un intérprete de su imaginación, no se queda en ella ni en el juego porque eso sí es peligroso. Siempre hay que tener una distancia, siempre. Esa distancia para mí es la máscara, que puede ser el vestuario, el maquillaje o el propio tono. A la máscara le doy el poder de introducirme al mundo del personaje”.

Camina más rápido, respira lento y mete las manos en sus bolsillos, me mira y con una sonrisa perspicaz dice “Pero no te voy a mentir, algunas veces les he robado a mis inquilinos cosas. Al Man le robé el poder de seguir haciéndole el bien a la gente por medio de la fe, al mono de Infraganti las ganas de volverme a enamorar, el deseo de pedir amor y poder amar, y de Virgilio las ganas de vivir. Cosa que no he podido robar de alguno de mis personajes es el poco miedo que le tienen a ser olvidados. Porque en el teatro el riesgo más grande es ese, el olvido”.

Estudiante de periodismo de la Universidad Javeriana.

, Un nuevo inquilino, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/un-nuevo-inquilino-articulo-664443, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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