“Discúlpennos por hoy, entonces, la inmodestia. Es que estamos muy orgullosos de que el mejor editor que tiene Colombia sea parte y eje de nuestro equipo”, decía el final del editorial de este diario el pasado 28 de septiembre. El premio otorgado a Jorge Cardona por la Fundación Nuevo Periodismo Gabriel García Márquez (FNPI) emocionó a toda la redacción de El Espectador. En estos tiempos, cuando se vive al acecho de los recortes de personal, cuando cada vez hay que hacer más en menos tiempo y las noticias acerca de los medios parecen ser las mismas: van para abajo, ya no se vende, hay que aumentar los clics, una noticia como la que involucró a Cardona sirvió —como él mismo lo dijo en su discurso de anoche— para renovar la fe en el oficio.

Cuando lo escuché hablar de ese periodismo que ha hecho durante toda su vida y lo vi leer un discurso que había oído fragmentado en sus cátedras en medio de la redacción, pensé en la importancia de este oficio. El que nos habitúa a preguntarnos acerca de tantas cosas y tan pocas de sí mismo. Me pregunté cómo diferenciar el periodismo y esa otra cosa que también lleva ese mismo nombre, pero a la que se le ha extirpado el corazón: la curiosidad, el riesgo, la emoción. Un editor como Jorge Cardona te hace pensar en las diferencias entre periodistas: el burócrata, el funcionario de la prosa y el que se planta ante la realidad sin discursos precocidos y trata, honestamente, de entender y deja, en aquello que escribe, el rastro de un cuerpo, de una voz, de una mirada.

Cardona ha servido, como todos lo saben, de maestro y cómplice a todos quienes contar historias nos parece la mejor manera de habitar el mundo. Ha sido paciente con el aprendizaje de quienes lo rodean y se detiene para observar los detalles. “La misión del editor es tratar de componer la vida misma”, dijo en frente de todos esos periodistas que se conocen, desde siempre, por sus encuentros en convenciones de periodismo narrativo y conversatorios de crónica y demás. Componer la vida misma dijo, y las manos le temblaban, porque él, a diferencia de su público, siempre aparece oculto; no porque quiera huir, sino porque prefiere, y cree, que el protagonista sea el otro: la historia.

Durante la ceremonia, en la que además se premió a Juanita León en cobertura; Natalia Viana, de Brasil, en texto; Caio Cavechini, de Brasil, en imagen, y Eva Belmonte, de España, en innovación, se recalcó el valor principal de este trabajo: la curiosidad que sólo se sacia con reportería. Buena reportería.

A través de Jorge Cardona uno puede hacer esa reportería. Es imposible hacer un viaje al pasado para hablar con Gaitán o Galán, para ver la toma del Palacio de Justicia. Es imposible volver atrás, pero con todo y eso Cardona transporta a sus estudiantes —dentro y fuera del aula— al lugar. Te suspende en la época, cuenta sus pormenores, los personajes, la ropa, el detrás de la historia.

“Gracias a los que se inventaron ponerme como editor de El Espectador”, también dijo. Es un agradecimiento colectivo.

Ver todos los días a Jorgito, en su oficina, rodeado de diarios viejos y con la emisora mal sintonizada me hace creer en este oficio. En la importancia de hacer esfuerzos torpes, pero dignos a la hora de escribir.

Puede que él no haga periodimo para salvar el mundo. Seguramente no lo hace para salvar a nadie, sino para tratar de entender la época en que vivimos. Y con eso, como si fuera poco, ya lo está salvando.

, Un editor que no quiere salvar el mundo, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/un-editor-no-quiere-salvar-elmundo-articulo-657739, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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