Perdí una cita. Y la perdí porque llegué tarde. Porque tarde siempre llego a todas partes. A las personas a los animales a las películas a las plantas a una cita a mi taller a una cena. Tarde. Siempre. Y me molesta mi tardanza pero no puedo pelear contra ella: es más fuerte que yo. Entonces perdida la cita, me voy a caminar “por el lugar donde calcina el sol más asesino del mundo, a la hora más cancerígena: Avenida Oriental, doce del día”, con un audífono en cada oído this is how I show my love, y pienso en todo lo que perdí al perder la cita mientras el sol me golpea la cara y los hombros. Y me arde todo el cuerpo. Y el calor se me convierte en un abismo sobre el que no puedo saltar this is how I show my love. Pienso en nada. Y un fantasma empieza a caminar tras de mí o delante de mí o dentro mío. Y me hace recordar. Y me hace reír. Y me hace imaginármelo parado en aquella esquina encontrando una historia para escribirla después, porque hay fantasmas-personas así, que van guardándose en el bolsillo de una camisa a cuadros, las historias que se le cruzan en mitad de calle, en mitad de ciudad, en mitad de sueño. Sigo caminando this is how I show my love. Y pienso en él. En el fantasma que tiene nombre. En Luis Miguel Rivas. Y hago un diálogo interior: “Tarde llegué a Tareas no hechas”. El sol sigue calcinando y la Oriental huele a buñuelo, a salsa de ajo, a una tipa que vende flores, a gente que va de prisa a comprar quién sabe qué, a hacer quién sabe qué y que no le importa empujar o pisar a los demás transeúntes. Y como perdí tanto al perder la cita, pienso: ¿Y si me voy? Porque sí, porque a veces me dan ganas de irme de esta ciudad que se llama Medellín. Una ciudad que “chuza, talla, corta”. Sigo caminando con la mente en blanco y habla: ¿Te acordás? ¿De qué? “Y si después de todo eso, de mirar para arriba y para abajo y de escuchar, uno sigue sintiendo que está en Medellín, es muy probable que en realidad todavía esté allá así esté acá. Por la razón simple de que para donde se vaya hay que cargar con uno, con todo lo que tanto quiere y tanto odia, con todo lo que tanto añora y tanto desprecia, con todo lo que no quiere seguir siendo y no puede dejar de ser”. Y no pude ni alcanzar a oler las nubes de humo que se escaparon de su cigarrillo o de su boca this is how I show my love. Entonces, sigo en blanco y, claro –me digo– si me voy me toca llevarme está desazón tan hijueputa enredada en las venas. Hago un diálogo interior: “Tarde llegué a Tareas no hechas”. Doblo la Oriental por la Playa. Llego al Pablo Tobón. Allá me encuentro con dos amigos míos que andan igual de varados a mí: Verónica y Santiago. Le pongo stop a la canción que he escuchado y vuelto a escuchar como seis veces this is how I show my love. Los tres varados hablamos de muchas cosas y las monedas que reunimos nos alcanzan para comprarnos una Pilsen, tres cigarrillos, una bolsa de gomitas Trululú.

Hablamos de unos grillos que se le están comiendo el jardín a V. Hablamos de una película que quiere hacer S. Hablamos de mi distracción all time. Hablamos de muchas cosas. V dice que va a recoger los grillos en una bolsa de papel para luego soltarlos en el Jardín Botánico (S: Los grillos son una plaga. N: Y en el Jardín Botánico demás que fumigan para que las plagas no lo deforesten, ¿no? V: ¿Entonces qué hago con los bichitos?). S saca el guión que quiere rodar y lo lee. (Cada que hay un avance lo hace. Al principio eran 9 páginas. Ya son más. Muchas más. V y N cada que lo escuchan sienten nostalgia drama y fe y se imaginan una película al estilo Xavier Dolan). N piensa en los huevos del gallo (V: no marica, vos tenés que dejar de vivir en las nubes. S: ¿Dejar de vivir en las nubes? Ni se te ocurra). Medellín está tranquilo con su calor infernal de medio día.

Nátaly: ¿Han leído a Luis Miguel Rivas?

Santiago: No, pero me suena.

Verónica: Yo me leí Los amigos míos se viven muriendo. Precioso.

Nátaly: Ese no me lo he leído. Me leí Tareas no hechas. Un balazo.

Santiago: ¿Son novelas?

Nátaly: No. Son muchos relatos. Cosas que él escribía en un blog que se llamaba así, Tareas no hechas. Otros los publicaba en Universo Centro o en El Malpensante. Hay otros que son inéditos. Es un libro de muchos relatos sueltos… publicado hace dos años (en el 2014). Habla de Medellín, mucho de Medellín. Y de Buenos Aires. Y de otras ciudades. Está escrito en primera persona… entonces yo no pude dejar de imaginármelo a él en todas esas situaciones, además yo creo que se quedó encerrado en esas páginas, con un humor o con un dramatismo que cuando lo lees, casi te parece que estás a bordo de una montaña rusa sentimental.

Santiago: ¿Una montaña rusa sentimental?

Nátaly: Sí. Pasa de una historia que es un chiste a otra historia que es la verdad, a otra historia que te indigna a otra que te enamora a otra en la que hay tanto dramatismo que de ser el libro un televisor, lo habrías dejado en un fundido en negro hasta que pasara la escenita. Todas las emociones en el mismo combo… Cuando lo estaba leyendo hubo un fragmento que me hizo recordarte porque algo parecido te había escuchado.

Santiago: ¿Cuál?

Nátaly: Dice algo así como “Me di cuenta de que ser colombiano no es una nacionalidad sino una enfermedad mental y que ser antioqueño es estar enfermo y convencido de la sanidad de uno y de la enfermedad de los otros”.

Santiago: Jajajá. Muy bueno.

Verónica: Tan certero para este limbo en el que nos quedamos después del 2 de octubre.

Nátaly: Tareas no hechas son historias de Rivas, pero también son historias de ustedes o de mí que se quedan sostenidas en el tiempo. Uno va caminando por la Oriental o por el barrio Mesa en Envigado o está al borde del abismo y no puede dejar de recordarlo por el calor, por una piedrita, por un paradero de bus. Por un lado porque a final de cuentas, la vida no es más que una sucesión de situaciones o recuerdos o personas que se repiten y se entrelazan entre sí en otros momentos y en otros lugares. Por el otro porque sus historias son de esas que siguen en un diálogo constante después de haberlas terminado de leer. Lo universal. Lo cotidiano.

Santiago: Yo quiero que de regalo de cumpleaños me enviés a Gmail una grabación con ese libro leído por vos. Quiero tenerla.

Verónica: Yo quiero que de regalo de cumpleaños de Santiago, me enviés a mí también esa grabación.

Nos reímos.

Silencio.

Se acabaron la cerveza los cigarrillos las gomitas Trululú. Nos vamos caminando hasta el Colombo. Allá nos encontramos con Jesús, un profe de Historia que desde hace cinco años vive para alimentarnos el espíritu. Los cuatro buscamos refugio en Versalles, nos sentamos a hablar de Haneke y después de un rato largo, Jesús nos consiente: “Miren muchachos lo que les tengo” y saca de su morral The white ribbon (2009). Los tres queremos verla. Nos vamos para mi casa. Antes un ladrón quiere llevarse el teléfono de S. S se va contra él y forcejean. Al final S gana su teléfono y dos puños en la cara. V se asusta mucho. N entra en pánico. Nos vamos para mi casa. S se lava la cara y dice que le duele. V pone la película y arregla el proyector. Arreglar el proyector es ponerlo en posición vertical para que las imágenes se reflejen en el techo. Traemos almohadas y nos acostamos en una alfombra que tiene todos los años del mundo y que cada tanto me hace estornudar. A Santiago un mapa multicolor le empezó a adornar el pómulo: la geografía de lo inesperado. A Verónica le impacienta la tesis que tiene que exponer mañana: la vida académica. Yo pienso en el ladrón, en nosotros, en Jesús, en Rivas-fantasma, en todo lo que perdí al perder la cita y el reflejo blanco y negro de The white ribbon que rebota en nuestros cuerpos me hace suponer que después de esta película vamos a terminar vueltos mierda: “Aprender a vivir en el mundo es aprender a deteriorarse espiritualmente”.

, Un día, muchas cosas, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/un-dia-muchas-cosas-articulo-664217, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


(adsbygoogle = window.adsbygoogle || []).push({});

Jose Raul Lopez Daza – protección ambiental