El viento humedece la vista. El camino se hace largo transitando en la carretera desde la ciudad de Bogotá al municipio de Tabio. Muchos aseguran que cambiar el paisaje de cemento de la capital colombiana por el horizonte montañoso y la calma total de Tabio, es como si un retiro purificara la mente y abriera los sentidos hacia un nuevo cielo que está próximo a descubrirse. Horas antes el trancón tullía mis músculos, pero era el interés burdo por explorar territorios de arte  lo que me llevó a poner en marcha un viaje a este municipio de Cundinamarca.

Alguna vez un artista me dijo que su arte es “Corrosivoescatológicoprecario”, ingeniosa respuesta que ante los ojos de un inocente no tendría mayor significado. Es ese juicio de valor, motivo o representación el cual alteraba mis sentidos, así que huí de los sitios en el circuito cerrado de la ciudad de Bogotá y me aventuré a ver la otra cara del arte, una que se cubriera netamente con una representación sensorial, como si el artista dejara parte de su alma y espíritu en aquella obra que cobraba vida.

Por las veredas de Tabio, después de pasar la plaza central de aquel municipio, me encamino hacia la casa-taller del maestro Joaquin Barrios, artista colombiano que tuvo la fortuna de ser parte del taller del artista David Manzur durante más de cinco años en los que aprendió el arte figurativo. Siguió explorando técnicas y caminos distintos, hizo grabado, paisajismo y actualmente, sus obras parecen ser extensiones de la naturaleza, esculturas de arte vivo. “Son una forma de poder transmitir mis sentimientos sin la necesidad de estar apegado a la realidad, Siempre uno busca moldes o modelos,  yo quería que mis sentimientos tuvieran otro carácter y otra forma de plasmarlos en un lienzo”, explica Barrios. Su casa, en medio de  pastos verdes, infinidades de especies de flora adornaban su alrededor, aquellas creaciones  eran la inspiración para Barrios. El zumbido de insectos, el cálido olor a madera daban paso a un taller lleno de ingenio, un reflejo a años dedicados al arte que sin duda alguna, supo salvaguardarse de la cadena alimenticia del arte: “Hoy en día si no logras una consagración en el arte estas como en una especie de limbo, porque le dan mucha más prioridad a los jóvenes y a las nuevas tendencias, así ellos se tiren al abismo teniendo una filosofía de pedestal para poder soportar lo que la persona está mostrando”, comenta el artista.

El paso por aquel taller me dejó la idea de que apartarse de la élite bogotana del arte abre los sentidos para percibir el verdadero arte con inspiración colombiana. Bien lo dice el crítico y docente de arte Lucas Ospina en uno de sus tan ingeniosos artículos: “El arte más que la grandilocuencia esporádica de un evento, necesita de otra cosa: de cotidianidad” y es de esa misma que se valen los artistas que tienen su taller en este pacífica tierra de Cundinamarca, un umbral que centra la vista al desarrollo de su obra. Así mi camino por los senderos de Tabio, me lleva a lo más alto de una montaña, al lado de una finca de campesinos entre vacas que  calman su hambre con el pastizal en donde se encuentran. El artista Juan Arreaza abre las puertas de su casa, sus perros salen a saludarlo con euforia mientras me rodean encontrando algún olor de suma familiaridad. Al ingresar, sus obras me reciben con el encantador calor de la tierra colombiana, su trabajo artístico es la alusión a una vida llena de “papita criolla”, sus viajes y experiencias hacen que  realmente cada pincelada tome conciencia del significado de ser colombiano. Con su serie Witzara, paisajes de los llanos orientales y con algunos elementos como las tan famosas “chivas” se apropian de sus pinturas y dibujos. Más adelante obras de la serie Térmica, el calor y los tonos se disipan en objetos y electrodomésticos.  Un artista que con el tiempo, se convierte en un gran chef, que cansado de la situación con las galerías, de vivir en un mundo de apariencias para ser parte de ese círculo del arte decide ser autosuficiente y sacar su obra adelante:
“He trabajado en la cocina para poder comer. La verdad yo estoy muy agradecido porque me ha ido muy bien a pesar de no moverme tanto en el medio del arte y pienso que tener esa constancia de buscar y mantenerse a flote es lo más importante”. Saca el tema Arreaza cuando se habla sobre la situación actual de muchos artistas jóvenes carentes de espacios para mostrar su obra.

En Bogotá existen más de noventa espacios dedicados a la cultura entre museos, galerías y centros culturales; pero a pesar de ello, se concentran en determinadas zonas de la ciudad tales como el Centro o Chapinero dejando atrás las periferias capitalinas y un montón de artistas que no pertenecen al mismo circuito.

Por esta razón, hace un año los artistas Adrián Ibañez y Gloria Herazo crean en Tabio la galería PoliedroArts, un espacio que le abre las puertas a varios artistas de la zona con el propósito de descentralizar el arte y evidenciar que si es posible una alternativa para artistas fuera del circuito elitista del arte.

“Es un gran problema estar afuera de ese eje central, de ese eje tradicional, de esos circuitos ya marcados, por eso nuestra primera  exposición se llamó precisamente Afuera y queremos hacer ese énfasis , de que estamos lejos, que no solamente hay distancia sino que se convierte en una oportunidad, que existe una necesidad por abrir espacios como este, que efectivamente existe un vacío que quiere ser llenado y que la gente también necesita otro tipo de espacios”, comenta el artista Adrián Ibañez quién optó por esta opción al ver el estado actual el arte en la ciudad de Bogotá.

Aquel ambiente fuera de la metrópolis en construcción abrió mis ojos como un foco que apunta con una luz brillante. El arte y entenderlo se convertiría en una premisa que solamente era posible de resolver adentrándote en tu propio ser, tus intenciones y anhelos se zambullirían en pinturas o formas. Caía la tarde y el viento soplaba, yo me encontraba subiendo una montaña acompañada de los artistas León Trujillo y su esposa María Fernanda Vallejo. Sus perros infaltables, se posaban ante mis brazos, cariñosos y sumisos mostraban afecto hacia una extraña que se dirigía a su territorio.

Una pequeña casa en medio de un bosque, la inmensidad de la sabana traía los sonidos sordos de la naturaleza cobrando vida. Los talleres de estos dos artistas yacían en este paisaje inimaginable en esta zona al norte de la ciudad de Bogotá.

“Yo no diría que aquí  hay más concentración que en Bogotá, sino más bien más conexión. Acá tienes una mayor conexión con la vida (…) Sigue siendo la naturaleza tan soporte de mi vida como un espejo tan soporte que me equilibra, que me enseña, que me muestra tanto acerca de quién soy. “Yo soy eso y eso soy yo”. Cuenta la artista María Fernanda Vallejo, una maestra en el paisajismo porque en sus cuadros los colores se pierden en el instante que toma prestado de la naturaleza, es esa misma cotidianidad de la que Ospina hablaba y que en presencia de su taller me atraía hacia el espejo de mi propia alma. Hacia el otro lado de lo cotidiano estaba el artista León Trujillo, un artista amante de las manifestaciones visuales y quien también trabaja con la naturaleza en pinturas y esculturas. Señala una de sus piezas mientras le pido definición a su arte, responde al observar detenidamente: “Fíjate que estas piezas son muy sencillas, muy elementales. Mientras más sencillo, más profundo. Son como raíces, inicios, cosas que pueden llegar a ser, como una piedrita en el camino en la que no vez gran cosa pero ahí está, de pronto no está diciendo nada. No es como una flor, no es un elemento complejo y quizás no diga nada, no importa”.

Es la abstracción en la forma más literal que se puede sacar a la naturaleza, su trabajo minimalista pero con mucho sentido al respecto, logra poner en mi cabeza que el arte no pertenece a la definición que existe en un diccionario, es precisamente algo que no es, influenciada por un entorno que a la final representa la esencia pura del ser. Es así que el artista León Trujillo termina el recorrido dando explicación de una de sus obras, dos palos de madera uno sobre otro, al respecto de aquella obra el artista dice: “Esta obra no significa nada. Son muchas cosas las que puedes hacer, voy a pintar el cielo, voy a pintar la violencia… y aquí dije, voy a poner dos palos, es lo mismo. Por supuesto tienen un orden, estoy dejando que la madera hable, a veces tú no las entiendes como en la naturaleza, pero  eso es lo bonito.  Mi arte es un enigma, es exactamente eso, porque explícame el silencio, eso no se puede explicar…”. 

, Un arte sin código de barras, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/un-arte-sin-codigo-de-barras-articulo-659154, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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