Edgardo Bassi Burgos está muy conectado con su oficio y se le percibe como arquitecto de 24 horas al día. Descendiente de inmigrantes italianos, deja ver un gran caudal de información sobre el arte en general y disfruta investigando sobre cromatología, entre otras disciplinas, además de incursionar en la literatura. En su campo específico tiene un ameno discurso que no cesa cuando describe las grandes escuelas arquitectónicas, con sus representantes más destacados en el mundo y en el país.

Este curioso profesional acaba de recibir el Premio Nacional de Arquitectura por su trabajo de restauración del templo doctrinero de María Magdalena (1594), abandonado y del que apenas quedaban unas estructuras resistentes a la ruina total, rodeadas por las ovejas sueltas de los vecinos de Roma, vereda de la población de Tausa Viejo (tausa significa “tributo” en lengua vernácula), ubicada en la provincia cundinamarquesa de Ubaté.

En los trabajos de recuperación se reutilizaron adobes apropiados, tomados de construcciones cercanas, igualmente abandonadas, aunque también se apeló a reforzar la estructura con arena, cemento y malla electrosoldada, sin perjuicio de la conservación de los elementos originales y visibles, con total respeto por las características de esta reliquia en que se tuvieron en cuenta hasta los pandeos propios de las deficiencias originales de carácter técnico o las secuelas del tiempo transcurrido, para definir un conjunto bello y amable que ahora servirá como sala de conciertos y lugar para bodas de enamorados amigos de lo bucólico, en medio de una naturaleza exuberante.

Bassi establece un interesante símil entre lo que entraña descuido estatal por el patrimonio cultural y la imagen de desolación y devastación que muestra el país, incluida su arquitectura. Y así como se ha salvado este templo, el arquitecto quisiera continuar poniéndoles mano a obras complementarias ya previstas pero en peligro de que no se realicen, como suele ocurrir en nuestro medio. En los documentos que conserva Bassi Burgos aparecen planes que conllevarían aspectos como el desarrollo turístico y cultural de la región.

Hemos querido despejar algunas inquietudes acerca del personaje galardonado, por sus peculiaridades y su gusto, que proceden de haber conocido a este redactor un edificio construido por él en el centro de Bogotá, en el cual se aprecian perfectamente factores como su sentido de la estética, del color y de la distribución del espacio.

En ese afán suyo respecto a la arquitectura, ¿habrá influido su ascendencia italiana?

Si bien mi abuelo italiano fue arquitecto y legó una cosecha importante en Barranquilla, no alcancé a conocerlo, pues ya había fallecido cuando yo nací, pero, aun así, su fantasma nos rondaba y la arquitectura italiana que veía en cine siempre me atrajo, así como en general toda la cultura de esta nación de la cual tengo una segunda nacionalidad y mucho agradecimiento por los favores que he recibido de ella.

¿Qué tiene que ver el arte italiano en general con su amor por la restauración?

Han sido los italianos pioneros en la restauración, a través de la Carta del Restauro (restauración), de 1883, documento que surge de una reunión de tendencias arquitectónicas y en el cual quedan consignados los axiomas básicos para la formulación de proyectos de restauración, su crítica estilística y los principios que sentaron las bases para una buena restauración y la preservación de los bienes culturales.

¿Por qué se le dio importancia, hasta en la definición del premio este año, a un templo doctrinero tan modesto o sencillo como el de aquella vereda de Tausa?

En realidad, es muy difícil meterse en la cabeza de un jurado que decidió premiar la tarea de restauración del templo doctrinero. Yo pensaría que incidió en la naturaleza de este proceso su autenticidad, pues se trata de una pieza del siglo XVI, con características únicas en su género, que durante años permaneció en ruinas y como tal figuraba en todos los libros de historia de la arquitectura colombiana, situación que le otorgaba cierto poder simbólico.

Según su criterio, ¿qué relación hay entre la conservación de joyas arquitectónicas y el progreso social?

Es evidente la relación entre la buena arquitectura con la población de un lugar. Para cada lugareño, su iglesia, su plaza y cualquier espacio icónico constituyen su añoranza indestructible, y adonde va muestra sus fotografías y habla de ello con cariño y es capaz de describir entusiasmado cada pormenor de “su” sitio. A lo largo del tiempo he tenido la oportunidad de conocer de primera mano en mis trabajos esa tradición oral, y me emociona la manera como cada cual narra la vida y el acontecer de esos lugares, marcando siempre el hecho de que su templo o su plazuela son superiores o los más bonitos. En realidad, no importan los estilos: son lo mejor y punto. Entonces, cuando por algún motivo especial se restaura, se repara o se le da mantenimiento a un inmueble de estos, brota una alegría enorme en la población, regresan las tradiciones, aumenta el positivismo y, por supuesto, esto viene acompañado de inmediato progreso social, pues, al unísono y en forma paralela, otros realizan acciones similares.

¿En qué punto se unen su amor por la restauración y la construcción de edificios como el de la calle 24 con carrera 5ª, que usted diseñó en Bogotá?

Hace muchos años ingresé en la iglesia presbiteriana y desde entonces me di a la tarea de postular ese inmueble para bien del interés cultural del país. He sido vecino del sector por alrededor de 50 años, por lo cual siempre me atrajo ese templo que parece una estampa medieval. Conocí la historia de la comunidad, la más antigua de las protestantes en territorio nacional, y muy en particular me interesé en conocer a su autor, el arquitecto estadounidense Richard Aeck, quien sólo tenía 26 años cuando diseñó para la firma de Fred T. Ley importantes edificaciones como esta y el hoy llamado Teatro Jorge Eliécer Gaitán (1940). Aprobada nuestra propuesta y dados los escasos recursos disponibles, trabajamos en obras de primeros auxilios, como las de reparar grietas y hacer limpieza con el ánimo de lograr algunos ingresos extras a través de su alquiler para eventos idóneos. Fue entonces cuando pudimos pensar en un proyecto para desarrollar en el lote contiguo. Sin embargo, estos lotes de propiedad de la iglesia se encontraban hundidos en diversos problemas que requerían solución. Elaboré el diseño conocido como Recoleta de San Diego, en la calle 24 con carrera 5ª, con el propósito de ver cómo superar los problemas jurídicos y económicos de nuestra comunidad, y también como solución de recuperación para un sector en el que siempre he creído.

Fueron casi nueve años de gestión, con inversionistas que en principio no creían y expresaban una pésima opinión sobre el sector, hasta dar por fin con los promotores indicados. Se presentaron problemas con las entidades del Estado que debían otorgar la licencia, a causa de la cercanía con la iglesia y por estar al frente de la Biblioteca Nacional, entes que se oponían a pesar del respeto por los inmuebles mencionados y de mostrarles la calidad de un proyecto precursor que permitió una dinámica de construcción en todo el barrio de Las Nieves, renovando el centro de Bogotá. Fue un propósito que tropezó con la incredulidad y que siempre tuvo como intento respetar los valores arquitectónicos de esta importante calle. Para probar las bondades del proyecto, tómese en cuenta que del total del área sólo se ocupó un 35 % y que planteamos una solución en cuanto a tamaño y prototipo de apartamentos que luego continuaron los otros edificios del sector. Quiero terminar contándole que, en mis tiempos de estudiante de arquitectura, en la facultad había un afiche que decía: “Restauración, el futuro de la arquitectura del pasado”, y siempre he creído que la arquitectura es poesía.

* Columnista de El Espectador.

, Un arquitecto adobe por adobe, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/un-arquitecto-adobe-adobe-articulo-666306, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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