Cuando Dina Merlín llegó a San Andrés, tenía 27 años. Su novio, Saúl, era pintor y estudiaba arquitectura en la Universidad de Antioquia. Ambos vivían el momento convulso del país: en 1976 el Estado, en una controvertida y ambigua medida, legalizó la dosis personal de marihuana, las píldoras anticonceptivas se comenzaron a vender en todas las farmacias del país, las calles de la capital antioqueña se atestaban de estudiantes que protestaban por las reformas que se debían hacer a la Constitución y el feminismo comenzó a implantarse en los discursos antisistema. Dina y Saúl hacían parte de toda esa nebulosa, pintaban grafitis en la calle Ayacucho y Dina actuaba en obras de teatro que hacían los viernes a las afueras del Teatro Pablo Tobón Uribe. Sin embargo, como pasa siempre cuando la felicidad parece estar cerca, sentían que no era suficiente. En una ráfaga de rebeldía decidieron irse para el lugar más apartado y desconocido del país. Agarraron un mapa y señalaron la isla del mar Caribe. “Nos vinimos a San Andrés con la idea de hacer una escuela de pintura. La revolución no estaba en las calles, siempre ha estado en el arte. No nos ganábamos nada si gritábamos por la igualdad pero seguíamos viviendo como niños ricos de El Poblado. San Andrés era hermoso: las casas parecían sacadas de imágenes de postales, pequeñas chozas al borde del mar, la música de los tambores y las maracas”, dice Merlín mientras se mece en una silla de ruedas.

Cuando llegaron, la isla apenas si tenía luz. El mar crujía en las playas y todos los jueves hacían fogatas y bailaban alrededor del fuego, cantando en la lengua local, sacando los demonios que la ciudad les había dejado adentro. Ahora, después de haber tenido su escuela de arte y haber exorcizado con baile y fuego todos los fantasmas internos, Dina y Saúl viven separados. Ella, en una de las habitaciones de la casa para adultos mayores San Pedro Claver y él frente a la playa Rocky Cay.

A Dina nunca la visitan. Solo Saúl pasa todos los días en la tarde para llevarle acrílicos y hojas de uva para que pinte. El 21 de septiembre, sin embargo, a su habitación no le cabía un alfiler: cuatro cámaras fotográficas, una cámara de video, siete personas dentro del pequeño cuadrado repleto de imágenes y mariposas en papel. Dina Merlín hizo parte de los 4.280 beneficiarios que recibieron por parte de la Autoridad Nacional de Televisión (ANTV) el decodificador y la antena para instalar la televisión digital terrestre.

El proyecto, que fue anunciado en diciembre del 2015, favoreció al 25 % de la población sanandresana y cubrió el 100 % de los estratos 1 y 2.

“Yo no era, ni soy, muy televidente. Me parece que la televisión del país se hace mal, las telenovelas que presentan son basura, los realities son una ofensa para los espectadores. Pero no puedo negar que es un gran proyecto. Las imágenes se ven espectaculares y el hecho de que sea gratis beneficia a muchas personas de la isla”.

La instalación del proyecto tardó diez meses. Para la logística, el Sena y la Gobernación de la isla capacitaron a 47 hombres y tres mujeres en trabajo de alturas y servicio técnico en decodificadores. Todos los que resultaron favorecidos por la ANTV comenzaron a ver la señal de televisión en agosto de este año. En total 11 canales, entre los que están Tele Islas (canal local), RCN, Caracol y Señal Colombia. Todos con señal en alta definición. Lo anterior es relevante si se tiene en cuenta que la isla ha sido escogida como el lugar en donde se realizará el piloto del apagón analógico, que deberá estar listo para todo el país en 2019. Es decir, en el espectro radioeléctrico, el medio por donde viajan las telecomunicaciones, serán apagadas las frecuencias que usa la televisión analógica, para dar paso, por ejemplo, a comunicaciones móviles. En San Andrés, ese apagón deberá estar listo el 30 de junio de 2017.

A Dina no le importa mucho, a decir verdad. Sus revoluciones y protestas han cambiado: las manos no se alzan contra el gobierno, ya solo pinta y hace dragones con conchas que le trae Saúl los sábados. Ella está feliz con que las imágenes se vean tan bien que pueda sacar –o imaginarlo al menos– de la pantalla una chocolatina que ofrece un comercial. Así son de relativos los cambios: mientras el Estado cuantifica los resultados de sus proyectos a través de cifras, a Dina Merlín solo le importa poderse imaginar una chocolatina. Las diferencias, claro, son simbólicas y por tanto las más grandes que puedan existir; pero ahí está la razón: los números para otros son más que eso. Son deseos.

, Televisión gratis en San Andrés, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/television-gratis-san-andres-articulo-656687, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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