A sus esclavas, a sus melegas, a sus ayas, a sus sirvientas, a sus criadas, a sus caseras… Cartagena de Indias, principal puerto/puerta de entrada de esclavas y esclavos africanos durante la Colonia, la ciudad más racista/clasista de Colombia, la ciudad del apartheid silencioso y del reinado de belleza popular (léase “reinado de negras”), ha encontrado en la más blanca y la más rubia de sus hijas una voz para exorcizar su culpa por siglos de exclusión, discriminación, segregación.

María Margarita Rumié del Castillo, rebautizada Ruby por su aya negra, quien mucho contribuyó en su crianza, según ella misma cuenta con auténtica devoción y cariño, pertenece a esa Cartagena que yo también conozco en mi condición de cartacachaco paisa y de la que soy (somos) profundamente crítico(s). Nuestras familias están emparentadas por el lado Del Castillo y su padre y el mío fueron amigos entrañables. A Ruby la vine a conocer hace 20 años, cuando me mudé a Cartagena y urdimos, con ella y con mi compañero Leopoldo, una bella amistad y complicidad artística y humana.

Debo declarar que siento por Ruby un auténtico cariño, gran admiración y respeto por su descomunal capacidad de trabajo, su talento plástico y su laboriosidad meticulosa y disciplinada. Este escrito no pretende juzgar desde un punto de vista crítico/estético su obra, sino más bien intentar desentrañar las motivaciones poli-éticas de su trabajo, en especial su última exposición en la Galería NH, que ella ha llamado Tejiendo Calle.

El resultado plástico es impactante e impecable. Retratos –muchos de ellos memorables– de mujeres negras mayores de 70 años, vestidas de blanco inmaculado, mirando a la cámara, posando con señorial dignidad y altivez desafiante de reinas. Cincuenta impresionantes fotografías que parecen pinturas, del mismo modo como las pinturas hiperrealistas de Ruby, en su primera etapa, parecían fotografías. En ese entonces, Ruby pintaba de manera fotográfica, entre otros temas, a las señoras de la sociedad cartagenera. Para esta muestra, Ruby ha fotografiado, de manera pictórica, a estas otras señoras de esa otra sociedad: vendedoras ambulantes –tejedoras de calles–, quienes recorrieron durante décadas con su porcelana (su palangana de aluminio) las rutas de la ciudad vendiendo frutas, pescado, cocadas o empujando una carretilla con yuca, plátano, ñame, etc., mientras entonaban bellísimos y desgarradores pregones para anunciar sus mercancías. El montaje de la exposición es sobrecogedor y da cuenta –insisto– del profesionalismo y entrega de la artista.

Con Ruby hemos compartido muchas e intensas conversaciones sobre las complejas y contradictorias relaciones humanas que se tejen en Cartagena de Indias entre las diferentes capas socioeconómicas, étnicas y culturales que componen esta ciudad tremenda y cruel, que bien podría adoptar para sí el nombre de la isla que tiene en frente: Tierrabomba… Tierrabomba de Indias. Sí, porque una de las ciudades más desiguales del mundo y que tiene a un gran porcentaje de su población viviendo debajo de la línea de pobreza, no puede ser otra cosa que una tierra-bomba-de-tiempo. Y para nadie es un secreto que de este porcentaje, el 100 % es afromestizo: los herederos de la esclavitud y del despojo: los que hacen parte de ese censo/clasificación de terror que los economistas llaman “pobreza histórica”: los que han sido, son y serán pobres. Los condenados de la tierra, como los llamara Franz Fanon, y que además se han sumado a esa nueva Cartagena de las decenas de miles de desplazados por la violencia, “los nuevos pobres”, que llegaron en los peores años del conflicto a engrosar los cinturones de miseria de la ciudad.

Y es en este contexto endiablado que surge la obra de Ruby Rumié… y la mía. En mi caso, utilizando otro lenguaje artístico y pedagógico: la danza contemporánea. Y debo también decir que estos 20 años de amistad que nos unen, en los que he visto su obra evolucionar y metamorfosearse por completo, son los mismos que el próximo año cumple mi propia lucha en esta ciudad insignia y paraíso del amor/odio. Yo también decidí –en tanto cartacachaco blanco– hace 20 años, a través de la fundación El Colegio del Cuerpo (eCdC), pedir perdón a la población excluida de Cartagena y de mi país y propiciar oportunidades del más alto nivel, para detectar el talento y la belleza oculta –o, mejor, invisibilizada– de sus niños y jóvenes, provenientes de los sectores marginados. Los temas del racismo y todas las demás formas de exclusión que están en la base del resentimiento y la violencia también multiforme en esta ciudad, han sido una preocupación constante de eCdC desde sus inicios y varias de nuestras obras se han ocupado de estos asuntos. Un ejemplo de ello es justamente nuestra última creación, Negra/Anger, dedicada a los grandes Nina Simone y Aimé Césaire y que fue resultado de una acción de danza para el Observatorio Distrital Anti Racismo de Cartagena (Odar).

Con Ruby hablamos muchas veces de la presencia e importancia que tuvieron en nuestras vidas nuestras nanas negras –que en Cartagena se llaman ayas– en la crianza de las niñas y los niños blancos y de los vínculos filiales indisolubles que en muchos casos se establecían con estas mujeres, para toda la vida. Muchas de ellas llegaban a trabajar a las casas de los blancos siendo aún unas niñas y crecían con la familia. En el momento en que empezaban a llegar los hijos de los hijos de los patrones, ellas participaban en la crianza y en la tarea de transmitir, a las señoritas y señoritos la savia y la gracia de la cultura popular a través de canciones, relatos, fábulas, bailes, invenciones.

La fidelidad, dulzura y amor que transmitían, estaba presentes cotidianamente en estos seres que nos dejaron huellas imborrables . En el caso de Ruby, el personaje fue Susana, y en el mío –cartagenero criado en Bogotá–, Narcisa Ramos Muñiz –Narza–, una mulata de Turbaco trasplantada por mis padres al páramo y que asistió a mi madre en la crianza de mis hermanas y en la mía propia. En mis vacaciones escolares, cuando venía a pasar largas temporadas en Cartagena con mi tía abuela María Cristina (Maruja) de León del Castillo, prima hermana del abuelo de Ruby, don Nicolás del Castillo, tenía contacto también con otras dos mujeres extraordinarias que trabajaban y vivían en su casa. Nicolasa (no recuerdo o nunca supe su apellido) e Isabel Flórez. La primera, una negra alegre y cumbiambera: Nico, como la llamábamos, cocinaba como los dioses. Me fascinaban su risa desordenada y su olor a humo y a arroz con coco cocinado en estufa de carbón. Tenía una hija natural, Graciela, que también vivía con Maruja, hija de un señor Gómez de la alta sociedad (natural, normal). Por su parte, Isa, indígena nacida en Sampués, Sucre, entró a trabajar con mi familia a los 15 años y fue el aya de mi padre y luego de mi hermano Gonzalo. Cuando Maruja murió, fue enviada a un asilo de caridad, luego de servir durante más de 60 años a nuestra familia: fue entonces cuando nos enteramos de que su verdadero nombre no era Isabel sino Genoveva. A mi abuela le había parecido demasiado largo y decidió cambiárselo (normal). Así eran (son) las cosas en la Cartagena de Indias y de Negras.

En casa de Maruja se vivía el cuadro arquetípico de la trietnia colombiana: Maruja, la señora blanca (no hay nadie blanco en Cartagena: el que no tiene de minga tiene de mandinga, se dice) hispanófila, culta y fina, acompañada y asistida por Nicolasa, la negra liberta, y por Isabel/Genoveva, la indígena zenú que nunca se casó ni tuvo hijos por no dejar a su familia blanca. La misma que después la depositó en el asilo de caridad cuando ya sus servicios no fueron requeridos. Maruja, Nicolasa e Isabel nunca se sentaron a comer en la misma mesa ni a la misma hora, a pesar de que convivieron –juntas, pero no revueltas– toda una vida. La Niña Maru, ¡de 80 años!, era servida primero por su negra y por su india y luego ellas dos comían juntas. Y no porque no se adoraran, como las hermanas tricolores que en efecto eran, sino porque ajá. Las cosas (eran) son así en la Cartagena de Negras y de Indias.

Y he contado todo esto para explicar por qué me ha conmovido tanto la exposición de Ruby, y por qué me parece tan problemática y reveladora. (¿Rebeladora?) Un videoarte hace también parte de la muestra. No lo pude ver el día que fui a visitarla. Ruby me lo envió después: se trata de una ceremonia/sesión de lavado y pedicura que ella contrató para cada una de las mujeres, como otro símbolo de tributo a esos pies callosos que sufrieron y trabajaron tanto y tejieron tanta calle. En las uñas de las señoras se escribieron las letras de un poema de Julio Herrera y Reissig, cuyo sentido y relación con lo demás no alcanzo a percibir. Lo ideal habría sido –digo yo– que la misma Ruby, con sus propias manos, en un gesto “performático”, le hubiera hecho el lavado y la pedicura a cada una de sus homenajeadas, en un acto de humildad equivalente al del papa cuando lava los pies de prisioneros o pordioseros durante la Semana Santa.

Pero el pecado de la esclavitud, de la segregación, de la discriminación, de la pobreza (del cual Ruby no es culpable, por supuesto) no se lava con una pedicura poética o con una exposición de arte, por más curada, depurada, bien intencionada y sofisticada que ésta sea (y esto lo sabe Ruby muy bien): los pies de estas tejedoras de calles (y de callos) tienen escrita para siempre en sus plantas una historia de infamia, de trabajo arduo y de ignominia.

El arte no lo puede todo. Eso lo sé yo también con mi danza. Las deudas históricas que esta ciudad y este país, ¡este mundo!, aún tienen con su gente negra y mestiza, han logrado que la palabra ¡gracias! haya sido desterrada casi por completo de su vocabulario. El homenaje que Ruby Rumié les rinde a estas señoras no puede ni debe ser agradecido sino, por el contrario, debe ser tomado como un abono a capital, ¡a buen recaudo!

Ese, por desgracia, es el precio que como sociedad aún tenemos que pagar.

*Bailarín, coreógrafo, pedagogo, director de El Colegio del Cuerpo de Cartagena.

, “Tejiendo Calle”, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/tejiendo-calle-articulo-675172, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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