Un listado por llenar. Poco a poco se acercaban al Museo de Arte de la Universidad Nacional los estudiantes de artes plásticas que esperaban con ansias empezar la iniciativa propuesta por la artista colombiana Doris Salcedo, unir en 11 mil metros de tela blanca a más de dos mil víctimas del conflicto armado, una unión simbólica, más que la fuerza, en sus nombres hechos con cenizas se visibilizarán los estragos de una guerra, los rastros que permanecen en aquellos familiares que han sido afectados por el conflicto armado con la guerrilla de Las FARC. Cuatro días duró la realización de aquellos nombres en trozos de tela blanca. Los voluntarios que decidieron hacer parte de esta acción colectiva, no demeritaron su profesión, solamente estaba a prueba el hecho de actuar, dejar plasmado en su trabajo manual las ganas y el regocijo por finalmente ver la paz.

“Mi obra debe hablar por sí sola”, dijo alguna vez la artista Doris Salcedo. Su trabajo conceptual define netamente su esencia, el mundo que la rodea mientras va utilizando elementos que elogian aquella visión de realidad. Esta acción artística no fue la excepción. Estos trozos de tela definen en aquel material polvoriento la nobleza y personificación de aquellos violentados por la guerra. Su obra no se queda en un concepto netamente literal, sino que lo aplica a partir de aquellas voces que se sumaron a la iniciativa que terminaría expuesta como una obra efímera, un proyecto que logró unir a centenares de personas, de distintos sitios, profesiones, estratos y razas.

“Mi hermana me contaba que cuando ella estaba ayudando a realizar los nombres en el Museo de Arte en la Universidad Nacional, llegó un joven y dijo: ¿será que puedo hacer el nombre de mi papá? Buscaron el nombre y él se puso a llorar, duró hora y media dibujando el nombre y le decía: Siento que me estoy despidiendo y siento que mi papá no solo existe para mi sino para otras personas, su muerte no solo me importa a mí”,  comentaba Victoria Martínez, miembro del equipo del Museo de Arte de la Universidad Nacional sobre lo que había ocurrido durante la realización de los nombres.

Varias víctimas como aquel joven se sumaban a hacer parte de la obra, como haciendo una especie de catarsis según lo comentaba Victoria. Una manera de recordar a su ser querido, dejarlo ir entre cenizas y miles de nombres que se escribían por mirar hacia adelante y pensar en una paz cercana.

El paso siguiente, según instrucciones de Salcedo, era llevar los nombres a la Plaza de Bolívar y allí entre hilos y agujas tejerlos construyendo una especie de bandera blanca, tal vez sumando ausencias, pero uniendo a millones de personas que al coser, dibujar y plasmar, se preguntaban ¿Quién habrá sido esta persona? Un dolor ajeno y de profunda reflexión se sumaba a la obra que terminaría por ser el recuerdo de que la unión hace la fuerza.

“¿No te parece impresionante mirar cada nombre? Cada nombre es una persona, es un papá, es un hijo, es una mamá… eso es terrible, mi estómago está vuelto pedazos”, decía mientras cosía con hilo rojo en el suelo de la Plaza de Bolívar la investigadora y docente de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, Laura Rúgeles.
El sol entre el cielo gris era el fondo que se veía mientras en el suelo la tela blanca incrementaba el número de nombres tejidos. A cada instante un voluntario se sumaba a la acción que terminaría a las ocho de la noche con un gran regocijo de haber logrado tremendo cometido.

En medio de esta plaza de libre expresión se acentuaban algunos inconformes con el resultado del plebiscito, grupos que añoran la paz y otros que siendo desplazados llegan hasta este punto para ser escuchados. Naya, de diez años, pertenece a los desplazados de Valledupar, una niña que se entretenía con las palomas de aquel lugar turístico e histórico, pero que al ver esta acción colectiva, decidió unirse con otro grupo de desplazados que no se imaginaban encontrar tirados en el suelo el nombre de victimas que probablemente llegaron a conocer: “Estoy aquí porque nos gusta coser y por los muertos que no deberían estar muertos”, contaba Maya mientras enhebraba la aguja.

Como una especie de labor a la que todos pueden hacer parte, se fueron sumando grupos y personas, algunos realmente tocados por la violencia, mientras que otros deseaban plasmar en hilo los anhelos de un país justo. Una especie de venda se despegaba de los ojos y hacía ver de forma igualitaria a todos los voluntarios. En medio de tan enorme obra de arte producto de una iniciativa artística, se podía percibir la transformación social, el arte podría responder a aquellas necesidades que diariamente se atraviesan por la sociedad: “Muchos de los que estamos aquí nos hemos conocido en el proceso de la obra. El arte sí transforma, sí hay en la gente un cambio y sí hace que ellos también piensen diferente. No solamente estamos uniendo estos nombres con hilo sino que también nosotros nos estamos uniendo a ellos al hacerlo. Igualmente ha habido muchas personas cuyos familiares están allá anotados. Venir y el hecho de dibujar su nombre y ponerlo allá para ver si lo puede coser ella misma, también los ayuda a limpiar el alma”. Decía Olga Fonte, miembro del Museo de Arte de la Universidad Nacional.

Aquel acto colectivo terminaría en una noche oscura, con la satisfacción de recordar a aquellas voces que callaron pero que dejaron el poder de transformar una realidad que quedaba enterrada en el pasado, entre cenizas y telones blancos puestos en el suelo de la Plaza de Bolívar.

, Tejiendo ausencias y sumando huellas, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/tejiendo-ausencias-y-sumando-huellas-articulo-659998, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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