Entonces, a mis 30 años, no era consciente del gran privilegio que tenía al poder estar disfrutando de la tertulia con este prodigio literario con quien tuve ocasión de compartir varios desayunos, cenas y conversaciones, en las que en silencio fui testigo de su brillantez y de la forma fresca y espontánea con que llevaba elevados temas literarios a un diálogo sencillo, natural y a la vez profundo, como seguramente disfrutaron sus alumnos de Princeton, de la Universidad de Buenos Aires o de California, además de los miles de asistentes a sus conferencias y foros.

Como muestra de su gran sentido del humor, recuerdo en el marco de ese encuentro su anécdota, muy divertida, si se tiene en cuenta lo que vivió y narró sobre las dictaduras en Argentina. Cuando prestó el servicio militar era común que los soldados participaran en una “guerra” de chaquetas diseñada para que siempre alguno se quedara sin esta prenda. Era una práctica común de bienvenida a la milicia. Para un tipo como Piglia resultaba una notable pérdida de tiempo luchar por quedarse con una. Por supuesto, al constatar que era el soldado menos astuto, su superior le preguntó con sorpresa por qué había renunciado a quedarse con una, sin siquiera luchar para obtenerla. Él respondió que de cualquier modo alguien se iba a quedar sin la codiciada prenda, ante lo cual su jefe le preguntó estupefacto: soldado, ¿es usted comunista? Aún resuenan en mi memoria las carcajadas que suscitó semejante conclusión entre los contertulios.

Esa historia, como otras suyas, constituye parte de mi biografía personal, en donde considero tuve un enorme privilegio al compartir aquella semana en la que la vida nos juntó alrededor de las creación literaria y, por supuesto, un tema obligado: Borges. Me pregunto con frecuencia si debí entrevistarlo, aprovechar más esa oportunidad como parte del ejercicio periodístico, pero no lo hice. Sospecho que por el temor reverencial que producen personajes de su altura intelectual.

En mi memoria queda grabada su particular figura, ataviado en aquel suave invierno con una gabardina negra, así como su forma histriónica de narrar cualquier historia. También la contundencia y sabiduría de sus palabras. Imagino ahora qué complejos debieron ser sus últimos años conviviendo con una enfermedad como ELA, esclerosis lateral amiotrófica, que paraliza todos los músculos y atrapa mentes tan privilegiadas como la de Ricardo Piglia e impide la autonomía de movimientos, así como ha ocurrido con otros grandes autores, como Juan García Ponce o el notable físico británico Stephen Hawking, que continúa su batalla. En ninguno de estos casos, un diagnóstico desesperanzador les frenó la posibilidad de ejercer plenamente su vocación creadora. Me resulta pertinente entonces invocar la sentencia de Nietzsche: “Tenemos el arte, para no morir a causa de la verdad”.

Al mundo cultural le quedan sus fantásticos libros, varios llevados al cine. Yo misma disfruté, años más tarde de este encuentro en Canarias, de la versión de Plata quemada y me alegra constatar, al margen de la gran obra, que los intelectuales también tienen tiempo para reír, tomar un café, gozar la vida de forma liviana, estar pendientes de la forma de comunicarse con su ser amado, como vi hacer a Piglia varias veces con su pareja, que había quedado en Buenos Aires. Como cualquier mortal, también se maravilló con la magia del volcán Teide, una parada obligada para cualquier visitante a las islas.

Estuve ahí. Esta es mi nota a pie de página de un obituario personal donde la admiración profunda me impide siquiera intentar esbozar, con algún calificativo medianamente adecuado, su enorme legado.

, Soldado, ¿es usted comunista?, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/soldado-usted-comunista-articulo-673724, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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