Ni siquiera yo me despierto luciendo como Cindy Crawford.

-Cindy Crawford-

1

– ¡Cinco, seis, siete y ocho! – cuenta Albert Guerrero, mi instructor de pasarela en la academia Stock Models.

Una palmada al aire me da la entrada y el beat electrónico de la música me marca el ritmo al caminar. “Frente, medio lado. Paso, paso, frente. Paso, paso, medio lado. Giro, primero el torso, por último el cuello y salgo con derecha”. Voy repitiendo mentalmente mientras intento seguir mis propias instrucciones.

-¡No! Las manos están caídas. La cadera se mueve mucho. ¡Y sonríe, mujer! ¡Sonríe! ¡Comunícame algo, hazme sentir!

He hecho tantos intentos que ya perdí la cuenta. Si me acuerdo de las manos, no me acuerdo de los giros. Si me acuerdo de los giros, me salgo del ritmo. Si estoy en el ritmo, voy hacia el lado contrario. Ya me duelen las puntas de los pies. Siento la espalda tensa y comienzan a temblarme los tobillos. Albert me toma de la mano y camina conmigo hasta el final de la pasarela. Se llena de paciencia y juntos hacemos el ejercicio una vez más, el primero de los más de cincuenta que existen. Frente, medio lado. Paso, paso, giro. Frente, paso, paso, medio lado. Giro, primero el torso, por último el cuello y salimos con derecha.

– Ahora sola – Me dice mientras le da play a la música-. Y cuéntame algo, que ser bonita no es suficiente.

Ser modelo es como ser músico. Se necesitan muchas horas de práctica, pero también se necesita talento. Un rasguño de pólvora que pueda encender la hoguera. Las dos cosas tienen que encontrarse y de nada sirve una sin la otra. Hay que saber de pasarela, de expresión corporal, de nutrición, de danza, de fotografía, de actuación, de imagen y hasta de etiqueta. Pero también hay que haber nacido con ese encanto que le permitió a Kate Moss, uno de los íconos más grandes en la historia moda, comerse el mundo en 1990. Con ese poder de seducción que resulta indescriptible, pero certero. También, hay que ser alta. Mínimo 1.75 metros de estatura para poder caminar en una pasarela y alrededor de 1.73 para hacer fotos de catálogo.

La academia Stock Models sirve de semillero a la agencia que lleva el mismo nombre. Tiene cerca de 120 alumnos y su programa de estudios dura un año. No existe ningún requisito físico entre sus criterios de admisión, pero según Adriana Jaramillo, su directora, solo el 15% de los hombres y mujeres que completan el programa logran desarrollar un perfil de modelos profesionales.  “Las dos mortalidades más altas son la estatura y la disciplina. Muchos quieren ser famosos preparándose lo mínimo y no es así. Se necesita tiempo, dedicación y trabajar muy duro”.

Ser modelo también es como ser deportista. Es un oficio con vida corta y después de cierta edad ya se está viejo. Un modelo en ejercicio pocas veces supera los veintiocho años y cuando lo hace, es porque aparenta menos. “Eso no quiere decir que después de esa edad no se pueda aprender. Este tipo de clases son útiles para la vida en general. Mejoran la postura, ayudan a conocerse y dan seguridad”, dice Jaramillo. No solo los modelos estudian modelaje, así como no solo los tenistas juegan tenis.

– ¡Cinco, seis, siete y ocho!

Frente, medio lado. Paso, paso, giro. Frente, paso, paso, medio lado. Giro, primero el torso, por último el cuello, sonrío, y salgo con izquierda.

– ¡Bien! – me dice Albert – ¿Ves como cambias cuando sonríes?, pero saliste con izquierda. Si hubiera sido una pasarela real, con más modelos desfilando, te habrías estrellado con todas.

2

-Si se te rompe el tacón, caminas empinada – dice Belky Arizala, top model colombiana.

Ella sabe de que habla. La primera vez que se montó en una pasarela lo hizo caminando en puntas de pies. Fue en el Centro Comercial Bulevar de Cúcuta, al Norte de Santander. Era su primer momento, el lugar estaba lleno y su mamá la esperaba entre el público. Otra modelo tomó sus zapatos por equivocación y cuando tuvo que desfilar, no le quedó más remedio que caminar empinada.

No fue la primera vez ni sería la única. La vida se encargó de romperle el tacón en más de una oportunidad y ella de empinarse. Belky Arizala es una mujer negra de 1.78 metros de estatura. Nació en Cúcuta hace 38 años y, aunque en algún momento quiso estudiar medicina, es administradora de empresas. Prefiere la bicicleta al carro, lleva la cabeza rapada y cuando se le viene en gana desayuna tamal. Ha sido actriz, presentadora y una de las modelos con mejor cuerpo en el país según la revista En Forma. Ha preparado reinas, entrenado modelos y creó una fundación que también dirige: El alma no tiene color.

Dice que todo comenzó como un designio. Hace más de veinte años, mientras caminaba por la sala de su casa en Cúcuta, escuchó por radio que estaba abierta la convocatoria para ser Señorita Santander en el Reinado Nacional de la Belleza. La inscripción debía hacerse en el almacén Chicos y Chicas antes de las cinco de la tarde y ese era el último día.

-Cuando llegué a inscribirme la dueña me miraba de arriba abajo. ¿Pero tú naciste aquí?, me preguntaba. En esa época no había negros en Cúcuta, solo mi familia y yo -cuenta Belky.

La elección sería al día siguiente en el Club del Comercio. El concurso ponía los maquilladores, los accesorios y un vestido que corría por cuenta Chicos y Chicas. A Belky no le gustó el suyo, lo encontró pasado de moda y prefirió que una de sus tías le hiciera uno en tiempo record. Una vez en el camerino, se encontró con que nadie esperaba una candidata negra y los maquilladores no tenían bases oscuras. Sin más opciones, usaron lo que tenían, le pusieron un postizo, pestañas y lentes de contacto.

-¡Me dejaron gris! Me sentía disfrazada de mimo. Pero cuando me anunciaron, me puse el vestido de mi tía y desfilé. Desfilé sin haber desfilado nunca. La gente estaba sorprendida, todos gritaban y aplaudían. Yo creo que también se burlaban de mi maquillaje.

Esa noche, muy a su pesar, Belky Arizala resultó virreina. No podía encontrar una sola razón para haberse ido sin la corona. Las explicaciones aparecieron en la voz de Eduardo Maldonado, que en ese entonces dirigía una academia de modelos y hoy es uno de los preparadores de reinas más reconocidos del país. “Mira mujer, tu eres espectacular, pero nunca vas a ser reina porque eres negra. Toma mi tarjeta y mejor prepárate conmigo como modelo”.

-Me demoré un mes en ir. Mal para bien. Cuando tu andas con Dios de la mano hasta el diablo obedece. 

No pasó mucho tiempo antes de que Belky llegara a Bogotá. Su elegancia en las pasarelas y la fuerza que transmitían sus fotos hicieron que se convirtiera en la favorita de diseñadores y fotógrafos. Fue portada de revistas como Jet Set, Cromos y Aló. Modelo de Hernán Zajar y Ángel Yañez. Se ganó el título de top model y fue reconocida como la mejor pasarela del país por la prensa nacional. Ocho año después, viajó a México y tuvo que volver a empinarse. “No negros, no indígenas”, decía la letra menuda de cada casting.

-Yo nunca me había visto negra. Me había visto mujer. Ya me habían dicho stop una vez, no me lo iban a decir dos veces. O por lo menos, no me lo iba a volver a creer.

Haciendo caso omiso se presentó a cada convocatoria, participó en cada concurso y se apareció por cada agencia. Los productores no pudieron explicarle de forma razonable la letra menuda y, sin otra opción, la incluyeron en sus castings. Se los fue ganando uno a uno y se convirtió en la primera modelo negra que hacía portadas de revistas y comerciales de televisión en México.

Ahora vive en Colombia y se retiró de las pasarelas. Tiene su propia academia y entre sus alumnas se cuentan Valerie Domínguez, Marianela Sinisterra y Eileen Roca. Su fundación fue la primera en subir un desfile de mujeres de piel oscura en las pasarelas del circuito Bogotá Fashion Week y en abanderar un modelaje incluyente sin etiquetas de ningún color. Habla del valor de ser autentico y de la necesidad  de romper esquemas. Dice que una mujer bella no es más que una mujer que sonríe y que en cada dificultad hay una bendición.

-Negro es un color. Negros unos zapatos. Negro un pantalón. La vida no es fácil, pero tú puedes hacerla fácil si miras para arriba – dice Belky-.

3

El desfile está por comenzar. Un ejército de costureras armadas con alfileres pega encajes y entalla vestidos. Una maquilladora que descubrió la ubicuidad colorea mejillas y esparce talco en peinados voluminosos.  Naomi Campbell se pone los zapatos. Linda Evangelista se alista para salir. Christy Turlington se da una última mirada en el espejo. Kate Moss solo corre. De un extremo otro, con la crinolina de su falda azul volando a unos pocos centímetros del suelo. Como si la persiguieran lobos porque así se lo han pedido. Con sus dieciséis años, su metro setenta y tres y su silueta de niña abandonada. Imperfecta entre mujeres perfectas, Kate Moss, obediente, solo corre.

En 1990 el diseñador británico John Galliano lanzaba su colección primavera-verano en el Louvre’s Cour Carrée de Paris. Estaba inspirada en Anastasia, la hija desaparecida del Zar Nicolás II de Rusia, y Kate Moss se contaba entre sus modelos. Todo estaba resuelto. Cuando le tocara el turno, su única tarea sería correr como si una jauría de lobos hambrientos viniera detrás. Se acabaron los ensayos y Kate se subió a la pasarela por primera vez. “Corrió como una ráfaga. Algo completamente irrespetuoso. La gente la aplaudió de pie. Fue un momento mágico”, recuerda Galliano para el libro “Kate Moss Style” de Angela Buttolph.

El ascenso de Moss fue rápido. Las revistas la querían en sus portadas, los fotógrafos ante su lente y los diseñadores en sus pasarelas. No cabía entre las bellas de 1980 y parecía cargar con todos los defectos posibles, pero aún así, tenía una energía magnética, un poder hipnótico incontenible. La razón era una: Kate Moss era un vehículo de historias y ficciones, una actriz más que una modelo. “¿Cuál es la historia?”, preguntaba siempre y desde esa primera vez en que Galliano le pidió correr como si la persiguieran lobos. No volvió a salir nunca sin algo que contar. “Me gusta pensar que soy otra persona. Hacer fotos como uno mismo es difícil, pero jugar a ser alguien más es mucho más interesante. Es divertido”, dijo en una ocasión para la revista Interview.

Tiene trescientas portadas en la revista Vogue y otro par de centenas repartidas entre Haper’s Baazar, Elle, Vanity Fair, The Face, Another Man y W. Ha desfilado para Melanie Ward, Alexander McQueen, Chanel, Yves Saint Laurent, Clavin Klein, Burberry, Versace, Dior y Dolce & Gabbana. Ha sido actriz de cine, con su vida se han escrito libros y ha estado en lienzo de Lucian Freud, uno de los pintores ingleses más importantes del siglo xx.

En 1993, cuando tenía 19 años, pasó de inspiración a debate. La versión británica de la revista Vogue publicó “Underexposure”, una serie de fotos de Corine Day en las que Moss salía en ropa interior. Los reproches fueron muchos: sexualización infantil, objetivación de la mujer, mal gusto. Meses más tarde, apareció desnuda en la campaña de “Obsession”, una de las fragancias de Calvin Klein. Está vez el escándalo fue alrededor de su extremada delgadez y su posible anorexia. El rumor fue desmentido más tarde, pero ya todos habían escuchado el ruido. De cualquier forma, musa o controversia, Kate Moss está unida a la historia de la moda en una correspondencia indivisible que no permite contar la una sin la otra.

No es solo una modelo. Es la cara de una época, el símbolo de una generación. Un ícono de lo marginal. El fin del glamour, la elegancia y la belleza de perfectas proporciones en la década de los 80s. La llegada de una estética nueva, de lo espontáneo y lo frágil. Una adolescente flacuchenta al lado de mujeres voluptuosas como Claudia Schiffer. Un renacuajo –como la apodaron algunos medios- al lado sex symbols como Cindy Crawford. Es una vanguardia: el dirty realism o realismo sucio.

4

-Mamá, por favor regálame una cirugía plástica porque tengo una nariz horrible – rogaba María Jiménez Pacífico, modelo plus size internacional, cuando tenía siete años.

No es fácil ser gorda en un mundo de ilusiones flacas. No es fácil, dice, ser “la cerda”, “la chancha”, la que dibujan con nariz de marrano. No es fácil ser la que pasa recreos sola ni la que se sienta en sillas con chicles pegados. No es fácil ser diferente y bella cuando las bellas van de uniforme. María tiene 26 años, nació en Cartagena y creció en Plato, Magdalena. Nunca soñó con ser modelo y pasó su adolescencia entre las burlas de sus compañeras del colegio, “las bonitas y las flacas”.

-Lo que más me dolía era su rechazo. Yo quería ser amiga de ellas, pero ellas no querían ser amigas mías porque yo era más pesada. Es que hay una estética violenta, si no eres delgada eres fea y nadie quiere ser amiga tuya – dice.

Cuando su mamá se casó por segunda vez, María tenía quince años y quería estudiar medicina forense. Vivía con las inseguridades propias de su adolescencia y con otras tantas que le habían hecho cargar sus compañeras. Pasaba horas frente al espejo intentando verse la nariz de cerdo y tardes en el sicólogo remendando su autoestima. El nuevo esposo de su madre era islandés y juntos planeaban vivir en Islandia. A María le faltaba un año para terminar el colegio y había que decidir si viajaba de una vez o esperaba hasta graduarse. Fue fácil: “no mamá, yo no quiero estar aquí. Vámonos ya”.

-Llegar a Islandia me cambió el chip. Nadie me criticaba y todos me aceptaban como era. Le gustaba a los otros niños y me gustaba a mi misma. Les gustaba y me gustaba porque era diferente – cuenta María.

Su carrera como modelo de tallas grandes comenzó cuando Arnold Björnsson, fotógrafo del concurso Miss Islandia, ofreció hacerle un catálogo para que llevara a la agencia Eskimo Models. María era de buen registro y siempre tenía algo que decir en sus fotos. La agencia la contrató y tres días más tarde se enfrentaba a su primer trabajo modelando para la versión islandesa de Zara, una de las marcas del grupo español Inditex.

María Jiménez Pacífico es la primera modelo plus size colombiana. Mide 1.75 metros de estatura y es talla 14 en marcas internacionales -18 en el mercado nacional. Tiene ojos oscuros, labios gruesos y pelo castaño que le llega a la cintura. Ha trabajado con firmas como Karen Miller, Dorothy Perkins, Lindex y Sigrún Lilja. Con la frase “un buen corazón es más importante que una talla cero” como filosofía de vida, ha convertido la lucha contra el matoneo en uno de sus motores más grandes. “A mi me mueve el bullying”, dice. En noviembre del 2015 fue elegida por la revista Elle de México como una de las ocho mujeres con curvas que inspiran al mundo. “Con curvas”, uno de los tantos eufemismos que se ha inventado la industria.

Dice con tristeza que Colombia es un país atrasado. Que el movimiento de la diversidad de tamaños se tomó la moda y aquí nadie se enteró. En el 2008 Whitney Thompson se convirtió en la primera curvy -otro eufemismo- en ganar American’s Next Top Model, un reality show para modelos, dirigido Tyra Banks. En agosto del 2015, Ashley Nell Tipton hizo lo mismo con Proyect Runway, uno para diseñadores y, meses más tarde, Ashley Graham, talla 14 internacional,  fue portada de la revista Sports Ilustrated – reconocida por mostrar solo cuerpos esculturales- en su edición especial de vestidos de baño. “El día que una colección de tallas grandes se monte en una pasarela como Colombia Moda, los diseñadores, por fin, habrán abierto la mente”, sostiene María.

Habla segura, casi soberbia. Con suficiencia, con vanidad. No siente ningún pudor al enumerar sus logros ni se desgasta en modestias postizas. No guarda rencores ni alimenta malos recuerdos. “Yo voy con una energía que atropello”, dice.

– ¿Qué si me gusta mi nariz? ¡Claro niña! ¡Si yo tengo una nariz divina!

5

El gran Julio César de Shakespeare vuelve victorioso de su batalla en Andalucía. En Roma lo reciben eufóricos. Todos han dejado sus oficios y se han puesto sus mejores vestidos. Entre los vítores de la multitud se escucha la advertencia de una adivina. Cuando llegue el 15 de marzo, César estará en peligro. Cómo si fuera poco, ha tenido un ataque de epilepsia mientras pasaba por la plaza y Calpurnia, su esposa, ha soñado que la estatua construida en su honor sangraba en las noches.

– Haz que me circunde gente obesa y peinada y que no vele. ¡Qué flaco! ¡Qué famélica apariencia es la de Casio! Por demás cavila, y tales hombres son muy peligrosos – le ordena Julio César a Antonio, su mano derecha.

Por una buena parte de la historia de la humanidad, ser gordo fue un sinónimo de riqueza y poder. La grasa de más significaba comida demás y, por lo tanto, dinero de más. Entre más pesados los aristócratas, más respetados y entre más rollizas sus mujeres, más bellas. Con la llegada de la Revolución Industrial las cosas comenzaron a invertirse. Las máquinas reemplazaron la agricultura y el sedentarismo al trabajo físico. El sobrepeso dejó de ser exclusivo de quienes podían pagarlo y se volvió parte de la identidad obrera.

La ropa también cambió. La industrialización trajo la producción en masa y de la mano llegaron las tallas. Ya nadie cosía sobre medidas y dejó de haber tantos tamaños como personas. Las máquinas lo hacían todo y lo hacían por moldes. El saco nunca más fue estrecho, el hombre resultó muy gordo. Las mangas no volvieron a quedar cortas, los brazos ahora eran muy largos.

Ser gordo dejó de estar bien y todo pasó a ser cuestión de proporciones. Para 1960, Marilyn Monroe resumía los ideales de belleza y veinte años más tarde, lo hacían Claudia Schiffer, Naomi Cambell y Linda Evangelista. Reinaron las curvas y las figuras voluptuosas hasta que Kate Moss y su estética grunge impusieron los cuerpos ultra delgados. Se invirtieron los roles y ahora ser flaco era ser bello.

Aunque este estereotipo de belleza sigue vigente, desde hace poco más de siete años la idea de “mujeres reales con cuerpos reales” le da vueltas a la industria de la moda. En el 2011 Gabi Gregg, una estadounidense talla 18 que escribe el blog Gabi Fresh se hizo viral tras publicar una foto suya en bikini a la que llamó “fatkini”. Para ese entonces, no era fácil encontrar bikinis en tallas grandes y mucho menos tener el valor de usarlos.

Las demás fashionistas y blogueras le hicieron eco y las mujeres con sobre peso comenzaron a mostrarse sin pena. Las marcas de ropa ampliaron el rango de sus tallas en vestidos de baño y Gregg apareció en The Today Show, un programa matutino de la cadena NBC, abanderando una nueva causa. “Amo mi cuerpo. Creo que deberíamos rechazar esas reglas de la moda que pretenden decirnos qué usar y qué no usar. Todas las mujeres somos igual hermosas”, dijo.

El “fatkini” dio comienzo al movimiento por la diversidad de tamaños en la moda, pero también a una nueva controversia. La línea entre la auto aceptación y la promoción de la obesidad comenzaba a hacerse borrosa y las casas de alta costura tomaron partido. Unas pocas como Michel Kors y Marina Rinaldi incluyeron tallas grandes entre sus diseños, pero la mayoría se negaron a asociar pluz sizes a su firma. “No se trata solo de vender ropa, se trata de vender la fantasía de un estilo de vida”, explica el consultor Morty Singer. “Gucci o Prada venden lujo. Coach y Kate Spade, lujo accesible. Tory Burch, la elegancia de lo cool y lo chic. En la industria de la moda es común pensar que asociarse con cosas populares, como cuerpos con sobrepeso, rompe la fantasía y vuelve ordinarias a las marcas”, afirma Singer.

Según la Organización Mundial de la Salud, para el 2014, el 39% de las personas adultas tenían sobre peso y el 13% eran obesas. Desde 1980, la obesidad ha duplicado sus cifras en el mundo y se ha enfilado entre las principales causas de mortalidad: enfermedades cardiovasculares, diabetes, trastornos del aparato locomotor  y algunos cánceres. “Este no es un debate sobre salud”, dijo Madeline Jones, modelo y editora de la revista PLUS Model para The New Yorker. Las personas son tallas grandes por muchas razones, no siempre por problemas de salud. No se que tan efectivo sea como método para adelgazar hacer que se avergüencen de su cuerpo”.

Lo que sí es seguro es que una modelo plus size también hace dieta. No puede subir ni bajar de la talla con que fue contratada por su agencia y como todas las demás, debe mantenerse sana. “Una cosa es ser plus size y otra cosa es ser obesa”, dice María Jiménez Pacífico. “Los músculos deben estar tonificados, la piel debe verse saludable. Me gusta correr y jugar tenis, no me mato con la comida pero nunca me vas a ver comiendo mantequilla, panes o harinas”.

Para Laura Agudelo, autora del blog La Pesada de la moda, la industria no ha cambiado ni ha abierto nuevos espacios. “Lo único diferente es que internet nos ha hecho visibles a todos y hay un grupo de mujeres que, como yo, se sienten lindas gordas y se muestran por redes”, dice. Las marca Marina Rinaldi existe desde 1980 y en el canal E! aparecen modelos plus size desde hace más de veinte años. Aunque existe un movimiento por la diversidad de tamaños en las pasarelas, en las vitrinas de los almacenes sigue sin pasar nada. “Si yo me derramo el café encima, me jodí. Así tenga la plata no puedo ir a comprar otra blusa porque simplemente no hay. Ninguna marca vende mi talla”, explica Agudelo.

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En una primera mirada, Santiago Arenas resulta ser “un niño alto y flaco”. Mide 1.85 metros de estatura, pesa 68 kilos y tiene 26 años. No hay lugar a dudas: es “un niño alto y flaco”. Pero también es un modelo profesional. Ha estado en las pasarelas de Colombiamoda en Medellín y el Círculo de la Moda Bogotá. Vende autógrafos en China y en el 2015 fue elegido “Modelo revelación” por la revista Cromos.

-Lo que pasa es que yo me veo mejor en fotos que en persona – se explica Arenas- Soy consciente de eso y hasta mi familia me lo dice.

La historia del modelaje masculino es bastante corta. Mientras en el mundo entero las mujeres luchan por conseguir la equidad de género, las pasarelas han sido territorio femenino desde que se inventaron los desfiles en el siglo XIX. En 124 años, solo seis hombres han sido portada de la revista Vogue y siempre acompañados de una mujer. Richard Gere junto a Cindy Crawford. Kanye West junto Kim Kardashian. Supermodelos como Marcus Schenkenberg o Jason Lewis no sobrevivieron en la memoria colectiva de la misma forma en que lo hicieron Kate Moss o Naomi Campbell. Y sin ir tan lejos, en la academia colombiana Stock Models solo el 5% de sus estudiantes son hombres.

Sin embargo, los ideales de belleza también han cambiado. Hasta 1980 por la pasarela caminaban hombres musculosos, rudos y de facciones recias. Todos con una mano en el bolsillo y el ceño fruncido al mejor estilo de los Malboro Man de mediados de siglo pasado. En 1985, Tanel Bedrossiantz forzó los límites de la masculinidad con movimientos sutiles y ademanes femeninos. Se impuso con un estilo andrógeno y se convirtió en la inspiración del diseñador francés Jean Paul Gaultier. “Entendí que si quería sobresalir tenía que ser diferente”, dijo en una entrevista para la BBC. Los hombres de bellezas ambiguas estuvieron vigentes por más de veinte años hasta que Karl Lagerfeld declaró que se hacía necesario renovar la industria. “Después de tantos chicos flacos y feos, necesitamos algo de belleza. De nueva belleza”, dijo. Es así como Baptiste Giabiconi, considerado la versión masculina de la supermodelo Gisele Bündchen, se convirtió en la cara de Chanel, de Fendi y de la belleza masculina. Bündchen y Giabiconi eran estereotipos perfectos con facciones perfectas. Eran Barbie y Ken.

– En Colombia todavía prefieren al mono fornido y de ojos azules – explica Santiago Arenas-. En otros países, con mercados más internacionales y más desarrollados, a mi me ven distinto. Como un modelo de alta costura y de rasgos sofisticados.

Santiago llegó al modelaje mientras estudiaba Mercadeo en la Universidad Eafit de Medellín y buscaba algunos ingresos de más. El amigo de un amigo lo contactó con una productora de moda y lo llamaron para hacer una editorial. Resultó ser un buen modelo de catálogo, de poses convincentes y ágiles. Sus fotos llegaron a agencias internacionales y no tardó mucho en subirse a las pasarelas asiáticas que más facturan en el mundo. Pasó dos años en China y hace pocos meses regresó a Colombia con la idea de terminar su carrera. Aún le faltan dos semestres.

-Yo no me considero de los más bonitos, pero es que en modelaje no es solo belleza. Está la actitud, la inteligencia del modelo, el equipo con el que trabaja, el manager, el booker, el vestuarista. Son muchas las características que hay que reunir – dice.

Último giro

– ¡Cinco, seis, siete y ocho!

Frente, medio lado. Paso, paso, giro. Frente, paso, paso, medio lado. Giro, primero el torso, por último el cuello, sonrío, y salgo con derecha.

Ha pasado un mes desde mi primera clase con Albert en Stock Models. Aprendí que a clase de maquillaje se llega sin maquillaje. Que caminar empinada es mucho más difícil que pararse sobre tacones de doce centímetros. Que los ideales de belleza que se proponen desde las pasarelas determinan los estereotipos aspiracionales de las mujeres. Que la palabra modelo significa ejemplo, y que de eso se trata todo.

Una palmada al aire me da la entrada y el beat electrónico de la música me marca el ritmo al caminar. “Frente, medio lado. Paso, paso, frente. Paso, paso, medio lado. Giro, primero el torso, por último el cuello y salgo con derecha”.

– Esta bien – me dice Albert. Pero los movimientos de la cadera siguen siendo bruscos y todavía no me dices nada. ¿Ensayaste? Tienes que practicar, te lo digo en serio. Hace mucho que en esto ser bonita no sirve de nada.

, Ser bonita pasó de moda, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/ser-bonita-paso-de-moda-articulo-664267, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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