En Volver al oscuro valle, una célula del grupo yihadista Boko Haram se toma la embajada irlandesa en Madrid. Con ese telón de fondo, Santiago Gamboa trae de nuevo al cónsul, un personaje que nos presentó en Plegarias nocturnas y que, en esta ocasión, trata de reencontrase con una mujer en la ciudad que vio pasar su juventud. A lo largo de la novela, el lector verá cómo la historia del cónsul se enlaza con la de Manuela, una joven caleña, cuya infancia parece escrita a cuatro manos entre Charles Dickens y el Marqués de Sade; la de Tertuliano, un argentino que dice ser hijo del papa y quien, tras militar en varios grupos neonazis, considera que su misión es crear una utopía latinoamericana, y la de Rimbaud, el joven poeta que estremeció las letras francesas en el siglo XIX y las abandonó, hastiado, para vagar por el mundo y llegar incluso a convertirse en traficante.

Para Gamboa, que, en El síndrome de Ulises, había retratado las historias de quienes salían de Latinoamérica, Volver al oscuro valle es una novela sobre los que regresan, sobre los que escapan de una Europa en la que el terrorismo ha puesto en jaque a las grandes ciudades. “La gente que se fue por la violencia en Colombia la está encontrando allá cuando alguien entra a una cafetería y ametralla a todos. Mario (Mendoza) dice con gran acierto que resultó que no eran ellos el futuro de nosotros, sino nosotros el futuro de ellos. En Europa están viviendo algo muy parecido a lo que vivimos aquí en los 80. Esa violencia y la crisis económica hacen que la gente se empiece a ir. La gente está regresando y para mí esa es la pregunta de nuestro tiempo. Yo mismo volví hace un año a Colombia y la pregunta sigue siendo: ¿puede uno volver a algún lado?”.

La pregunta sobre el regreso, como la que indaga por la posibilidad de bañarse dos veces en el mismo río, y las buenas preguntas en general, queda resonando en la habitación sin una respuesta definitiva. Gamboa se acomoda en la silla y se queda mirando al vacío mientras recuerda conmovido el episodio en que, en Cúcuta, tras el cierre de la frontera y la expulsión de cientos de colombianos, vio a un hombre que arrastraba de regreso a un niño, un perro y un carrito de supermercado. “Las migraciones son algo que estamos viviendo en versión apocalipsis, mientras antes tendíamos a verlas como historias de génesis. La gente llegaba y se instalaba. Los pobladores creaban ciudades, construían caminos. Ahora estamos ante Troya en llamas y la gente va como Eneas, con un niño y un viejo alzados al hombro”.

El retorno por el que se pregunta la novela no se limita a la dimensión geográfica del término. Para Gamboa, “el regreso también es buscar al joven que uno fue. El joven que uno traicionó porque el destino de toda vida es traicionar al soñador que alguna vez fuimos. El regreso es una búsqueda de la coherencia que tuvimos en la adolescencia y que se contrapone a la incoherencia del mundo adulto, donde uno tiene que enfrentar contradicciones, dar el brazo a torcer y aceptar lo inaceptable. El joven se la juega por una coherencia que el mundo le va quitando a patadas. Volverse hombre es volverse como Ulises: aprender a hacer trampa, a darle la mano a la gente que uno odia”.

En la novela, una de las vías para regresar al paraíso perdido de la juventud, o la niñez, es el uso desmedido de narcóticos. Esa visión desgarradora y autodestructiva del regreso no sólo es un signo de nuestra época, sino que se alinea con el pesimismo con el que Gamboa afirma: “Detrás de la utopía suele haber un discurso autoritario que la gente persigue porque la recompensa es la salvación. Eso es terrible porque en el fondo se trata de salvarse a cambio de la libertad. El salvador, como Trump o como Uribe, dice: ‘Tienes que dejar de ser lo que eres y debes convertirte en lo que yo quiero porque te amo’. En eso consistía la inquisición: ‘Yo te quiero tanto que quiero que tu alma se salve y por eso te voy a quemar’ ”.

Desde hace un año, Gamboa dejó Europa para vivir en Cali. Confiesa que la literatura casi siempre llega tarde a los lugares donde lo arroja la vida, como ocurrió cuando, después de dejar el país, escribió en Madrid una novela que discurre en Bogotá o como cuando, a continuación, viviendo en París, regresó a España en la escritura. “No escribo para hacer una radiografía del mundo. Se me hace posudo buscar conscientemente temas importantes. Me limito a ir siguiendo mi propia vida y en eso no hay nada original. Vine para acá y viví el regreso del que hablo. Para mí, hacer una novela es encontrar un personaje capaz de contarme algo que me permita comprender mejor mi mundo.”

En esa búsqueda de personajes, en Volver al oscuro valle, Gamboa crea una constelación de narradores que comienzan a unirse tenuemente por la poesía, la violación y el abandono, para después terminar completamente amalgamados en busca de venganza. El final de la novela sugiere el regreso de estos narradores, ya no a su lugar de proveniencia geográfica, sino al campo de la literatura: “Mis novelas no se acaban sino que se detienen. El único final que existe en la naturaleza es la muerte y mientras haya vida las historias siguen. Creo que no es algo que se ha acabado. Tengo la sensación de que ahí hay un pequeño mundo que me interesa ir analizando”.

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