La escritora chilena presenta su libro como un viaje sin mapa por la geografía de la sensualidad, lo que le permite caminar por sus recuerdos, recuperar creencias, trasegar bibliotecas y vagar por la literatura.

Rastreando creencias populares, por ejemplo, encontró que todavía hay mujeres en algunas zonas rurales de Gran Bretaña que hacen uso de una vieja práctica para atrapar hombres. Cuenta que amasan harina, la salpican con saliva, la colocan entre las piernas para darle el sabor de las zonas secretas, la hornean y luego la ofrecen al amado.

Buscando en los anaqueles de la historia, relata, por ejemplo, que Casanova asegura que “hay algo en la habitación de la mujer amada, emanaciones voluptuosas tan íntimas y balsámicas, que, puesto a elegir entre ese aroma y el cielo, el amante no vacilará en escoger lo primero”.

Esa teoría demuestra que el deseo sexual nace en la nariz. “Tenemos un sensor en la entrada de las fosas nasales que no percibe olores, sino feromonas, que son, como quien dice, intenciones, un llamado romántico exudado por la piel”.

Del olfato salta al gusto con una afirmación: el placer de un sabor está en la lengua y en el recuerdo. “La piel, los pliegues del cuerpo y las secreciones tienen sabores fuertes y definidos, tan personales como el olor. Poco sabemos de ellos, porque hemos perdido el hábito de lamernos y olisquearnos unos a otros”.

La cena es el espacio ideal del sabor y el olor. La idea es que ambos participen en la preparación y se vayan quitando la ropa “mientras pelan cebollas y deshojan alcachofas”. Si quieren carne, un consejo por si eligen ave. “Casi todas las aves de caza son consideradas afrodisiacas, pero no así pollos, gallinas y pavos domésticos, criaturas melancólicas que nada saben de amor”. Y después de cenar, un postre para coronar la intimidad: mangos flambeados con ron, seno de novicia, espuma de Venus o arroz con leche. Con este último postre soñó Isabel antes de ponerse a escribir el libro con ayuda de su mamá Panchita. Soñó que se bañaba en una piscina de arroz con leche y, días después, volvió a soñar con comida. Esta vez colocaba a Antonio Banderas desnudo sobre una tortilla mexicana con guacamole y se lo devoraba. Esos sueños le llegaron tres años después de la muerte de su hija Paula y le devolvieron las ganas de “comer y retozar”. Fue entonces cuando nació Afrodita para confirmarle que la escritura libera el alma hasta de las tristezas del luto.

, Recetario afrodisíaco de Isabel Allende, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/recetario-afrodisiaco-de-isabel-allende-articulo-656506, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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