Son las siete de la noche y el auditorio de la Fundación Universitaria Claretiana, en Quibdó, está listo. En la tarima, dos parlantes y una pantalla de aproximadamente 4 por 5 metros; en el pasillo central, el proyector, un videobeam. Rápidamente empiezan a llegar grupos de familias y amigos; en menos de 15 minutos ya hay 200 personas. Las luces se apagan, se percibe ansiedad y, como si esta fuera una sala tradicional, los asistentes están dispuestos a ver y oír cine. El silencio invade el recinto. Aparecen en pantalla Jacobo y Delio, protagonistas de la película Manos sucias (2014), dirigida por Josef Wladyka. Este par de hermanos que se dedican a la pesca son los personajes de una historia real que transcurre en medio del río Atrato, en donde se ha contado la guerra del Pacífico colombiano. Ellos, víctimas del conflicto armado, como la mayoría de personas que viven en los municipios aledaños al río, por necesidad han decidido transportar en un contenedor submarino una carga de droga. El público susurra, predice la película; de repente los personajes que están al frente de estos ojos ansiosos empiezan a cantar Buenaventura y Caney, del Grupo Niche. Atrás han quedado los nervios, a una sola voz el auditorio canta y baila al mismo son. La película ha salido de la pantalla. Los espectadores sienten que la historia es suya, que se está narrando lo que es su territorio. Todos son ese par de hermanos que tienen que lidiar con los grupos armados que hay a cada lado del río Atrato y un hombre blanco que los trata como esclavos. Todos han tenido que ver cómo en su tierra se han concentrado grupos paramilitares, guerrilleros, narcotraficantes, Fuerza Pública y, recientemente, bandas criminales. Todos han visto cómo la minería ilegal, el tráfico de drogas, la corrupción, la delincuencia juvenil y demás, han devastado esa selva inmensa en la que han nacido. Como si este hubiera sido un viaje al interior de su corazón, al final sonríen, se miran entre sí y comentan lo que les pareció la historia. Esta película no es ficción, son los rostros escondidos que se sacrifican todos los días por un mejor futuro, así el medio no sea el correcto. Un aplauso selló el encuentro de la primera noche de la Semana del Cine Colombiano en Quibdó, que este año se postergó para el mes de noviembre —en el resto del país la sexta edición se realizó entre el 18 y el 24 de agosto— por el paro cívico en el que estaban los chocoanos hace tres meses; paro que les permitió, además de que el Gobierno Nacional prestara atención a sus peticiones, integrar a la Semana del Cine las organizaciones locales. “La idea de hacer parte de la Semana del Cine Colombiano es de alguna manera poder crearle una agenda cultural a Quibdó, donde los jóvenes puedan acercarse al cine o actividades que son limitadas porque no hay recursos ni espacios”, afirma Jessica Cossio, directora general de la Fundación Rancho Aparte. Es cierto. En Quibdó no hay teatros, museos o salas de cine, apenas una pequeña librería llamada La Odisea y la Casa Cultural Jorge Isaacs, donde funciona una emisora, la Fundación Fiestas Franciscanas y se dictan clases de danza, teatro y música. A pesar de esto, todos los chocoanos saben que las artes son la única manera de salvar a su juventud de la violencia, por lo que hacen los esfuerzos necesarios para que en colegios como el Instituto Educativo Antonio Ricaurte se puedan ver películas. El salón de la ludoteca o el de informática se convierten en el cómplice de ese sueño por tener una sala de cine o un teatro en Quibdó. Uno como el que han visto por televisión, donde “la gente come crispetas y hace silencio”, como lo define Carolina Rolo, una de las estudiantes de cuarto grado del Instituto. Pero en esta ocasión solo vale la oportunidad de ver una película nueva. La gran pantalla fue un telón y el auditorio, un salón con apenas 60 sillitas plásticas. Como Carolina, todos sus compañeros imaginan cómo sería estar en una verdadera sala, cómo es dejar que el fuerte sonido llegue a estremecer el cuerpo y cómo se verían sus personajes favoritos. Sin embargo, esta visita no se trata de la gran sala de cine: es del contenido que está expuesto al público y cómo el cine colombiano está en deuda con los niños, quienes no se emocionan igual que los adultos al ver una película nacional. “La debilidad que tenemos es que no estamos haciendo cine para niños. Los productores no se están preocupando por contar historias infantiles y ellos son los primeros en interesarse por una función”, comenta Adelfa Martínez, directora de cinematografía del Ministerio de Cultura, durante su visita a la capital chocoana. Allí también conoció los proyectos empíricos que se están realizando y las dificultades que tiene la comunidad para participar en convocatorias como la del Fondo para el Desarrollo Cinematográfico. Han pasado 45 minutos. Carolina Rolo no despega la mirada de la pantalla, observa la explicación que dan sobre las ballenas en el documental Yubartas, de María del Mar Muñoz Parra. Aunque Carolina no conoce el mar, el mensaje le ha quedado claro: “Hay que cuidar a los peces y ballenas. No arrojar basura al mar”. Sus ojos brillan y su rostro se ilumina con una sonrisa. Después del documental se proyectan un par de capítulos de la serie animada Ana Pirata, una niña morena que tiene aventuras en la bañera. Me dice que nunca la ha visto, que le gustaría hacer lo que ella. Aunque el documental le permitió aprender sobre los grandes mamíferos, prefiere a Ana porque se siente identificada con ella. A esta pequeña le pasó lo mismo que a los asistentes a la proyección de Manos sucias, solo que esta vez el contenido ha sido pensado para su edad, para sus intereses. En el fondo, grandes y chicos se han buscado en la pantalla, siendo cómplices de las historias que los representan a sí mismos.Esta vez Quibdó vibró con un espectáculo como el cine. A pesar de ser uno de los lugares donde llueve casi todos los días y que en los últimos años ha crecido de forma tan acelerada que se han incrementado los índices de inseguridad y violencia, Quibdó tiene la habilidad de camuflar la pobreza entre la naturaleza, en ese río Atrato que vive en medio de una densa selva y desde la ciudad se ve infinito, además de la amabilidad de sus habitantes y el compromiso por mantenerse como un pueblo unido. Porque, como dijo Jéssica Cossio, “Quibdó es ciudad de amor”., Quibdó en la gran pantalla, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/quibdo-gran-pantalla-articulo-665363, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


(adsbygoogle = window.adsbygoogle || []).push({});

Jose Raul Lopez Daza – protección ambiental