En medio del desierto había una hoguera chispeando. Paulina Chiziane recuerda que detrás de las llamas se dibujaba un bulto café reposado sobre el piso y que cuando la luz lo golpeaba por algún lado, esa masa amorfa parecía irse moldeando con la figura de su abuela. Una mujer de dos metros con los ojos verdes, como neones en la oscuridad. Chiziane, que heredó esos ojos y esa forma de mirar, se quedaba al frente de ella hasta que su abuela abría la boca y la llamaba con esa voz que era un cigarro: “Paulina —le decía en chope, su lengua materna—, acércate que vamos a comenzar la historia”. El relato siempre era el mismo: Sarnau, la joven que descubrió que amaba a Mwando, un chico que estaba destinado a ser cura. El noviazgo, sin embargo, no prospera; cada uno se va por su lado y Sarnau acaba conquistando a una de las mujeres del rey de las tierras de Mambone.

Esa historia fue el fósforo que creó el incendio. Chiziane estudió en los suburbios de Maputo, entonces la ciudad colonial conocida como Lourenço Marques. En el campo hablaba su lengua materna y, cuando se mudó a la ciudad, tuvo que aprender el portugués en el colegio, mientras estaba obligada a hablar el ronga, la lengua nativa de Maputo. Su interior era una torre de Babel: atiborrado de músicas y movimientos distintos.

El inicio

Cuando Paulina Chiziane comenzó a escribir llevaba años contándoles a sus amigas de la Universidad Eduardo Mondlane historias en los pasillos: se quedaban sentadas horas en el regazo de Chiziane embrujadas por los cuentos místicos de su tribu. Los relatos eran de mujeres que se unían en la lucha de igualdad y de género. Mujeres aguerridas cuyos gritos por los golpes, en medio de la noche, eran como el llanto de una bestia solitaria.

Escribió su primera novela, Balada de Amor ao Vento, en 1990, y no hubo un segundo después de su publicación en el que Chiziane escapara a las ofensas y la violencia de hombres y mujeres de Mozambique. La destruyeron por convocar a las mujeres a la unión y la solidaridad: una misma guerra. La golpearon y tacharon de hechicera por decir, por creer, que las mujeres no somos enemigas las unas de las otras, sino una misma fuente de vida.

Chiziane se encargó de diseminar su mensaje. “Nos están matando”, dijo una vez en una entrevista para un periódico de Mozambique. Nos matan los hombres y nos matamos nosotras mismas. Nos echan ácido en la calle y nos prenden fuego en nuestras casas. Nos mata la leche infectada que tragamos a diario y que hace que nos parezca normal que en las publicidades las mujeres laven ropa y los hombres salgan a conocer el mundo. Que hace que nadie encuentre rastros de sumisión jurásica en la frase (repetida por hombres y mujeres) “tener un hijo es lo más maravilloso”. Que hace que el cuerpo de una hembra joven parezca más vulnerable que el de un macho joven. Que hace que si dos mujeres viajan juntas se diga que viajan solas. Nos mata esa leche infecta que, más que leche de cuna, parece una canción de tumba o una profecía sin escapatoria.

Paulina Chiziane ha aullado durante toda su vida por esas mujeres negras, con un alto nivel de analfabetismo, embestidas por ingleses y portugueses y curas y dioses.

Paulina Chiziane se convirtió, más allá de una gran escritora, en una voz de esperanza. Un corazón roto que sangra por todas.

“Contar una historia no significa lavar las mentes y distraerlas. Hay que contar las historias que nadie quiere escuchar, tantas veces que los oídos comiencen a supurar”.

, Paulina Chiziane: un corazón roto que sangra por todas, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/paulina-chiziane-un-corazon-roto-sangra-todas-articulo-674710, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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