Un editor decide contar su propia historia, sabe que lo vivido a finales de octubre del 2013, durante la Feria Internacional del Libro de Santiago de Chile, fue un momento definitivo para él. “A todos nos tocan momentos narrables, filmables y documentables… Por eso contaré lo que pasó durante esos sudados días… Ese 2013 no se transformó en mi año favorito porque todo haya sido perfecto, exageradamente intenso, ni porque haya rozado el techo del éxtasis y la plenitud… No lo esperaba, no estaba planeado, pero ocurrió y lo viví. De alguna manera —de todas maneras— gracias a esos días supongo que soy quien soy ahora y por eso estoy anotando estos apuntes y deseo escribir lo que voy a escribir”. Así, con esta suma de frases iniciales Alf (Alfredo) Garzón va enganchando al lector en su íntimo y turbulento relato en el que expone a “calzón quitao”, en todo el sentido de la expresión, lo que sólo él puede decir del mundillo editorial. No le tiembla la mano para contar, con desparpajo y humor corrosivo, la feria de vanidades que envuelve a muchas de las celebridades literarias.

Alf es un cuarentón en crisis que también retrata —sin filtros— el submundo gay al que pertenece, en donde los afectos quedan relegados a un segundo plano por el despliegue de una serie de relaciones carnales efímeras y extremas, propiciadas por Grindr, la red social de contactos homosexuales que usa con la misma frecuencia con que sus autores lo utilizan a él como consejero, asesor o cómplice.

Vive buscando chicos tanto en redes sociales como en plazas, avenidas, parques, fiestas y, claro, en presentaciones de libros y festivales de literatura. Precisamente es en la Filsa donde conoce al hijo de un célebre escritor, “el encargado” de darle brillo y valor a su vida para siempre. (Estos dos personajes están inspirados en Carlos Fuentes y su hijo).

“Rafa era el hijo díscolo del Boom. Era un chico hemofílico, enfermo, pero lleno de energía y locura; esencialmente triste y desamparado y muy frágil pero lo escondía todo agarrado a un oso de peluche y movido por un deseo de escandalizar incluso a aquellos que no estaban mirando. Rafa no sería Rafa sino hubiera sido el hijo de Rafael Restrepo Carvajal, lo tengo clarísimo, y El aura de las cosas, el libro de sus fotos, sólo se publicó porque su padre lo exigió”: tal cual describe Alf Garzón al hombre que le cambió la vida, así también expone los artificios del mundillo editorial. Es esta la historia de Sudor, la nueva novela de Alberto Fuguet.

Con la franqueza que lo caracteriza, Fuguet conversó con El Espectador sobre algunos de los detalles que encierra su candente y vertiginoso relato.

¿Es cierto que usted fue testigo de una visita de Carlos Fuentes y su hijo Carlitos a la capital chilena hace más de 20 años y desde entonces tenía entre pecho y espalda esta historia?

Sí, eso es cierto, pero te hago una aclaración, yo no estoy contando la historia de Carlos Fuentes ni de su hijo. Esta novela está inspirada en ellos, que es diferente. La verdad es que cuando vi al padre y al hijo relacionarse, me dije,  aquí hay un tema. Definitivamente hay una historia interesante para contar. Esa impresión que me llevé de ambos me quedó sembrada desde entonces. Cada vez, me fue interesando más  explorar la idea del carácter del hijo de un padre famoso. Después se me juntó con otras, yo siempre quise escribir un libro literario a mi manera, quería contar el gossip, decir lo que todo el mundo sabe y nadie cuenta del mundo de los escritores. También me interesaba narrar el presente como novela histórica, y que todo esto fuera unido al mundo gay. Y entonces, fíjate, Sudor tiene muchos componentes, no es la historia de Carlos Fuentes y su hijo, pero debo reconocer que el germen está en esa visita. A los dos años de tener ese encuentro con ellos, se muere Carlitos y yo quedo impactado, porque le había agarrado mucho cariño, bueno un cariño extraño, porque nunca hablamos, únicamente por la percepción que tuve de él, me parecía frágil, inteligente y débil.

¿Le hubiera gustado que Carlitos y su padre leyeran Sudor?

Sí, por supuesto. Creo que a ambos les habría gustado. El primero, -Carlitos- era un poeta, era un artista en potencia. Tenía onda, era sensible. Se me parecía mucho a Andrés Caicedo, por cierto, haber investigado sobre este escritor colombiano fue muy clave para escribir Sudor. Mi fantasía es que Carlitos tenía mucho talento. Bueno, y Carlos Fuentes, padre, a lo mejor le hubiera molestado un poco. Pero, él era un hombre inteligente, mucho más que la gente que piensa que son sus herederos, y que alguien escribiera un libro de 600 páginas, y que ese alguien fuera 50 años menor que él y lo tomara como centro de su novela, creo, sin duda, que habría captado la jugada y el propósito. Además a él interesaba la vanidad antes que nada y ser parte del show. Carlos Fuentes era un vanidoso antes que nada. Yo investigué sus libros y su vida, y él escribía libros parecidos a Sudor. Menos bueno, claro está (risas). La gente entiende que el verdadero premio a estas alturas es ser pop, ser parte de una historia que sea transversal. Por ejemplo, Hillary Clinton sabe que es atacada, pero también tiene claro que va a ser presidente, y eso compensa cualquier embestida.

Te decía que Carlos Fuentes (padre) escribía libros como Sudor, él se obsesionó con María Felix, María bonita, la gran diosa del cine mexicano, y escribió una novela inspirada en ella, en donde insinuaba que tenía una relación incestuosa con su hijo, y que este era gay. Fue muy evidente con el personaje-protagonista, a ella le pareció pésimo ese libro. Yo hice algo distinto, Rafael Restrepo Carvajal, mi protagonista, se puede asociar con Carlos Fuentes, tal vez tiene cosas de él, pero también tiene cosas de García Márquez y de otros escritores. Mi novela está inclinada a la fantasía con el hijo.

¿A usted le gusta generar polémica?

Soy un chico extremadamente bueno, realmente soy muy bueno, tampoco soy parricida, más bien, soy súper simpático, pero claro prefiero generar polémica que escribir cosas aburridas. Sudor habla de los temas de hoy, se basa en gente real. Yo quise hacer que en mi novela Alfaguara se llama Alfaguara y no alcaparra, esto ayuda a crear una cierta realidad, es divertido jugar con lo que yo llamo cameo, por eso aparecen nombre reales de escritores a los que no les pedí permiso para estar en Sudor.

¿Y ha  tenido problemas con esos escritores?

La gente es muy básica. Cuando tú lo tratas bien, son queridísimos, esos son los que me dicen: “me encantó tu novela” y hasta se toman fotos conmigo. Y los que, al parecer, no salen bien librados, he escuchado por ahí que han dicho: “ese es un hijo de puta”. ¿Y qué le vamos hacer?

Hablemos del lenguaje de Sudor, que es muy urbano, y hay quienes piensan que ya no se escribe literatura ni música de nivel, que más bien se rinde culto al lenguaje vulgar de la calle. ¿Qué opina usted?

Bueno, yo intento hacer poesía y belleza, pero no puedo escribir como Proust, por ejemplo, porque esta es otra época. Mi propuesta era hacer un libro histórico del 2013. No puedo escribir como se escribía en el siglo XIX. La literatura responde a una época, a una forma de mirar la realidad.

¿De qué temas no se ha atrevido hablar?

De todo se puede hablar, lo importante es tener claro quién habla de ese tema. Yo no me atrevería mucho a hablar sobre feminismo, o por ejemplo de los refugiados sirios, siento que estos no son mis temas. Eso sería obsceno y porno, mucho más porno que Sudor.

¿Por qué y para quién escribe usted?

Bueno no sé si escribo para mí, pero es muy cercano, mis libros de alguna manera son lo que me gustaría leer, y claro, escribo para gente que se parezca a mí, esperando que haya muchos más distintos a mí. Esa es como la apuesta, uno va conociendo sus lectores y pienso que los míos se parecen mucho a mí. Gente urbana, gente que sabe de música, de cine, que lee, que están conectados a las redes sociales. Hay gente que piensa que la literatura sólo es para hablar y elevarte el espíritu, o para tomar té y para que seas mejor persona.

¿Y entonces para qué es la literatura?

La literatura es para remecerte, para hacerte sentir cosas, desde la risa hasta el enojo. La buena literatura debe calentarte y estremecerte. Te tiene que permitir tomar decisiones propias. Vargas Llora dice que los únicos críticos literarios buenos en América Latina han sido los dictadores porque cuando hay un libro peligroso lo queman de inmediato, y a tiro ayudan que la publicidad mejore.

¿Cómo debe fomentarse la literatura en los colegios?

Prohibiéndola. Todo lo prohibido seduce. Esa sería la mejor forma para despertar las ganas de leer.

Sobre el autor:

Alberto Fuguet (Santiago de Chile, 1964) Ha publicado los libros Sobredosis; Mala onda; Tinta roja; Por favor, rebobinar; Las películas de mi vida; Cortos; Missing (una investigación); Aeropuertos; Cinépata (una bitácora); Tránsitos (una cartografía); Todos no es suficiente (la corta, intensa y sobreexpuesta vida de Gustavo Escanlar) y No Ficción. Como editor ha publicado, entre otros libros, Mi cuerpo es una celda, autobiografía del escritor colombiano Andrés Caicedo. En 2010 recibió el Premio de la Crítica de Chile por Missing. Ha dirigido las películas Se arrienda; Velódromo; Música campesina; Locaciones: buscando a Rusty James e Invierno. Es profesor de la Universidad Diego Portales.