Yo no conocí a los Beatles. No escuché sus canciones. No crecí con ellos. No me exasperé, no grité, no me desordené los cabellos. No formaron parte de mi educación sentimental. No puedo referirme a ellos como referente esencial de mi juventud. Lo mismo debo afirmar de mis compañeros de curso de secundaria; y el yo se convierte en nosotros. Decir que estuvimos en la beatlemanía sería mentir, o, lo que es peor, acomodarnos a la moda. Lo cual es un despreciable oportunismo.           

Nunca escuchamos en esa época Love me do, el disco sencillo con el cual iniciaron su carrera en 1962. Jamás me informé que un álbum titulado Sgt. Pepper s Lonely Hearts Club Band es el máximo logro del grupo. Nuestra juventud y nuestra circunstancia andaban por otros ámbitos. Nunca supimos que el cuarteto tenía en Liverpool el museo The Beatles Story, repleto de discos, guitarras, vestidos y demás elementos con que se construye la fama.  Y hay que decir la verdad: éramos, corronchos, montunos, a mucha honra, pero estudiábamos, y los miércoles a mediodía asistíamos a un centro literario dirigido por el profesor Reales Otero, en el cual se formaban unas interesantes peloteras, pues algunos se las daban de filósofos de la madre tierra y otros profesaban obediencia a los dictámenes de la madre iglesia. Estoy seguro de que muchos de los que afirman haberlos escuchado o amado o de haber visto el Woodstock, no hacen más que una pose. Pero lo que sí hay que decir es que en el Centro Literario escuchamos por primera vez el Concierto de Aranjuez y la formidable guitarra de Joaquím Rodrigo; Para Elisa y la Quinta Sinfonía, de  Beethoven; y Las Cuatro Estaciones, de Vivaldi. El profesor Reales nos ilustró sobre el tema, nos habló de cronologías y de circunstancias sociales, pero lo cierto es que el grupo sintió la música, y su atención lo demostraba, pero de la exposición teórica no comprendió mucho. Años después supe qué era lo que habíamos escuchado en ese julio remoto de 1965; y algo dentro de mi alma experimentó un sentimiento de compensación.

Mis compañeros y yo  (y aquí incluyo a muchos), sin rubores, nos iniciamos escuchando a Lucho Bermúdez con Carmen de Bolívar, a Alfredo Gutiérrez con Rosangelina y Festival en Guararé; a Alejo Durán, con 039, La trampa y La mujer y la primavera; a los boleristas del Caribe, fundamentalmente a Daniel Santos, a Javier Solís y a esa voz que cantaba: “Si pretendes olvidarme / no podrás te lo aseguro, / y si piensas tu dejarme / yo te mato te lo juro / o tú tienes que matarme”, que creo  era, es, la de Celio González. Ah, y escuchando las rancheras, con dedicatorias de un novio anónimo “para la señorita T. M.”, por ejemplo,  que la Ciudad de Hierro, que llegaba con mucha frecuencia a la comarca, transmitía por una bocina que dos trabajadores ponían en la punta de una vara de mangle y que se oía en todos los barrios aledaños.

Personalmente fui a pocos bailes. Los veía desde lejos. Me paraba al frente, casi en la mitad de la calle, como lo hacían casi todos. Y desde ahí observaba durante un rato. En esos bailes no escampaba la música de Alfredo Gutiérrez y los Corraleros de Magajual. Las parejas, sudadas, bailaban con afán y ganas. Muchos hombres se pegaban a las mujeres y a ese baile estrecho, de pubis a pubis, le llamaban “el serrucho” o el  “limpia hebilla”. Algunos hombres pedían “barato”, que era solicitar en préstamo a la hembra para bailar. A veces por ese “barato” se formaban tremendas peloteras entre tipos borrachos. Uno jalaba a la mujer por un brazo, y el otro la jalaba por el otro. Así, hasta que terminaban fajados a puñetazos. Y cuando no era a puño era a balsa o a palos de matarratón. Nunca vi una pelea a puñal o a revólver. El puñal era para los “cachacos”. Y el revólver jamás se usaba por estos lares ni en esas épocas.           Entre los bailarines había unos mejor vestidos que otros. Algunos llevaban zapatos tenis blanqueados con óxido de zinc. Otros, para impresionar, se levantaban el cuello de la camisa. Algunos llegaban en bicicletas con pito, el cual hacían sonar para llamar la atención de las muchachas. Las mujeres usaban cariaquito morado o faldas de terlenka. Había tipos que se fijaban el cabello con Louis Philippe con clorofila. En esa época el enamoramiento usaba aún los ojos y los gestos estrafalarios para impresionar. El dueño del picó o del tocadiscos tenía un trato especial. Lo mantenían surtido de trago y para él era el primero y el mejor plato. Pero el baile, si no era contratado, tenía su precio. El hombre pagaba cincuenta centavos para bailar cada disco, y para ello había un sujeto implacable que cobraba o vendía varias boleticas que arrancaba de un talonario sucio. Para que el negocio rindiera se le aumentaba la revolución a los discos. Así, un disco de 78 R.P.M., se lo ponía a 120 R.P.M. y Alejo Durán resultaba cantando como el español Joselito. De esta manera los discos acababan más rápido y más plata entraba a los bolsillos del picotero.

En esa época hacían en Montería el Festival del Río Sinú. En la Avenida Primera se congregaban conjuntos y bandas, piteros y cumbiamberos, gritadores de monte y de zafra mortuoria; ¡ah!, y se elegía al Rey de los Malucos, cuyo monarca indiscutible y continuo era José Manuel Reales, oriundo de Barranquilla, alias Cara’e Guante. A los Beatles, que no tuvimos, los reemplazaban con creces los porros María Varilla y El binde. Luego nos dimos cuenta de que el porro sinuano y sabanero se semejaba al jazz, y que sin usar la letra para contar una remachada historia de amor, lo del porro era pura música, armonía de sonidos, y que pese a ser popular estábamos en las cercanías de lo clásico.         

Por las calles destapadas, salpicadas por las viruelas de los charcos, iba la romería en esas tardes de enero, desafiando el sol, cubierta por una orla de polvo y agitada por una gritería que era jodedera y relajo. Todo ese gentío iba hacia la estatua de José María Córdoba, un héroe que no pisó ni conoció estas tierras durante la gesta independentista, a escuchar desde las seis de la tarde a los exponentes de una cultura que en esos momentos era auténticamente popular, a gritar, a meter ron blanco, a bailar sobre el escaso pavimento, a sudar las viejas frustraciones del año pasado. Al regreso, sin camisa, algunos con los zapatos en las manos por culpa de las vejigas, las gentes, entre calles penumbrosas, buscaban sus ranchos de balsa y palma. Allí dormían o copularían en la oscuridad mientras afuera los perros ladraban o peleaban por la presencia de una perra en celo o de unos gatos filibusteros.

Pasó el tiempo y pasaron muchas cosas. El hombre fue a la luna, aunque el viejo Gerardo Márquez jamás creyó en tal hazaña y sostenía que no eran más que astucias de los gringos; se crearon el Festival Vallenato y el Festival del Porro; Gabriel García Márquez publicó Cien años de soledad; José Barros creó La piragua; el ejército norteamericano perdió por primera vez una  guerra: la  de Vietnam; Los Beatles se declararon más populares que Jesucristo; y nuestra muchachada de los estratos populares nada que conocíamos al tan mentado Cuarteto de Liverpool. La verdad, no nos hacía falta. Con la música de Alejo Durán,  de Alfredo Gutiérrez, de  Francisco Zumaqué Nova en la voz del Indio Chávez nos bastaba. Qué profanación, dirán algunos, pero es la verdad. La verdad de esos años.

Cuando esa juventud de los estratos inferiores viajó a estudiar a Bogotá y escuchó los zafarranchos que se armaban defendiendo a Yesterday como la mejor canción jamás escrita y a John Lennon como un verdadero genio de la guitarra y de la composición, se nos amplió el espectro musical; y cuando esos jóvenes supieron que los Beatles tenían una concepción pacifista de la vida y que algunos de ellos invocaban la espiritualidad y la meditación en sus viajes a la India, nos enteramos que los mechudos ingleses habían sugestionado y conquistado a un mundo ávido de propuestas diferentes o excéntricas. Se habían adelantado a la etnoecología.

En un diciembre de 1980, en una mañana fría de la Bogotá de esos tiempos, escuché por la radio la noticia de la muerte de John Lennon; un tipo de apellido Chappman, dizque fanático del músico, le había metido dos tiros cuando John salía del apartamento. Lo amaba tanto que le provocó la muerte, cumpliendo así el enunciado de Wilde escrito en la Balada de la cárcel de Reading. Ese grupo de jóvenes que no conocimos en su época de furor  a los Beatles se fue dispersando hacia diversas profesiones y nostalgias. En muy pocas ocasiones nos hemos vuelto a ver. Unos han muerto. Otros siguen en el empeño turbio de la vida. También los Beatles se disolvieron. Como todo lo que nace. Quedó la fortaleza perenne de su arte.

*Escritor, catedrático de la Universidad de Córdoba, representante legal del grupo cultural El Túnel, de Montería, Colombia.

jlgarces2@yahoo.es  

 

, Nosotros no conocimos a los Beatles, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/nosotros-no-conocimos-los-beatles-articulo-665571, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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