La pintora japonesa Nobu Takehisa narra su casi medio siglo de vida en Colombia con un regusto bogotano en cada frase y dejando lo mejor para la parte final. Estudió español oyendo contar chistes a sus amigos colombianos y se graduó después de seis años, cuando empezó a entenderlos y a reírse. El doctorado lo obtuvo cuando pudo contarlos ella misma y hoy, en un alarde de pericia sociolingüística, los traduce al japonés para ofrecerlos a sus amigos en sus visitas anuales a Tokio. Las reuniones de chistes colombianos se han vuelto costumbre y en Japón la reciben preguntándole cuál es el último cuento que les trae.

Este año, sin embargo, la victoria del No en Colombia y la elección de Donald Trump en Estados Unidos, realidades que antes de que sucedieran le parecían despropósitos políticos, la dejaron sin chistes. El triunfo del voto popular en contra de la paz colombiana, sobre todo, la dejó consternada. Cita los asesinatos de Jorge Eliécer Gaitán y Luis Carlos Galán como evidencia de que Colombia suele quedarse a las puertas de grandes cambios que se vislumbran positivos. “Esta vez asesinaron un intento”, asiente preocupada, pero confía en que la paz saldrá adelante.

Sus esperanzas en una Colombia mejor empezaron en 1968, cuando ella y su marido, el fallecido arquitecto paisajista Masatoshi Hayakawa, llegaron a Bogotá con un contrato de trabajo de dos años y decidieron quedarse para siempre en una tierra que “pese a tener los problemas profundos de todos los países”, les pareció prometida.

El empresario japonés que contrató a su esposo tenía oficina en el barrio Chicó y la recién llegada pareja fue acogida por Hernando Caro Mendoza en el coro Música Antigua de Bogotá. En ese ambiente de distinguida tertulia Nobu-san (señora Nobu), se animó a estudiar arte en la Universidad de los Andes y fue presentada a la facultad que dirigía el maestro de origen valenciano José Antonio Roda. Pero el deseo de tener contacto directo con todas las capas de la sociedad colombiana le inspiraron un cambio. “Me di cuenta de que para entender bien este país tendría que ver otros ambientes y me fui a estudiar a la Universidad Nacional”, declara. Su esposo, mientras tanto, recibía encargos para arborizar y llenar de jardines las principales calles de Bogotá.

Tuvieron dos hijas que educaron como colombianas y en sus vacaciones viajaban por apartadas zonas rurales protegidos sólo por un alarmante candor. Acamparon en la rivera de “un río color de Coca-Cola” en Cabrera, un pueblo que, según se enteraron más tarde, se considera la tierra natal del Mono Jojoy.

En el Magdalena Medio, un alcalde apenado por la falta de gente y de atractivos locales de su pueblo los invitó a conocer la superpoblada prisión. Cuando su marido preguntó por cortesía a uno de los reclusos la razón de su encierro, la respuesta fue que acababa de matar a su mujer y a su amante tras haberlos sorprendido juntos. Reconoce que ese tipo de historias produce escalofrío a sus paisanos. “Pero éramos jóvenes de mente abierta y todo nos parecía interesante”, asegura.

A principios de los años ochenta empezaron a vivir en una casa de Guaymaral, al noroeste de Bogotá, que llenaron de discos de música clásica y libros en japonés. A Nobu le dedicaron un estudio en el segundo piso por cuyas ventanas se podía observar la rutina del vecino aeropuerto.

Los despegues de helicópteros con esmeralderos hacia Muzo, de avionetas con narcotraficantes o agentes secretos hacia Antioquia y los vuelos de la DEA a todo el país le sirvieron para seguir en primera fila la evolución del conflicto colombiano. La consecuencia más palpable fue que los narcotraficantes empezaron a construir ostentosas mansiones en el vecindario y, cuando se dio cuenta, su barrio y sus impuestos habían subido de estrato dos a seis.

La violencia política no tardaría en llegar a su entorno más cercano. Una noche de abril de 1991, Nobu-san escuchó la noticia del fulminante atentado con cuatro tiros a la cabeza al exministro de Justicia Enrique Low Murtra, esposo de una de sus mejores amigas japonesas en Colombia, Yoshiko Nakayama. No tuvo fuerzas para llamarla, ignorando que en ese instante Yoshiko se encontraba preparando la comida y una comedida llamada le avisaba que su marido “estaba en el hospital de San Ignacio”.

Comparte como si fueran propios el dolor y la indignación de la familia de Low Murtra con el Estado por haberle negado protección y dejar impune el caso del ex alto funcionario que se lo jugó todo firmando órdenes de captura con fines de extradición de los más poderosos capos que ha tenido el narcotráfico colombiano. Además del personaje ejemplar y amigo querido, Nobu perdió a Yoshiko, quien se vio obligada a volver a su antiguo empleo de enfermera en Japón.

Cuando ella misma enviudó en el año 2000, sus hijas ya estaban grandes y regresar a Japón no era una opción. Su marido, asegura, fue feliz de haber terminado sus días en Bogotá. Ella continuó explorando materiales autóctonos como el fique para mezclarlos con pigmentos tradicionales japoneses y expresar con su arte la dualidad cultural que ha marcado su vida. El resultado es una obra resumida por el poeta japonés Isaku Ishihara con la frase “renovadora y única sin ser escandalosa”. La mayor parte de su trabajo reciente es pintura abstracta, y sólo hizo una excepción volviendo a la escultura figurativa que aprendió en la Universidad Nacional, modelando el busto de Low Murtra que adorna la biblioteca del Ministerio de Justicia, bautizada con el nombre del inmolado exministro.

Con la meticulosidad habitual de quienes han sido educados en la escritura ideográfica, Nobu-san llena cuadernos de apuntes con textos y mapas detallados de muchos de sus viajes por Colombia. En dos ocasiones, sus notas han sido recopiladas en Japón en forma de libro para ofrecer una visión cariñosa y positiva de un país donde, según ella, la gente tiene mucho talento para comunicarse y donde las relaciones humanas prevalecen sobre todo lo demás. “Todo lo contrario de Japón”, subraya con un dejo de reproche. La impuntualidad, la costumbre de hacer las cosas “más o menos” y otras manifestaciones de nuestra espontaneidad latina sólo contribuyen a reforzar su afinidad con la cultura colombiana y aumentan sus razones para no volver a vivir en Japón.

En su país se le admira y respeta por su obra y su elección de vida, y también por ser la nieta de Yumeji Takehisa (1884-1934), un poeta y artista célebre por sus retratos de mujeres que cuenta con un museo propio en Tokio y otras localidades del archipiélago. Nobu-san reconoce que, pese a sus antecedentes familiares, tuvo que esperar a conocer Colombia para consolidar su carrera artística. Su interés por América Latina se inició en la Universidad de Sofía en Tokio, donde estudió historia occidental y redactó una tesis titulada La política de los países de América Latina a través de Simón Bolívar, inspirada por la Revolución cubana. Recuerda que en Japón también se vivió la exaltación romántica de los años sesenta con los ideales de Fidel Castro y confiesa: “De pronto estoy aquí por esa revolución”. Y aunque le tocó ser testigo de la más larga historia de violencia y confrontación de todo el continente, su convicción de que la hora de la paz ha llegado es ya inquebrantable.

* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.

, Nobu Takehisa, una artista japonesa entregada a Colombia, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/nobu-takehisa-una-artista-japonesa-entregada-colombia-articulo-671184, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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