Nací y crecí en Bogotá, en una familia de clase media. Durante mi adolescencia me sentí incómoda y por fuera de todo. Mi madre me decía que era parte de la ansiedad adolescente y que pasaría. Pero no pasó. No pasó porque surgía del hecho de estar creciendo como mujer en una sociedad con expectativas muy específicas sobre el papel de ser mujer, sobre lo que se supone que deben ponerse y deben decir en cada momento. Se me hizo evidente que Bogotá no me podía dar el espacio suficiente o necesario para ser yo misma, y empecé entonces a buscar marcos de referencia más diversos.

Me encontré con el cine cuando fui a estudiar producción de cine en Toronto, gracias al apoyo incondicional y el sacrificio de mis adorados padres. Fue una cosa increíble, porque después de todos estos años de sentirme perdida, finalmente me sentí como en casa. El cine me dio una plataforma para enfrentar el mundo, me regaló una forma de expresión personal y una voz para explorar y cuestionar el mundo a través de mi perspectiva. Hoy, 16 años después, vivo entre Colombia y Canadá. Mi identidad es y estará siempre dividida, y es desde esta perspectiva que hago cine.

Ahora bien, este espacio intermedio no es un espacio fácil de habitar ni como individuo ni como realizadora. Ya que ni la industria del cine en Colombia ni la industria del cine en Canadá me han ofrecido muchas oportunidades, me tocó crearlas. Tras graduarme hice cortometrajes experimentales personales en Super 8 mm, instalaciones y performance con mis propios recursos. Mis dos primeros largometrajes (Señoritas y Mañana a esta hora) se hicieron de forma completamente independiente en Colombia, usando un modelo de producción que tuve que inventar por necesidad, y el cual me ha ayudado a crecer.

Aunque resisto la etiqueta “directora mujer”, soy consciente de que este simple hecho demuestra que hay una verdadera desigualdad de género en la industria del cine, pues cuando hablamos de directores hombres no hay necesidad de hacer una calificación basada en género, ellos simplemente son directores. Aunque todavía queda mucho por cambiar en Canadá, vemos gestos a nivel de financiación y exhibición que buscan crear un espacio para las realizadoras. Por ejemplo, el National Film Board se comprometió a principios de este año a dedicar el 50 % de su presupuesto de producción a películas dirigidas por mujeres.

La industria del cine en Colombia necesita desesperadamente hacer cambios importantes al respecto. Necesitamos que tanto los organismos de financiación como los distribuidores y exhibidores se comprometan a crear y promover espacios más incluyentes y a encontrar maneras de superar la discriminación sistémica y el sesgo inconsciente de la sociedad patriarcal en Colombia. Pero ya que cambios tan significativos como estos van a tomar tiempo, necesitamos ahora más mujeres diciendo lo que piensan, desafiando el statu quo y compartiendo sus perspectivas, tanto delante como detrás de la cámara. No hay que pedirle permiso a nadie, hay que hacer.

La película que presentará Rodríguez en el Bogotá Film Festival es Mañana a esta hora, un análisis íntimo de las relaciones de una familia bogotana.
Su proyeccción será mañana a las 4:20 de la tarde en  Multiplex Hacienda Santa Bárbara. 

, No hay que pedir permiso, hay que hacer, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/no-hay-pedir-permiso-hay-hacer-articulo-659358, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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