¿Qué se siente ser rara? ¿Cómo se siente la vergüenza? ¿Qué se siente observarlo todo y que todo eso que sucede afuera de ti sean estímulos, despertares? Una mujer, sentada a la sombra de un árbol, con un lápiz y un cuaderno, se hace esas preguntas. Sentir: el verbo es clave. Porque la mujer que busca esas respuestas no direcciona su exploración hacia la firmeza de las definiciones. Le interesa, en realidad, la agitación de lo emocional. Cinco años después de esa primera sesión de escritura en un parque, y siguiendo su rumbo intuitivo, la mujer —una cineasta quiteña de 29 años— llega a la versión definitiva del guion de su ópera prima. Una cinta en la que una niña de 11 años, tímida, solitaria y extraña, se enfrenta al aturdimiento revelador de no ser como los otros. De no encajar.

“Alba quizá no sea una película en la que te quedas del todo con una historia, sino con un sentimiento”, ha dicho Ana Cristina Barragán, su directora, ahora que el largometraje ha sido estrenado en Ecuador, precedido por un recorrido destacado en festivales. Hasta el momento, Alba ha ganado, entre otros, el Lions Film Award en Róterdam (Holanda), el premio a la mejor película del International Women’s Film Festival de Colonia (Alemania), el galardón a mejor ópera prima del Festival de Cine de Lima (Perú) y una mención especial del jurado del Festival de San Sebastián (España). Y es cierta su declaración: tras ver los ritos de paso que Alba no puede esquivar en su tránsito hacia la adolescencia, el déjà vu deriva en empatía. Muchos, al igual que ella, habrán oído el zumbido blanco de las burlas en un aula o habrán soportado la carga inerte de la presión social. Muchos habrán creído que ser los ganadores era —y sigue siendo— una condición indiscutible para sobrevivir. Y muchas, sobre todo, habrán querido zafarse de las constricciones de una feminidad obligatoriamente delicada.

Cuando la enfermedad de su madre empeora, Alba se muda a la casa de Igor, su padre, un empleado público a quien apenas ha visto. Igor es un hombre flaco, avejentado, cubierto de capas y capas de silencio. Ese rasgo que tiene en común con su hija hace que la película, más que por sus diálogos, se sostenga con las miradas, el tacto y la emotividad reprimida de sus personajes. El trabajo actoral de Macarena Arias, la protagonista, deslumbra. Ella fue escogida en un casting entre más de 600 niñas. Sin poseer formación ni experiencia actoral, dota de hondura a Alba, una niña sensible y vivaz que experimenta sus primeras veces con ansiedad. En medio de la ausencia de su madre y la incomunicación inicial con su padre, Alba recibe su primer beso, acude a su primera fiesta, se arranca un vello que recién asoma en su axila y tiene su primera menstruación al salir de una piscina en la que nadan mujeres viejas. Con esta película, Barragán cierra un ciclo que inició con sus tres cortos anteriores —Despierta (2008), Domingo violeta (2010) y Nuca (2015)—, en el que ha indagado sobre la entrada de las niñas a la pubertad.

La interpretación de Pablo Aguirre (Igor) también resalta y se acopla al universo femenino, sensorial y complejo de Alba. A través de una narración sin prisas, abundante en primeros planos y con una dirección de arte atinada, Barragán muestra que crecer, reconocerse, mirarse y reflejarse en los padres es tan doloroso como sanador. Tras haber compartido una tarde dejándose arrastrar por las olas, Alba y su padre contemplan y acarician la quietud de una estrella de mar sobre una roca. “Cuando están en el agua —le explica Igor a su hija— se abren como estrellas”. Al reconocer quiénes somos y de dónde venimos, la verdad nos expande. Y en esa libertad plena de la aceptación podemos ser, sin ningún miramiento, lo que somos: hombres, mujeres, estrellas de mar.

, Niña, mujer, estrella de mar, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/nina-mujer-estrella-de-mar-articulo-666188, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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