Lo que él enseñó, está muerto,

Lo que él vivió, perdura.

¡Miradlo! De nadie fue súbdito”

Nietzsche sobre Schopenhauer

 

Es Génova, la ciudad de Cristóbal Colón. Tan sólo han pasado minutos y ya es enero de 1882, es decir, nuevo año. Nietzsche escribe con renuevo como si una nueva fe hubiese nacido en él de la noche a la mañana. Años atrás casi ha visto su carrera de filólogo arruinada, ha sido minado por la enfermedad, y ha tenido poca suerte en el amor, pero esta vez, con emoción le escribe a su amigo Erwin Rohde:

“¡Que años! ¡Que interminables dolores! ¡Qué perturbaciones internas, revoluciones, soledades! ¿Quién ha soportado tanto como yo? Leopardi, desde luego, no. Y si hoy me encuentro sobre todo ello con la alegría de un triunfador, cargado con nuevos, difíciles proyectos, y, como me conozco, con la perspectiva de nuevos sufrimientos y tragedias, más difíciles y todavía más íntimos, y con el valor para hacerles frente, nadie puede tomarme a mal que yo tenga una buena idea de mi medicina.” (Morey, 1993 )

Desde 1879 que es pensionista de la universidad de Basilea, y debido a sus dolores de cabeza, agotamiento y a ese terrible diagnostico medico de “esquizofrenia y parálisis estacionaria”, ha decidido llevar la vida hasta sus últimas consecuencias. Busca lugares precisos para tomar reposo y encontrar así su gran medicina, y por eso se convierte en un fugitivus errans: en verano disfruta de las alturas de los valles alpinos (Sils-María, en la alta Engadina de los Alpes suizos), la Riviera Italiana y el paradisiaco sur de Francia; en invierno se interna en otras ciudades de Italia y pasa breves instancias en Naumberg donde se siente ovacionado por la bella arquitectura medieval. Inicialmente Nietzsche deseaba más que Europa, visitar América. Pensaba en las mesetas de México, en las vertientes del océano Pacifico.

En este peregrinaje de meses en el que busca recuperar su salud, realmente también está buscando su propia filosofía, o mejor, una transfiguración al mejor estilo de Moisés en el monte Horeb. Viaja vestido con sus ideas y con su bastón más fiel: la soledad. Durante este tiempo, Nietzsche se incapacita a sí mismo para todo pensamiento que no fuera el del “futuro de la humanidad”.

Ya no le atrae el presente. Busca algo que sabe que existe pero que no será fácil adquirir. Se interna en un bosque que no arroja luz, pero resplandece con su producción escritural. La soledad, su más fiel compañía le lleva a escribir El Viajero y su Sombra; su estado físico que él mismo cataloga como pobreza de sangre y de músculos lo llevan a producir Aurora (que finalmente se publicará como La Gaya Ciencia, o El Gay Saber) y los escenarios pintorescos que asimila, el clima y la disminución temporal de sus jaquecas, serán sin duda decisivos para crear su Zaratustra. En este Locus Solus encuentra su acmé filosófico.

Precipitado hacia la moral individualista más trivial, le escribe de nuevo a Rohde: “Cuando no se tiene salud hay, en efecto, que crearse una”. Como Moisés, cree haber tenido una transformación y se siente “otro”, cree que el cielo se ha despejado sobre él y experimenta la revelación del “Eterno Retorno”.

En la altura de su espíritu, Dionisio le ha entregado dos grandes presentes: un par de tablas y un martillo; con este, destrozará toda filosofía y todo valor cristiano-europeo y en las tablas, creará nuevos valores ante los viejos ideales. Nietzsche ha sido iluminado. Su espíritu es limpio como el cristal y está totalmente curado de esa enfermedad llamada razón.

En este punto culmen ya ha muerto dios en Nietzsche, y por ende, ha muerto todo valor, juicio, prejuicio o idealismo. Se entrega al nihilismo en el estado más puro. No tiene elección. En ese retiro todo sucedió involuntariamente, pero aconteció entre una tormenta de sentimientos de libertad, de incondicionalidad, de poder, de divinidad (Safranski, 2002). Es una alegría o una nueva aurea que ha adquirido durante todo un mes de cielo puro.

Sus amigos, que como nubes le rodean, se sienten impresionados. Esta es la época donde su amigo Paul Reé invita a Nietzsche a Roma para presentarle a Lou Andreas-Salomé. Las primeras palabras de este encuentro provenían de un corazón iluminado: “¿de qué astros hemos caído aquí el uno para el otro?”. De igual manera, en esta breve instancia en Roma, también descubre la ópera Carmen de Bizet que le contagia de una alegría que no sólo es francesa sino también mediterránea. Comenta de sí mismo y entusiasmado:

“Fluye ininterrumpidamente la gratitud, como si hubiese ocurrido en efecto algo inesperado, la gratitud de una convalecencia, pues la convalecencia era lo inesperado”.

Esta actitud, no es nada más que una “Filosofía del mediodía”, un momento de optimismo, de significación, de claridad meridiana. Este es el Nietzsche que recibe el año nuevo de 1882. Uno que ve un tiempo nuevo que trae pensamientos nuevos y contario a Descartes y su dogmático cogito ergo sum, Nietzsche escribe: “vivo todavía, pienso todavía”. Toma su pluma y tiene derecho a expresar algunas palabras como todo mundo lo haría. Y no vacila ya que compone un poema de una belleza difícilmente inigualable titulado Sanctus Januarius (Enero santo):

Der du mit dem Flammenspeere / Tú que rompes el hielo de mi alma Meiner Seele Eis zerteilt / Con el venablo en llamas

Daβ sie brausend nun zum Meere / Que la empuja presurosa, ahora efervescente Ihrer höchsten Hoffnung eilt: /Hasta el mar de su más alta esperanza Heller stiets und stets gasunder, / Cada día más claro y más sano Frei im liebevollsten Muβ: / Libre bajo la más amable fuerza mayor Also preist sie deine Wunder, / Por eso alabo tu milagro

 Schönster Januarius! / Oh, enero, el más hermoso.

(Nietzche, 2001)

Este poema parte de dos representaciones diferentes del impulso fundamental que ha adquirido en su retiro: por una parte, el filósofo se propone describir con gran elevación, el paisaje de la vida y del conocimiento bajo la luz que se le había abierto en el mes enero. Nietzsche no se sintió molestado ni oprimido por el sufrimiento corporal, y así lo concibió durante reflexivos paseos por los alrededores de Génova con declaraciones de amor a la costa, las rocas, las villas y jardines dispersos por las colinas y el mar (Safranski, 2002). Es el retrato de la vida lograda.

Y por otra, este “Sanctus Januarius” está también dedicado al mártir que lleva el mismo nombre. En Nápoles cuya ciudad está llena de estatuas en su memoria, le llaman San Genaro. Es el santo de los andróginos porque sus rasgos son casi femeninos, con una suave belleza y padecimientos de flujos constantes de sangre. En la cripta de la catedral de Nápoles, que lleva su nombre, se conserva la cabeza del mártir decapitado, junto con dos botellas de sangre que se consideran milagrosa.

Así entonces Nietzsche no está solo en esta fecha: tiene una revelación nueva que como si fuera un sol, ilumina lo que piensa, lo que escribe, lo que viene. Ya no tiene miedo al eco cavernoso que aterra a los que viven en soledad. Y en confianza desnuda su primer pensamiento, claro, no sin antes afirmar que será un pensamiento motor para el resto de su vida, que contiene fundamento, seguridad y dulzura, es decir, por ahora no usará el martillo para filosofar, ni recurrirá al nihilismo, es más ni siquiera por ahora concibe el nacimiento de Zaratustra, ese profeta dionisiaco que nace para vaticinar a los hombres su destino. Su pensamiento como realidad interior es:

“Quiero aprender cada vez más a ver lo necesario como bello en las cosas, y así seré uno de los que hacen bellas las cosas. Amor fati: que esto desde ahora esté en mi amor. No quiero hacer la guerra contra lo feo. No quiero acusar, tampoco quiero acusar al acusador. ¡Mi única negación sea apartar la mirada! Y de una vez y en grande, quiero en todo momento no ser más que un hombre siempre afirmativo” (Nietzsche, 2000)

Es la contingencia de sus sentimientos, o mejor, el placer del conocimiento, unido a afectos en un acontecer instintivo. En estas palabras participa no sólo el Nietzsche ebrio de conocer, sino el Nietzsche que tiene corazón, sentidos, alma, sprit. El humano, el demasiado humano que ha despertado como de un sueño, pero con la conciencia de que debe seguir soñando como un sonámbulo para no precipitarse al vacío (Safranski, 2002) .

En este alado mes de enero Nietzsche se encuentra enamorado de este tipo de conocimiento que lo lleva a vagar por el reino de los afectos y las pasiones. Afirma, buscando la forma, el cuño de lo bello y lo sensible de la vida:

“¡No! ¡La vida no me ha desengañado! Por el contrario, de año en año la encuentro más verdadera, apetecible y misteriosa; la encuentro así desde aquel día en que vino sobre mí el gran liberador, a saber, el pensamiento de que la vida podría ser un experimento del que conoce, y no un deber ni un destino ni un engaño.

Y el conocimiento mismo, aunque para otros sea una cosa diferente, por ejemplo, un lecho o camino hacia un lecho, o una distracción, o una holgazanería, para mí es un camino de peligros y victorias, en el que también los sentimientos heroicos tienen su lugar de danza y recreo. ”La vida es un medio de conocimiento”, llevando este principio en el corazón es posible vivir no sólo con valentía, sino también con alegría, e igualmente reír con alborozo!” (Nietszche,  2000)

Como exclamó el fausto: “¡Y mira, no podemos saber nada!”. ¡Nietzsche ha resucitado!, ¡ha resucitado!. 

, Nietzsche ha resucitado, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/nietzsche-ha-resucitado-articulo-677320, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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