Cuando llegó a mis manos una maleta vieja donada por una vecina, supe que —en mi condición de emigrante y obsesionado por dicha condición— era un elemento con el que quería contar algo, al que quería realizar una serie de preguntas. Sobre todo me interesaba someter el elemento maleta a un recorrido análogo al de los emigrantes. Que ella misma emigrara de un lugar a otro, de una mano, de una historia a otra.

Entonces comencé a buscar colaboradores que cumplieran la condición de ser emigrantes. En principio, que hubieran nacido en un país y vivieran en otro. Después, este concepto alcanzó al que también lo hace de una región a otra del mismo país, siempre obligado por alguna circunstancia, y por último decidí incluir al que emigra a través del cuerpo, desde su sanidad hasta su deterioro.

La metodología a seguir era simple. Una vez aparecía el actuante, pasaba a crear un espacio de representación lo más teatral posible, donde sucedía el encuentro entre él y la maleta, la cual a su vez iba cambiando de color y se iba deteriorando en su tránsito de un “país-persona” a otro. Ya el simulacro contenía entonces un viaje real.

Después apareció otro elemento: el alambre de púas. Elemento “hechizado” con un enorme contenido de preexpresividad y que resultaba perfecto para referirse al desgarramiento y el temor que siempre existe dentro del que emigra.

Trabajaría para las imágenes como resultado final, algún gesto o actitud, que hablara de dioses y vírgenes personales e inventados, los cuales cargaban el mundo en sus hombros y daban la impresión de pedir clemencia y conceder protección al mismo tiempo.

Una vez avancé en lo anterior, apareció la necesidad de mostrar (a la hora de exhibir el trabajo) no sólo las imágenes que testificaban el viaje, sino también los elementos utilizados en él. Que se pudieran ver, pues eran como héroes y contradictores reconciliados en el espacio de la representación.

Fue entonces cuando el poder y el magnetismo de la maleta y el alambre me despertaron el deseo de interactuar con ellos un paso mas allá, de ponerlos únicamente a representar. No ser únicamente el propiciador y el recolector del viaje, sino ubicarme en primera persona y someterme incluso a sus peligros.

Para este fin decidí realizar una acción: estar dentro de una alambrada con la maleta —testigo y elemento indispensable de todo el viaje—, parado en un espacio de tierra, inmóvil, durante un largo período. Trataría incluso de moverme con el riesgo de cortarme o herirme en la tarea.

Pensándolo bien, consideré muy aislada y poco participativa la acción, por lo que me propuse incluir al espectador, buscar su ayuda como metáfora de la colaboración necesaria de todo emigrante en el inicio de su camino como tal.

Un montón de fotos familiares, echadas de primero en la maleta, justo en el momento en el cual decidí que emigraría, tesoro invaluable que me mantendría siempre con los pies en la tierra y el corazón anclado a algo. Entonces los espectadores irán colocando sobre mi cuerpo y por entre la alambrada, toda esta historia familiar, creando una armadura de fotos familiares, una especie de árbol genealógico de los recuerdos.

, Muchos viajes, la misma maleta, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/muchos-viajes-misma-maleta-articulo-660700, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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