Cuando Mia Couto tenía 12 años había decidido ser poeta, y aunque la gente en principio no sabe que decide ser poeta, se aventura a escribir, se acerca al abismo de las letras y desde allí queda atrapada para siempre en la caída. Cuando Mia Couto se lanzó al abismo de la escritura en un Mozambique rico en tradición oral y diversas lenguas nativas, lo hizo con poesía, escribió poemas que salieron en el periódico local Noticias de Beira.

Antonio Mohamed Leite Al Couto nació en Mozambique, un país ubicado allá abajo, en el África austral, con la diversidad y la riqueza con la que cuentan la mayoría de los países africanos y también con los problemas de desigualdad, colonización y empobrecimiento que llevamos a cuestas los habitantes del sur del mundo. Couto, un mozambiqueño de ojos azules como el mar en un mediodía de verano, la tez blanca y delicados ademanes europeos, luchó contra la colonización portuguesa a sus 17 años, cuando dos colegas lo convencieron de ingresar como candidato clandestino al Frente de Liberación de Mozambique. Eso al menos fue lo que nos dijo una tarde en medio de una charla. Dijo que quizá no tenía opción, sentía que el poder dictatorial de Portugal ya había perseguido demasiado a su familia, que había ido a parar a Mozambique huyendo de la dictadura de António de Oliveira Salazar. Después llegó la Revolución de los Claveles en Lisboa, vino la caída del Estado Novo Salazarista y las colonias portuguesas en África lograron su independencia. Couto trabajó por esos años como periodista en Tribuna y la recién creada Agencia de Información de Mozambique.

“Reencontrar secretamente o fugaz encanto, o perfeito momento em que a carne tocou a fonte, e o sangue fora de mim procurou o seu coração primeiro”. Publicó Raiz de Orvalho e Outros Poemas, su primer libro, editado en 1983, con textos en contra de la dominación de la propaganda militar. Couto se había radicado en Maputo y allí inició estudios en medicina que abandonó al poco tiempo para dedicarse a la literatura. Tiempo después, enamorado de la biología, ingresó a la universidad y culminó esta carrera. Desde entonces va conjugándola con la literatura en su país.

El día que me encontré con su literatura había llorado ríos por la muerte de mi abuelo, lejos de Colombia, sola y sin poder abrazar nada que sintiera mío. Empaqué en una mochila Un río llamado tiempo, una casa llamada tierra y me metí en una catedral gigante a buscar alguna oración, pero las había olvidado todas. Me refugié llorando y abrí las páginas: “la muerte es como el ombligo: lo que en ella existe es su cicatriz, el recuerdo de una existencia anterior”. A bordo de un barco, un hombre va dejándose dictar las órdenes de la muerte, va al entierro de su abuelo, un Tal Mariano en Luar-do-Châo, una isla a las afueras del país que se había quedado habitada por negros, por negros vivos y muertos que compartían la tierra, la casa, el agua y la tristeza. Aquel hombre misterioso que había salido de casa, aun en contra de la tradición primigenia de su clan, volvía al antiguo culto de despedir a su abuelo. Cuando vislumbra la antigua tierra que un día abandonó, su tío le impide avanzar caminando, cierra un círculo en la arena con la mano izquierda, que los divide entre quienes llegan y quienes esperan. Permanecen todos así, parados, a la espera. “Hasta que una ola borra el dibujo en la arena. Mirando el borde del río, el tío Abstinêncio profiere: El hombre trenza, el río destrenza. Está escrito por respeto al río, el gran mandador”.

El abuelo Mariano había designado una misión para su nieto: rescatar a Luar-do-Châo de la maldición que la acompañaba, rescatar a la familia de los problemas que enfrentaba, salvar la antigua casa, la Nyumba-Kaya. Se rompió el cielo esa tarde en la ciudad, se inició una lúgubre misa, y yo seguía ahí, perpleja, en la última silla de la iglesia, llorando a mi abuelo y llorando al tiempo la muerte de un Tal Mariano.

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Mia Couto había pasado de la poesía a la prosa después de la revolución. Los escritores de entonces vieron la necesidad de crear una narrativa de la época revolucionaria, hacer una historia heroica de hombres y mujeres que no tenían historia. Él y otros tantos como Jose Craveirinha, a quien considera su maestro y amigo, se lanzaron a la maravillosa tarea de generar un diálogo perdido por la colonización: la escritura y la oralidad en un mismo plano, la riqueza bantú de una Mozambique que iba en busca de los mitos fundacionales como nación.

En 1992, Mia Couto lanza su primera novela, Terra Sonâmbula, en donde la huida es la forma de salir de la violencia, la tierra sonámbula obliga a quienes la habitan a emprender la fuga y contar sus historias para aliviar la angustia humana de la existencia. Cada personaje es un mundo y se relatan con detalle “porque los hombres son como las casas; hay que verlas por dentro”. En este y otros relatos, Couto crea dos historias paralelas que terminan fusionándose, el reto de mezclar la herencia africana y sus fórmulas del tiempo mágico, los muertos que siguen vivos en una dimensión inexplicable en el raciocinio occidental. “Llenaron la tierra de fronteras, cargaron el cielo de banderas. Pero sólo hay dos naciones: la de los vivos y la de los muertos”. El retrato de la tragedia africana: la miseria, los crímenes, la insensibilidad y la visión ancestral del mundo que no nos dejan dilucidar dónde está lo real. “¿Está con buena salud, no es así, padre? Sí. Me hizo bien morir”.

Con más de 12 novelas publicadas, libros de cuentos y crónicas, una obra traducida al inglés, francés, alemán, italiano, estonio y español que ha tenido el reto de respetar la escritura de una versión propia del portugués que se ha creado en Mozambique y del que Couto echa mano siempre para, en sus palabras, “narrar las historias de mi propia vida y que éstas me dieran la idea de nación”. Con un narrador que se mete en las historias y pone al lector como testigo de la coyuntura y la diversidad de un país africano que se ha forjado en la tradición, la cultura y la oralidad. Ahí estaba yo en el fondo de esa iglesia, inmersa en la lectura y la tristeza. Deseando con mi corazón que Mia Couto tuviera razón y que yo fuera la continuación de la vida de mi abuelo. “No lo olvides: Te pusieron el nombre del viejo Mariano. No lo olvides. El tío se desdibuja en el esclarecimiento. Ya no era él quien hablaba. Una voz infinita se esfuma en mis oídos: yo no sólo continuaba la vida del fallecido. Yo era su vida”.

, Mia Couto, narrar en la memoria, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/mia-couto-narrar-memoria-articulo-673745, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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