Mi abuela no es una abuela cualquiera. Y fue sólo hasta hace unos años que entendí lo que significaba ese cualquiera.  Un día, mientras ella cepillaba su caja de dientes, noté que siempre que visitaba a mi madre vestía una sudadera azul celeste, un cárdigan abierto de lana verde pasto, una camisa blanca y sus converse sin bota también blancos. Nunca hubo fosforescencia en su vestir. Ni en su forma de querer, es más, no creo que sepa de amores. Lo extraño es que tampoco usaba tonos lúgubres.

Después de enjuagarla religiosamente, vi cómo sus cabellos rubios y sus ojos índigo también hacían juego con la tez lechosa. Todo el halo a su alrededor era casi divino / limpio / celestial / mágico /, a excepción de algunos de sus nietos: mestizos para su infortunio.

Rosario, como se llama, no usa camisas de color negro, no se expone al sol y no le gusta juntarse con los “oscuros”. Lee todo lo que su hijo historiador le entrega, tiene memoria prodigiosa, va a misa todos los domingos, pero dice odiar a los curas, denigra de los hombres y en especial de mi abuelo muerto. He llegado a pensar que todo el resentimiento que desenfundó contra mi madre desde que era adolescente se debe a las “pelas”, dice, que le daba Eliseo, su marido. Finge amar a sus hijas. Mentira. Ella sólo quiere a los varones guapos y blancos y zarcos. Tal vez porque las mujeres le recuerdan lo difícil que es tener ovarios.

Mi abuela rompe con los estereotipos de abuelas. Aunque carismática por fuera, es una tormenta de prejuicios y comportamientos repulsivos. Recuerdo que siempre se levanta cantando El himno de la alegría o Ese hombre, haciendo especial énfasis en “es un estúpido, engreído, egoísta y caprichoso. Un payaso vanidoso, inconsciente y presumido. Falso, malo y rencoroso que no tiene corazón. Lleno de celos, sinrazones, ni motivos; como el viento impetuoso pocas veces cariñoso, inseguro de sí mismo, insoportable como amigo, insufrible como amor…”. Repite una y otra vez el fragmento.

No conozco su vida a fondo, pero de las tres veces al año que viaja a casa de mi madre pude saber que no le gustan los lácteos ni los dulces, que odia a mis perros, que tengo que cederle mi cama para que no duerma en la de invitados, que no soporta a su hermana con alzhéimer, que sufre de osteoporosis, que le encanta su nombre, que se duerme a las siete y se levanta a las cuatro, que alimenta a los pájaros, pero espanta a los gatos. También que una vez el tendero le vendió una yuca mala y que nació un día de mayo de 1932. ¿Alguna vez fue feliz? No lo sé. No parece.

A veces imagino cómo será su funeral: ¿Lloraré? ¿Qué le diré a mi madre? ¿Si no lloro, pensarán que soy insensible? ¿Sufrió? ¿Tuvo miedo? ¿Iré de negro? ¿Irán de negro? Seguro su funeral será negro. Mi abuela no es una abuela cualquiera, ella no conoce de amores, de fundirse en un abrazo. Su sino fue la desdicha y los otros o nosotros sucumbimos a sus tratos: la indiferencia como costumbre familiar.

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