Ayer, que fue ayer o hace un año o cinco, lo vi mucho más lento que cuando lo conocí, a mediados de los 90. Subía por la Avenida 13, con su pelo largo y blanco y su barba de patriarca, el jean gastado y un abrigo muy largo que le debieron haber prestado. Quise saludarlo, pero supuse que no me recordaría.

Preferí seguirlo a unos cuantos metros de distancia, para que la paranoia bogotana que podía haberlo inundado no le hiciera creer que yo era un atracador. A unos cuantos pasos vi sus tenis gastados, sucios de tiempo, rotos de caminos, nutridos de sus historias y sus recorridos por calles, montes y hasta oficinas con pisos de mármol. Tal vez eran los mismos tenis que llevaba el día que lo vi por vez primera, escondido en su casita, recostado en una inmensa cama que él mismo fabricó, mirando hacia el cielo a través de una ventana que se había inventado en el techo, desde donde buscaba las estrellas pero jamás las encontraba.

Cuando me hablaron sobre él, yo creí que todo lo que me decían era mentira. Historias que se habían transformado en leyendas, y luego en mitos. Que vivía rodeado de cadáveres, que jamás veía la luz del sol, que dormía dentro de un ataúd. Tal vez por todo eso lo busqué días y semanas y meses, hasta que una noche alguien me dejó un recado: Don Martín me esperaba el martes de la semana siguiente a las tres de la tarde en la vereda tal, kilómetro 19 de la vía hacia Pereira.

Cumplí la cita puntual, algo temeroso, sí, pero convencido de que si no hubiera ido me habría arrepentido por los años de los años. Don Martín me recibió en la entrada de su parcela, recostado contra un poste que sostenía un aviso de letras informes que decía El Principito. Detrás de él alcancé a ver un árbol repleto de desechos colgados y una escultura infinita de alambres, hierros y pelotas oxidadas. Mi anfitrión me saludó amable, sonriente, con una especie de mueca que parecía decir “hace años que no veo a nadie, mire usted”. Me invitó a seguir.

En el camino me tropecé con otro árbol, entre cuyas ramas se había enredado un jeep Willys del año cincuenta y tantos. “Mi último vehículo”, dijo don Martín, que se arrodilló y levantó del suelo una hoja agrietada que entre sus manos largas y sus uñas largas, manos y uñas sin tiempo, parecía un manuscrito de Saint-Exupéry. Sus ojos azules, o ya en principios de gris, se iluminaron. Luego se subió al Willys y creyó que llegaba al mar por una límpida y brillante avenida, y mientras conducía cantaba y hacía “ruuuunnnn, ruuuunnnnn”.

Desde allí, don Martín murmuró un par de palabras que no entendí.  Se bajó, dio unos pasos y me abrió la puerta de su casa. Vivía sin luz eléctrica, sin agua del acueducto, sin teléfono. Era y fue un hombre que se bastaba a sí mismo, que no requería de cuentas bancarias y que se había escapada del capitalismo y del consumismo, y en general, de todos los ismos. Cuando hablaba, hablaba de la vida, y aseguraba que era feliz llorando, por ejemplo, y más feliz aún sin la basura de la televisión y la radio y los periódicos.

“Un día vino una señora muy bien que quiso limpiar todas mis telarañas. Le tuve que pedir que se marchara”. Entonces vi un estante polvoriento con algunos huesos y esqueletos y cráneos. “Los restos de mis antepasados Abad”, dijo. Los sopló, los besó. ¿Usted jamás vivió con nadie?, le pregunté. “La gente se detesta porque convive”, fue su respuesta. Su única respuesta.

 

, Martín Abad: "La gente se detesta porque convive", http://www.elespectador.com/noticias/cultura/martin-abad-gente-se-destesta-porque-convive-articulo-676099, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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