Como es de esperarse, el ámbito de la literatura no se ha quedado atrás en la enmarañada tarea de retratar las diferentes facetas de aquellos episodios de recurrente violencia que llegaron a convertir a la guerra colombiana en el conflicto interno más largo de América Latina.

Desde Cien años de soledad y El coronel no tiene quién le escriba de García Márquez; pasando por ‘Los ejércitos’ de Evelio Rosero; hasta El olvido que seremos de Héctor Abad; y muchos más, grandes exponentes literarios han plasmado la amarga realidad que el país ha vivido por más de 50 años, y que muchos ni siquiera llegamos a dimensionar debido a la lejanía que mantenemos frente a los hechos. Y sí, es verdad que las novelas literarias, tanto de ficción como de no ficción, muchas veces tocan algunos de los sentimientos más íntimos de sus lectores; sin embargo, ¿qué es mejor que la poesía para despertar sensaciones de todo tipo y tocar las partes más sensibles y recónditas del ser?

Pablo Neruda dijo una vez: “La poesía nace del dolor. La alegría es un fin en sí misma”; y bien, si hablamos de dolor, las guerras y conflictos bélicos de cualquier tipo son, quizá, los actos que dejan como consecuencia más sufrimiento que cualquier otra cosa. Así que, si la poesía nace del dolor, el conflicto armado colombiano ha de ser un motor muy fuerte para la creación de versos apasionados, y de hecho lo es.

“Vuélveme la cabeza
no dormirás tranquilo
mientras no me la devuelvas

Vuélveme también los brazos
entrégame las piernas
o no podrás borrar la sangre de tus manos”

Son las dos estrofas con las que se inicia el poema del caucano Horacio Benavides, titulado ‘Vuélveme la cabeza’.

“Vuélveme las tripas
O tendrás eternamente náuseas

No importa a dónde vayas
mi sangre te seguirá sin pausa.”

Así finaliza Benavides su obra, en la que retrata los múltiples daños irreparables que deja la guerra, a partir del dolor físico y del remordimiento de conciencia que perseguirá a los victimarios como un fantasma silencioso susurrando en sus oídos los recuerdos del daño que una vez causaron.

La antioqueña Piedad Bonnett también quiso plasmar la realidad colombiana a partir de versos, como en el poema ‘Cuestión de estadísticas’, en el que presenta una sutil crítica de la forma en la que este tipo de tragedias son percibidas como números y cifras a partir de aquellos que no se han visto directamente afectados por las consecuencias que la violencia ha conllevado. Inicia con una frase corta: “Fueron veintidós, dice la crónica”; para después comenzar a enumerar algunos afectados por un enfrentamiento, asemejando una lista de compras; y finalizar acercándolo todo a lo que una guerra en realidad deja:

“Un solo miedo, un odio que crepita,
y un millar de silencios extendiendo
sus vendas sobre el alma mutilada.”

Fernando Charry Lara decidió unirse a la gesta de versos para retratar la verdad que muchos desean ocultar. En su poema ‘Llanura de Tuluá’ cuenta cómo, desde la distancia, se ve una pareja que parece estar enamorada. Relata con cada verso las especulaciones que el narrador realiza mientras se acerca a la escena, solo para darse cuenta de que no son más que cadáveres.

Pero los autores mencionados cargan con estudios universitarios amplios, lo que les ha permitido ver el conflicto armado desde un foco más académico. Entonces, ¿cómo retrata una víctima directa de la guerra todas las secuelas que esta ha dejado en cada uno de los afectados por la violencia?

Juan Joven camina por un río de Yurayaco, en San José Del Fragüa, Caquetá; carga un costal blanco sobre el hombro; lleva un par de botas de plástico negras, un sombrero color crema, un pantalón gris, una camiseta amarillo pálido y un saco blanco. En el fondo de escucha su voz, acompañada por el suave sonido de las cuerdas de una guitarra.

“Dice… Esta es una triste historia
que a nosotros nos sucedió.
Si del pueblo de Yurayaco
nuestro hermano partió”

Imágenes de Juan junto a su familia y en sus labores diarias se van mostrando de manera aleatoria mientras su voz aún se escucha, entonando el poema que escribió en honor a su hermano Jaime, quién desapareció por el conflicto armado hace 14 años.

“Pero lo que me mortifica
es que dejastes (sic) un gran nido   
y que la Tatianita se quedó sin su apellido.

Así concluye la historia
de un hombre honrado y trabajador
dejando a toda su familia, a sus amigos
y a su gran amor
y a nuestra madre querida,
que era su adoración.”

“Muchas gracias” dice, mientras se ve un primer plano de sus manos cerrando un desgastado cuadernito azul en el que había escrito el poema.

Juan y su familia aún están a la espera de saber lo que en realidad ocurrió con Jaime. Y así como ellos, muchos más colombianos han de encontrarse en la misma situación de incertidumbre. A veces es difícil saber qué es peor, si estar consciente de que un ser querido está ya muerto; o no tener idea alguna acerca de su paradero, de todo aquello que sufrió, ha sufrido o está sufriendo.

Muchas personas todavía perciben el conflicto armado como una mera situación de cifras, estadísticas y números sin rostro o historia. Pero lo que logra la literatura, y más específicamente, la poesía, es acercar al otro a cierto tipo de sensaciones y sentimientos que quizá jamás pensó experimentar, y así humanizar a los personajes de aquellos acontecimientos, para que se ese otro, que está tan alejado de los hechos, se dé cuenta de que todas aquellas historias, que tan pronto se transformaron en números vacíos, son la realidad de un gran grupo de individuos que han tenido que vivir experiencias que le causarían escalofríos a cualquiera, todo por una guerra de décadas que con el tiempo ya hasta ha perdido su trasfondo.

 

 

, Los versos del conflicto, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/los-versos-del-conflicto-articulo-657663, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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