Veinte niños alrededor de Brigitte Labbé. Un salón de clases en Francia con el vaho del frío cubriendo los cuadernos y pupitres. Un olor a frutas frescas mezclado con tierra en las uñas y cabello sucio. Ruido. “¿Por qué enterramos a los muertos”, se le oye decir en un francés precoz a una rubia de ocho años en una esquina del salón. Labbé recupera el aliento después de intentar alcanzar al resto de niños en sus juegos. Se queda callada. La niña se acerca a ella como si fuera una especie rara, con la mirada de quien va tras un secreto. “Hay dos posibles respuestas para tu cuestión —le responde Labbé—. Una es pragmática y la otra filosófica. La primera tiene que ver con la prevención de enfermedades y por salud. La segunda, la filosófica, te corresponde a ti. ¿Tú por qué crees que entierran a los muertos?”. La niña no parpadea: “Para poder llevarle flores a alguien”. Sin siquiera terminar la primera respuesta, otro niño en el salón está gritando: “Para tener una tumba que visitar los domingos”. Labbé no tiene necesidad de intervenir más en la conversación. Hace pequeñas acotaciones —que siempre son preguntas— para que los niños sigan hablando. Ese día, con la lluvia pegada en la ventana, logran ponerse de acuerdo en un punto: siempre los muertos viven en nosotros. Y hablan de memoria. Y hablan de los recuerdos. Y hablan del olvido. Del miedo a olvidar. Empiezan a enumerar los muertos que, según ellos, no se han muerto: los poetas, pintores, escritores, cantantes. A partir de una pregunta los niños comienzan a hilar respuestas que atraviesan la vida. Ese es el trabajo de Briggite Labbé: hacer que los niños filosofen.

***

Hace veinte años, Brigitte Labbé era directora de mercadeo de una empresa francesa. Su cuenta bancaria le sonreía cada mes y estaba criando a su primera hija. Tenía media docena de trabajadores bajo su mando y un carro último modelo. Hubo una noche, sin embargo, en la que todo cambió: Labbé era infeliz. Nada le causaba curiosidad. Esa noche, en medio de la oscuridad, decidió parar. Detenerse y respirar. Se levantó atormentada por el pensamiento venenoso de la tristeza y frente al espejo se preguntó qué quería hacer. Tenía 37 años. La semana siguiente se inscribió en La Sorbona para estudiar filosofía. “Fue la primera vez en mi vida en la que sentí que había tomado una decisión exactamente por lo que yo sentía. Era algo tan mío. No fue algo en la línea de lo que está programado sino que fue una elección propia”, dice la francesa, una de las invitadas al Hay Festival 2017.

Labbé comenzó su carrera en filosofía escribiendo textos académicos. Siguió el concepto que se tiene de la materia: mantenerla enjaulada en el aula. Un día, cuando llegaba de la universidad, vio a su hija de nueve años jugando con tres amigos de la misma edad. Cuando prestó atención a lo que decía el cuarteto se quedó pasmada. Eran las mismas preguntas que se hacían en los anfiteatros de La Sorbona. “Algo hizo clic en mí. Fue como si me hubieran abierto una ventana en el cerebro y estaba dispuesta a lanzarme por ella”. A partir de eso, Labbé comenzó a escribir textos para niños, hacer trabajos interactivos con ellos en las aulas y crear procesos de formación del pensamiento crítico a través de la lectura.

En Colombia lanzó en 2014 el primer libro de la colección Píldoras de la sabiduría, una serie de 17 libros que hablan de los temas que más convocan a los niños de 8 a 14 años. Su trabajo, dentro y fuera del salón de clases, se basa en mantener a los niños en estado de pregunta. Por su experiencia, sabe lo importante que es cuidar el sentido de la curiosidad: “Crecí en una familia muy dogmática, donde las respuestas se daban inmediatamente y eso no dejaba abrir el pensamiento. No podía pensar mucho. Recuerdo que las respuestas se agotaban muy rápido porque no había un acompañamiento a esas preguntas sino frases vacías y rápidas. Era como recibir una puerta en la cara”.

¿Por qué morimos?

¿Por qué enterramos a los muertos?

¿Por qué hay pobreza en la calle?

¿Por qué hay ricos y hay pobres?

¿Por qué yo encuentro muchas cosas de mi vida injustas?

¿Por qué te toca ir a trabajar todas las mañanas?

¿Dónde estaba antes de nacer?

¿Por qué me dicen que ese cuadro es lindo si a mí no me parece?

Son los tópicos que más abordan en sus actividades. “Los niños deben ser arqueólogos de las preguntas. Que ellos puedan hacer la búsqueda de respuestas encontrando nuevas preguntas en el camino. Lo importante es que no reciban toda la información cruda y se la tengan que tragar así; ellos deben generar sus propias respuestas. Ellos son como brasas que si las soplas se encienden más. Es muy fácil calmarlos diciéndoles ‘así es’, ‘es de esta manera’. Es nuestra responsabilidad como adultos ayudarles a los niños a construir un pensamiento crítico y así evitaríamos que sean víctimas de los significados establecidos, de las respuestas hechas por la policía, el Estado, la escuela. Hay que darles los útiles para que se puedan defender con su pensamiento”.

Según el brasileño Paulo Freire, estamos en una época de la respuesta. A los estudiantes en el salón de clases se les educa en afirmaciones establecidas por otros. “En ese mundo que cada hombre vive, debe reflexionarse y dejarse invadir por la dialéctica, es decir, entrar en un proceso de diálogo entre el hombre y su realidad, y del hombre con otros hombres, a fin de obtener una respuesta sobre aquello que se esté viviendo”. El mayor impedimento, según Labbé, para conseguir un aprendizaje heterogéneo en el aula son “la religión y todos los sistemas que tienen respuestas hechas, respuestas que no permiten hacerse preguntas. Todos los sistemas ideológicos que tienen un catálogo de respuestas hechas”.

, “Los niños deben ser arqueólogos de las preguntas”, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/los-ninos-deben-ser-arqueologos-de-preguntas-articulo-676720, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


(adsbygoogle = window.adsbygoogle || []).push({});

Jose Raul Lopez Daza – protección ambiental