Sobre el escritorio de Jairo Pérez, biólogo de la Universidad Javeriana, se pueden ver varias fotos de distintas especies de murciélagos. Algunos están retratados colgados y recogidos en cuevas, mientras en otros se pueden ver con detalle algunas de sus características: las alas extendidas, las orejas puntiagudas o la “nariz de marrano”.

“En el mundo”, explica Pérez, “se conocen 1.300 especies de murciélagos, pero sólo tres de ellas son hematófagos, es decir, se alimentan de sangre. De esas tres, además, sólo una ataca el ganado y, en casos muy inusuales, puede llegar a morder a una persona”. Ese mínimo porcentaje (0,77%) fue suficiente para que los murciélagos recibieran su condena.

Lo que para Bram Stoker fue uno de sus mayores éxitos literarios, se convirtió para estos mamíferos en su principal amenaza. En medio de ese imaginario mítico enredado entre sangre y colmillos, la gente olvida que los murciélagos cumplen funciones claves para los ecosistemas: dispersan semillas, son polinizadores y se comen muchos de los insectos que se convierten en plaga de los cultivos. De hecho, cree Pérez, entre el 60 y el 70 % de las frutas que se encuentran en el mercado del trópico están allí gracias a los murciélagos.

Por esto, desde el año 2000, en compañía de los estudiantes que han pasado por el Laboratorio de Ecología Funcional y junto a otros investigadores, se ha dedicado a estudiar cómo se ha ido alterando la población de los murciélagos con factores como la deforestación, qué papel cumplen en el contagio de ciertas enfermedades y a encontrar estrategias para proteger su hábitat. Lo que, espera, podría llegar a quitarles el velo de “Drácula” que llevan estos animales encima.

Se metieron en el Eje Cafetero, rastrearon las poblaciones de murciélagos en las sabanas de Bogotá, llegaron hasta la Costa Caribe y, desde hace seis años, se sumergieron en la cueva de Macaregua, en el municipio de Curití, Santander, para hacer un tipo de mapeo de cuál es la situación de las 205 especies de murciélagos que habitan en Colombia.

Aunque los resultados no son del todo conclusivos, pues parte del trabajo está en ejecución, los investigadores han rastreado que gran parte de la población de murciélagos ya se perdió por la deforestación. “Cuando estuvimos en la sabana de Bogotá, pudimos ver que tanto la mitad de las especies como la mitad de la población desaparecían en los fragmentos de bosque”, afirma.

Mientras en Córdoba, donde estudiaron el comportamiento de estos mamíferos en modelos silvopastoriles, se pudieron dar cuenta de que a pesar de que la población se mantenía más estable, ya que se conservaban los bosques, aumentaba el contacto con los humanos. Lo que, en resumidas cuentas, aumenta la posibilidad de contraer ciertas enfermedades.

Contrario a lo que las leyendas populares dicen, el humano no debe temer que el murciélago chupe su sangre, sino que se contagie de enfermedades como la histoplasmosis y la enfermedad de Chagas. Su guano –o acumulación masiva de excrementos– es el ambiente perfecto para cultivar el hongo que produce lo primero y hace parte del ciclo infeccioso del parásito que desencadena lo segundo.

De hecho, conocer esas dinámicas de contagio, qué tanto participan los murciélagos en el aumento de estas enfermedades y qué tan infectada está su población, es parte de lo que intentan descifrar en las expediciones que hacen a la cueva Macaregua. Allí están estudiando nueve especies de murciélagos, con alrededor de 20.000 individuos, entre los que se encuentran la Carollia perspicillata, frugívoro, y los insectívoros Natalus tumidirostris y Mormoops megalophylla. La cueva fue elegida, ya que se considera un Sitio Importante para la Conservación de Murciélagos (Sicom), por la Red Latinoamericana para la Conservación de Murciélagos (Relcom).

El problema, explica Pérez, es que no todas las cuevas son exploradas con estas mismas condiciones. La espeleología y el ecoturismo que está creciendo casi de manera informal en algunas regiones del país, como en Santander, han tenido un efecto negativo de doble vía. Por una parte, han desalojado a muchos murciélagos de su hábitat, que le huyen al ruido y las linternas que llegan con los turistas, y por otra parte, pone en riesgo a las personas que las visitan sin ningún tipo de seguridad.

“Cuando nosotros entramos a estas cuevas, llevamos una máscara de doble filtro, botas y overoles. Con sólo pisar el guano, las esporas del histoplasma se liberan y si uno las respira puede desencadenar en una enfermedad respiratoria, y luego le echan la culpa al murciélago”, concluye. Lo que termina de alimentar la narrativa de este animal como el antagonista de la historia.

Razón por la que además de estudiar a los murciélagos, el equipo del Laboratorio de Ecología Funcional de la Javeriana cree que uno de los primeros pasos para detener que los murciélagos de Colombia terminen más afectados, es empezar a promover un ecoturismo más responsable.

 

, Los murciélagos, afectados por el turismo en cuevas, http://www.elespectador.com/noticias/medio-ambiente/los-murcielagos-afectados-el-turismo-cuevas-articulo-663643, http://www.elespectador.com/noticias/medio-ambiente/feed, ELESPECTADOR.COM – Medio Ambiente,


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Jose Raul Lopez Daza