Sesenta y un años han pasado desde que el mundo literario conoció ese desgarrador conjunto de cuentos expuestos en “Los gallinazos sin plumas” (1955). Y tuvo que pasar tiempo para que Julio Ramón Ribeyro se consolidara como una de las plumas latinoamericanas más importantes del siglo XX.

Fácil no la tuvo, es cierto. “Competía” con la irrepetible y exquisita generación del 50: Asturias, Borges, Carpentier, Rulfo, Onetti. Y luego: “Búm”, fue catapultado por el auge mediático de aquellos de siempre: Vargas Llosa, Gabo, Cortázar, Donoso, Fuentes y los demás. (O las demás, digo si se tratara de no alterar el feminismo de Carmiña Navia).

Pero el asunto que nos ocupa no es ese. Ribeyro se empeñó en hacer de sus relatos el retrato de vidas sin importancia, de aquellos seres que, por desdichados que sean, las cotidianeidades de las urbes latinas los insertan como otros más en el paisaje.

Lo dijo en esa magnífica antología de Seix Barral: “¿Por qué La palabra del mudo?” (2003): “Porque en la mayoría de mis cuentos se expresan aquellos que en la vida están privados de la palabra, los marginados, los olvidados, los condenados a una existencia sin sintonía y sin voz. Yo les he restituido este hálito negado y les he permitido modular sus anhelos, sus arrebatos y angustias”.

Vale, a cualquiera que no conozca su obra y que se haya nutrido con autores posteriores a él, le podría parecer un tanto pretensioso y hasta mesiánica su declaración, pero es que para aquel entonces se trataba de una novedad y de una bondadosa empresa.

Basta leerlo para entender que sus cuentos son coherentes con sus palabras: una galería de dibujos de vidas anodinas, desprevenidas, frustradas, trazadas con exactitud y tensión. Ribeyro, como pocos, rescata el lado trascendental de eso que parece trivial; y hace de lo tedioso algo ameno; y de lo cotidiano algo extraordinario; y deja abiertas reflexiones sobre desdichas que padecen a diario esas personas ignoradas por el mundo.

Los gallinazos sin plumas, por poner un ejemplo, es un cuento que sabe reflejar la miseria de dos niños que deben madrugar para ir en busca de la comida de un cerdo, alimentado por su abuelo. Su único responsable, su abuelo, los trata mal y regaña cada que no encuentran restos de comida.

El realismo urbano con que Ribeyro representa esa circunstancia es azarosa y sensible, pero ello no es razón para hacer del texto un viperino panfleto; más bien, con este y los otros relatos que acompañan el libro, el autor esculpe una realidad monótona y a su vez sorprendente.

En otras palabras, el estilo sobrio y sutil con que el peruano teje sus historias le dan un realce a lo que se propone. Así las cosas, lo mismo podría decirse en ‘Mar afuera’, donde a través de una venganza, fraguada de manera silenciosa, se muestra un poco la cotidianeidad de esos pesqueros; en ‘La tela de araña’, donde el destino de una joven pobre parece decantado por sus condiciones; y, de igual manera, en ‘El primer paso’ y ‘En la comisaría’, donde personajes de la urbe expresan su agresividad y desesperación por salirse de sus propias vidas.

“Los gallinazos sin pluma”, en definitiva, es un libro que perdura en el tiempo no solo por lo que sus historias revisten: circunstancias sociales que padecen millones de personas; también por el estilo con que son elaboradas las mismas: uso adecuado de los diálogos, verosimilitud, sobriedad, contundencia y honestidad

A diferencia de otros autores, que se vuelven formulistas o monotemáticos, Ribeyro fue poliédrico en sus temáticas. Es si no leer sus diarios, como “La tentación del fracaso”, y los cientos de relatos que escribió tras su paso por París, Madrid, y tantas ciudades europeas.

En ellos podemos ver la versatilidad del autor sin ser pretencioso. La sencillez con que adoba historias de frustrados, como “La primera nevada”, “Papeles pintados”, “Agua ramera”; de sujetos de pasado indeciso como “Las botellas y los hombres”, “El jefe”, “Dirección equivocada”; de sublevantes, como dice el mismo libro, “Al pie del acantilado”, “El chaco”, “Fénix” (este último con una interesante polifonía). Y, para no explayarme, la maestría con que utiliza la inocencia de la niñez para abrir dudas sobre ciertas certezas, como en “Por las azoteas” y “Los moribundos”.

Vargas Llosa dice que era un gran cuentista, pero algo tímido. En efecto, en su obra, como en la de todos los escritores, se puede encontrar rasgos de su propia vida y su preferencia por el cigarrillo, el café, los bistrós parisinos, el barrio Latino, el bulevar Saint-Germain, entre otras cosas más.

Teniendo en cuenta lo anterior, es imposible que no asalte la duda: ¿Por qué Ribeyro no goza del mismo prestigio mediático que el de un Cortázar o un Bolaño? Como sucedió en Colombia, con Gabo (que, sin quererlo, opacó una pléyade de escribidores), es posible que el marketing editorial haya concentrado sus esfuerzos por hacer de Vargas Llosa lo que es hoy: un escritor de amplio reconocimiento, que pontifica, posa para el Jet Set y hace de sus comentarios titulares de noticias. (Esto sin desconocer la grandeza del autor de “La fiesta del chivo”).

Muchos de los grandes autores no gozan de la popularidad de las grandes masas, menos cuando leer se ha vuelto un ejercicio exquisito; lo importante aquí es que hay Ribeyro, es que sus libros están a disposición de quien los quiera leer. Es poco probable que después de hacerlo, no se convierta en un autor de preferencia. De esos que se releen. De esos inolvidables. Volver a su obra, a su primer libro, enaltece su maestría: es que 70 años no los cumple cualquiera.
 

, Los gallinazos de Julio Ramón Ribeyro, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/los-gallinazos-de-julio-ramon-ribeyro-articulo-668570, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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