Para alguien que en los 50 haya vivido la Guerra de Corea o el episodio en que el Comité de Actividades Antiestadounidenses persiguió a Chaplin por dirigir y aparecer en Tiempos modernos; para una persona de a pie que haya visto poemas arrestados por obscenidad o el modo en que los disc jockeys eran apedreados por programar rock and roll, habría sido difícil llegar a imaginar que unos años más tarde las calles se llenarían de gente con flores en el pelo, que a San Francisco llegaría el verano del amor y que las paredes de París se llenarían de grafitis que clamaban por la llegada de la imaginación al poder.

Para Diana Uribe, las utopías se hicieron para los tiempos difíciles y por eso, ahora más que nunca, es necesario volver a contar la historia de la lucha por los derechos civiles de la comunidad negra en Estados Unidos, la de los estudiantes que buscaban detener la guerra de Vietnam, la del arte pop, el rock y los movimientos que peleaban por los derechos de mujeres y homosexuales. “En una época que fue durísima surge un movimiento por la libertad que buscaba ampliar los derechos humanos y visibilizar formas de exclusión y de injusticia que no tenían por qué ser soportadas”.

A comienzos de los 60, la segregación racial en Estados Unidos era rampante. En el jazz, Billie Holiday le cantaba a lo que parecían ser frutas que pendían de los árboles pero no eran más que cuerpos de personas calcinadas por supremacistas blancos. Fue la época en la que toda una generación decidió darle la espalda al sueño americano para movilizar preguntas políticas, sexuales, económicas y medioambientales que aún hoy siguen siendo particularmente punzantes.

Contracultura es un libro multimedia (sello Aguilar) que incluye dos CD y que se vale del imaginario gráfico de la década de los 60 para ilustrar el texto, la música y la narración sobre la historia de las transformaciones que tuvieron lugar en esos años. Nació como la tesis de filosofía de Diana Uribe, que quería hacer un trabajo interdisciplinar en el que su carrera se encontrara con la historia. “En ese momento la combinación de miradas no era algo que existiera en la academia. Terminé materias en el 83 y me gradué en el 90 porque no admitían la tesis. Durante esos años trabajé en colegios y aprendí a enseñar con los adolescentes. Después me laurearon la tesis por haber sido fiel a una idea contra viento y marea”.

Antes de convertirse en un libro, la tesis de Uribe tuvo varias encarnaciones. Primero como curso universitario y después en la forma de numerosas emisiones radiales que variaron su contenido con los años pero siempre tuvieron el mismo espíritu: unir la música a su voz profunda y exaltada para mostrarnos que nos podemos encontrar a nosotros mismos en la historia de pueblos de otras latitudes. “La forma más fácil de visibilizar la realidad es ver lo que hay en la otra orilla. Para entender lo que pasa en Colombia uno puede ver lo que ha sucedido en Irlanda o en Sudáfrica. Los seres humanos nos parecemos bastante. No somos únicos ni nuestra realidad es irrepetible”.

La posibilidad de aprender sobre nosotros mismos escuchando la historia de los otros explica, en parte, el silencio que a lo largo de los años ha guardado Diana Uribe sobre la historia reciente del país. “Para trabajar necesito distancia. Es como con la pintura impresionista. Si se está muy cerca sólo se ven manchas, pero cuando uno se retira puede ver la imagen completa. Durante los años de la guerra la gente no quería que contara la historia de Colombia; quería que contara la historia del conflicto y, para ellos, eso implicaba repetir lo que pensaban. Nadie habría escuchado lo que tenía que decir porque todo el mundo estaba esperando que dijera lo que querían escuchar”.

“Fue mucho tiempo de guerra y siempre he querido hacer una historia sobre el país que sí hicimos. Me gustaría trabajar sobre nuestra propia valía a partir del mundo indígena, un poco basada en la idea de William Ospina, que dice que el único acuerdo que existe entre los colombianos es sobre la belleza del territorio. Nadie discute eso porque este país es demasiado bonito”.

A pesar de que en el panorama político global los discursos radicales y los odios enconados toman cada vez más fuerza, Uribe considera que no existe un lugar más prometedor que nuestro continente. “Hace años Europa y Estados Unidos no nos aportan ninguna idea nueva y a duras penas pueden mantener lo que alguna vez fueron. El pensamiento y el vigor histórico están en América Latina. Somos nosotros los que, con todas las dificultades del mundo, estamos construyendo nuevos universos. En donde podemos ser más optimistas es en Colombia porque, a pesar de todo, estamos construyendo un proceso de paz. Eso es distinto a estar en un retroceso histórico, como Estados Unidos con Trump o los británicos con el Brexit”.

Para ella, la historia es pendular y los derechos que se conquistan a través de las luchas sociales no son verdades talladas en piedra. Al contrario, son construcciones que hay que defender una y otra vez. “Ahora el punto de partida es diferente porque ya no hay que luchar por crear derechos sino por mantenerlos. Lo que se logró en los 60 transformó la conciencia de ese tiempo y del nuestro. Se desmontó el eurocentrismo como única forma de entender el mundo, empezó un nuevo contacto con la espiritualidad y nació una ética comprometida con el medioambiente y la no violencia. Vamos a ver en prueba todas las conquistas de libertad y la democracia, pero nada en el mundo nos va a hacer sentir más libres que defender esas conquistas”.

, “Las utopías no son para los días de sol”, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/utopias-no-son-los-dias-de-sol-articulo-667545, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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