Dice Daymé Arocena que en las calles de La Habana no la conoce nadie. Que los cubanos apenas se están enterando de que “la muchachita que anda por ahí cantando y haciendo un poco de bulla” es ella, la que supo desde niña que su sino es cantar. Cantar usando un bote de desodorante como micrófono. Cantar a todo pulmón canciones de Whitney Houston. Cantar para exorcizar una pena de amor. Cantar para ser ella. Cantar para ser otra. Cantar para respirar.

Daymé Arocena vive en el municipio habanero Plaza de la Revolución, pero pasa la mayor parte de su tiempo viajando. París, Barranquilla, Londres, Roma, Nueva York y Barcelona son algunas de las ciudades señaladas en su ruta de este año. Es cantante de jazz, graduada en dirección coral y compositora. Empezó a estudiar música a los ocho años. Cuando tenía 15 se convirtió en la vocalista de una big band de chicos y a los 19 creó su propia banda de jazz. Su abuela Milla les puso un nombre: Alami. Como las piedras secretas de Olokun —deidad de la religión yoruba—, como los siete remos del barco de Yemayá —diosa del mar— y como el manto que cubre a las santas en los altares. Eran cinco. Todas mujeres. “Desde que empecé a hacer jazz, me he dado cuenta de que yo era siempre la única chica del grupo —afirmó en 2014—. Así que me dije a mí misma: ¿Qué pasa con las mujeres?”.

La notoriedad internacional de su carrera como solista empezó en 2014, cuando François Renié —director de comunicaciones de Havana Club Internacional— la escuchó cantando en el cabaret Delirio Habanero. Al cabo de unos días la invitó a participar en Havana Cultura Mix – The Soundclash!, un disco de cantantes cubanas y DJ de diferentes países. Gilles Peterson —francés, dueño de sellos musicales, DJ y productor del disco— la invitó al lanzamiento del álbum en Londres. Allá le contó que los diez DJ involucrados en el proyecto querían grabar con ella, y que para resolver el dilema tuvieron que hacer un sorteo. Le preguntó si estaba dispuesta a quedarse unos días más para grabar su propio disco. Daymé Arocena dijo sí. Poco tiempo después, ese disco, que es su primer álbum en solitario y que se llama Nueva era, fue distinguido por la NPR (National Public Radio) de Estados Unidos como uno de los mejores 50 álbumes de 2015, y ese mismo año el periodista británico Robin Denselow escribió en The Guardian que Daymé Arocena tiene todos los ingredientes para ser la próxima estrella cubana importante.

—Hoy es un día muy inglés —me dice por teléfono, desde su casa—. El cielo está gris. Me recuerda mucho a Londres, a todo lo que extraño de allá.

Daymé Arocena nació hace 24 años en Diez de Octubre, La Habana. Es menuda, voluptuosa, de labios carnosos, pómulos altos y sonrisa blanquísima. Sobre el escenario prefiere andar descalza, vestida toda de blanco y con el pelo recogido en un turbante que puede anudar sin mirarse al espejo. Cuando está lejos de Cuba, su nostalgia se transforma en sueños que resuenan en su cabeza con letra y música, con nombres propios como La Rumba me llamo yo o Negra Caridad.

Daymé Arocena compone canciones hasta cuando está dormida.

—La música me nace natural —dice—. No empujo las cosas para que estén dentro de las canciones ni pongo acordes extraños para que suenen a jazz. Mis canciones siempre tienen un gustito jazzístico, porque es de donde vengo y es lo que me gusta cantar. Siempre tienen un toque cubano, porque soy cubana, y siempre tienen un toque de folclor, porque soy folclórica. Pero no es algo que planifico. Si se sienten ciertos códigos en la música que compongo es porque están en mí.

Con una voz que acaricia y rasga, Daymé Arocena canta en español, en inglés y en yoruba. Su madre le cuenta que en su casa llegaron a vivir 22 personas. “Nos acomodábamos como podíamos —recuerda— y, en un pasillo que unía la casa de tres apartamentos, pasábamos las horas cantando y tocando rumba”. Los boleros que le gustaban a su abuela, las canciones de la nueva trova que prefería su madre y el jazz que escuchaba su padre articularon la banda sonora de su infancia. Durante su adolescencia estudiaba en el Conservatorio Amadeo Roldán y cantaba con la big band Los Primos. Un día le dieron un papel escrito a mano, para que se aprendiera la letra de su primer estándar de jazz: My Funny Valentine. Fue como recibir una carta de amor.

—Me enamoré. Me di cuenta de que el jazz era todo lo que deseaba hacer. Me cautivó su armonía, su complejidad melódica. Quizás porque la libertad de improvisar tiene mucho que ver conmigo. No tener tiempo para pensar y analizar qué voy a decir. Simplemente soltarlo, pero soltarlo con un sentido. Y poder expresar lo que siento en el momento que estoy viviendo. Era mucho —suspira—. Era mucho para mí.

Según Félix Contreras, presentador del programa Alt.Latino, que transmite la emisora estadounidense NPR, Daymé Arocena es una mezcla de Aretha Franklin y Celia Cruz. Me lo explica en un email: “No tengo idea de cómo lo hace, pero es una combinación de las dos. Hay una emoción pura y cruda en Aretha Franklin. Escucho el mismo poder emocional en el canto de Daymé Arocena. Su voz es fuerte, como la de todos los grandes cantantes de soul y gospel afroamericanos, y profunda como la de Celia Cruz, que fijó un estándar en los vocalistas cubanos desde la primera vez que abrió la boca para cantar”.

Daymé Arocena siente fascinación por la tradición religiosa afrocubana. Pero confiesa que no tiene cabeza para las reglas ni para someterse a rutinas. Su relación con la religión se rige por la misma libertad que distingue su música: “No soy de las practicantes más severas. Mis santos están aquí, en mi corazón, en mi cabeza, en mi cuerpo. Viven conmigo. Están presentes en todo. Pero no es algo que me impongo”.

“¿Por qué las mujeres no nos damos la oportunidad de mostrar la capacidad musical que tenemos?”. La artista cubana se lo pregunta a menudo. La primera vez fue cuando decidió formar su propia banda de jazz. La última, hace dos días, cuando la impresionó una mujer que tocaba el piano en el lobby de un hotel de La Habana.

—Son pocas las mujeres que se lanzan al mundo musical en serio, a pesar de estudiar tantos años. Creo que las mujeres somos demasiado recatadas. En todas las esferas de la vida preferimos lo seguro. Un trabajo seguro en una escuela de arte, en una orquesta sinfónica… Cosas más estables. Y el jazz es un mundo de improvisación. Siempre cito un ejemplo. Cuando estamos en un bar, observamos alrededor. Decimos: “Este hombre está lindo, y este también”. Pero no nos atrevemos a invitarlo a un trago. Esperamos que el hombre se acerque. Seguimos viviendo en una burbuja muy anticuada. Si te gusta el tipo, nena, ¡invítalo a un trago! No pasa nada. Y si él no quiere, en la esquina hay más —suelta una carcajada—. Las mujeres deberíamos ser más arriesgadas, en el jazz y en la vida.

—¿Usted sí invita al trago?

—Aunque me tiemblen las piernas. Yo no llamo por teléfono, ni envío cartas, ni emails. Si un hombre me conmueve, le digo las cosas ahí, frente a frente.

, “Las mujeres deberíamos ser más arriesgadas, en el jazz y en la vida”, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/mujeres-deberiamos-ser-mas-arriesgadas-el-jazz-y-vida-articulo-658915, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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