Sólo algunos tendrán la dicha de decir que jamás sintieron ahogarse ni un mínimo instante en el decrépito y turbio océano de emociones y pensamientos que trae consigo la adolescencia: las inseguridades físicas, la necesidad de encajar, el afán de ser notado o pasar inadvertido, la pena inmensa ante el más mínimo error frente a otros, la incomodidad ante los cambios en el cuerpo, el anhelo de querer ser tratado como adulto pero sin perder los beneficios de ser considerado niño, el rechazo de otros, el amor desbocado que de repente nace por un ídolo, la repugnancia incontenible por aquello que se sienta que limita,  lo inmenso que se ve el mundo, lo voluble que se siente uno, el querer que lo dejen ser, pero no tener idea de quién ser. Es obvio que esa etapa no es solo fatalidad y desconcierto ante la vida, muchos viven su primer amor y otro tanto de “primeras veces”, algunos establecen lazos de amistad eternos, otros definen claramente qué quieren hacer con sus vidas y trazan rutas para llegar a su destino, unos simplemente la viven así sin más, dejando que todo fluya, bueno o malo, porque tienen claro que solo es un momento por el que todos deben pasar.  Esa confusión en la adolescencia, ese desasosiego de la realidad, ese enfrentamiento constante ante la aceptación social, son los matices que Emma Cline logra retratar en su novela debut llamada: “Las chicas”. Un título certero para una historia que habla de la fragilidad humana sobretodo en el deseo impaciente de querer ser amado. Una historia que tiene como voz principal a una chica: alguna vez adolescente y ahora adulta. Un relato que utiliza como eje dramático un oscuro episodio de los E.E.U.U. en los años sesentas: los asesinatos cometidos por “La familia Manson”.  Charles Manson es recordado por ser el líder de un grupo criminal que surgió a finales de los años sesenta en el desierto de California. El rancho de Manson fue el punto de acogida de muchos de sus seguidores, especialmente mujeres, que seducidas por su carisma cometieron crímenes y se prestaban para intercambios sexuales, con tal de recibir favores para la “familia”. De estas mujeres, se destacan tres: Susan Atkins, Patricia Krenwinkel y Leslie Van Houten, quienes a solicitud de Manson, asesinaron brutalmente a la actriz Sharon Tate, quien contaba con 8 meses de embarazo, y a otras cuatro personas que se encontraban en la mansión 10050 de Cielo Drive, en Los Ángeles. Las tres chicas, acompañadas por Tex Watson, con toda sevicia propinaron varias puñaladas y dispararon a los habitantes de la casa, en cumplimiento de las órdenes de su líder.  Un detalle impactó a la prensa y a los seguidores del juicio contra ellas: sus rostros juveniles y angelicales, siempre mantuvieran una pícara sonrisa y un desdén contra el proceso judicial, al punto, que sin remordimiento alguno se declararon culpables y quisieron eximir de cualquier responsabilidad o participación a Manson de los crímenes perpetrados; estas chicas y el porqué de sus acciones son del interés de Cline, atrás deja el protagonismo de Manson y coloca bajo los reflectores a estas mujeres.  La intención principal de la autora es develar un poco la fragilidad de la adolescencia, el fácil encanto que tiene lo novedoso, la falta de criterio para tomar decisiones y lo voluble que se siente ser mujer en un escenario bombardeado de estereotipos. Por eso el título de “Las chicas”, que aunque bien el relato tiene personajes masculinos cruciales, estos sirven de lectura para la comprensión de la psicología de los personajes femeninos. “Todos queremos que nos vean”, declara en algún momento la protagonista de la historia, una adolescente de catorce años llamada Evie Boyd, inadvertida y confundida. Justamente ese sentimiento de sentirse parte de algo, es la que la empuja y la mantiene por algún tiempo, en las rutinas y hechos de un grupo de personas lideradas por un tipo llamado Russell; el personaje inspirado en Charles Manson.   Pero Evie no solo reconoce ese deseo en ella, lo ve en su madre, una mujer rota que ante el divorcio no sabe cómo recomponerse y recurre a un sinfín de recursos para reconstruirse de nuevo, siendo el resultado el mismo, la entrega total a otro, olvidándose de ella misma. Lo nota en su mejor amiga de colegio, que representa a la adolescente fanática de los trucos de belleza y conquista de las revistas juveniles, a la que no le importa ponerse en ridículo si eso le asegura la atención del chico que le gusta, también lo ve en la novia de un conocido, o en la nueva novia de su padre, una joven afortunada según Evie, de ser notada por su seguridad despreocupada, por esa belleza fácil, la encarnación de la simpatía, un imán de miradas de deseo. También en la chica de la que ella se enamora, Suzanne Parker, una chica de esas que por el simple hecho de existir ya merecen elogios y lo nota secretamente en el propio Russell. Sin embargo, son las mujeres el centro de esta historia, y cada una pasa por el ojo inspector de la adolescente, quien intenta comprenderse a través de ellas.  El desencanto que le genera su madre, la ruptura de la amistad con Connie, el rechazo del chico que le gusta y la invisibilidad de su existencia, arrastran a Evie a aferrarse a Suzanne cuando se la cruza un par de veces por las calles. Todo en ella le llama la atención, su pelo, su vestido, su mirada cálida pero punzante, su aire de desdén por las reglas, su sonrisa misteriosa, pero sobretodo su cordialidad, la amabilidad que tuvo al notarla, de cruzar unas palabras con ella.  Ese deseo inclemente de encajar y luego aún más fuerte el deseo de ser amada, la seduce para hacer parte del grupo de personas seguidoras de Russell; un carnaval de personajes que viven sus días hurgando en las basuras para rescatar restos de comida, drogándose para alcanzar el comprendimiento espiritual y encontrar el amor comunitario, compartiendo todos los bienes obtenidos sin importar el medio, entregando sus cuerpos y pensamiento a su líder. En todo ello se ve involucrada Evie, quien experimenta con drogas psicodélicas, participa en encuentros sexuales, realiza las tareas comunitarias, comete robos para conseguir recursos para el rancho, presencia acontecimientos bizarros, por lo que poco a poco se va despojando de los retazos de su inocencia infantil y se va adentrando en una confusa vida adulta. Punto de quiebre definitivo cuando es protagonista indirecta de uno de los acontecimientos más horripilantes de la historia reciente de E.E. U.U., una serie de asesinatos que la marcarán de por vida y la llevarán a asumir culpas y miedos.  Poco a poco, la adolescente va desenmarañando como ella y las otras chicas, caen fácilmente en los falsos cumplidos y cariños de Russell, un hombre al que define como “experto en tristeza femenina”, quien se aprovecha de su simpatía para que otros hagan cosas por él, quien bajo el halo seductor de su personalidad y su discurso de amor, del no egoísmo, de la trascendencia de lo material y de la ruptura de límites, logra reclutar a un grupo, chicas principalmente, para que se unan a su clan.  Evie comprendería años más tarde, que siempre estaba esperando que alguien notará algo bueno en ella, que fueran otros la que la reconocieran como una persona valiosa, que a las chicas les inflan las promesas de amor con canciones, con vestidos, con productos cosméticos o con una dieta milagrosa, pero que luego todo les sea arrebatado al enfrentarse al primer rechazo, ante el cambio incontrolable de emociones, cuando la falsa seguridad quedaba revelada,  porque “todo el tiempo que había dedicado a prepararme, esos artículos que enseñaban que la vida no era más que una sala de espera, hasta que alguien se fijara en ti… Los chicos habían dedicado ese tiempo en convertirse en ellos mismos” (pág. 30). Para las chicas, la capacidad de creer en sí mismas era algo impensado, el juicio propio no era fiable, por eso la necesidad de validar la realidad a través de otros, a través de Russell.  Emma Cline es una joven pero brillante escritora, no fue necesario que pasará mucho tiempo desde la publicación de su novela por la casa editorial Random House, para que el mundo literario posará su interés en ella. Ha sorprendido tanto con su prosa fluida y fresca, que ya compraron los derechos para llevar a “Las chicas” a la pantalla grande y para ser traducida en 35 países. Todo alrededor de ella vaticina ser un éxito, ya era conocida por publicar relatos cortos en revistas como Granta o The Paris Review, esta última en 2014 le concedió el Plimpton Prize, por eso el eco que logró con su debut a muchos no tomó por sorpresa.  La magia de la novela de Cline radica en esa capacidad para que el lector se sienta identificado en algún momento con su yo adolescente, incluso con su yo adulto. Porque aunque se crezca y se crean superados los temores juveniles, en algún momento pueden volver a asomarse o peor aún, instalarse en lo que ya se asume un estilo de vida delimitado. Aunque, tanto hombres como mujeres pueden encontrarse en algún personaje, las inseguridades del mundo femenino son el ingrediente primordial de esta ópera prima; y es la explotación de ellas, las que explican porque unas chicas aparentemente risueñas, cálidas, y bellas llegaron a cometer actos barbáricos y no expresar remordimiento.   Además, así sea por simple curiosidad o morbo, la autora logra despertar en conocedores o no de la historia de Charles Manson y su clan, el deseo de comparar la descripción de sus personajes con las personas de la vida real, y ver en qué coinciden su relato con ellos, en otorgarles rostros existentes a las chicas y a su hombre, en perderse por un segundo en sus cálidas sonrisas y ser incapaz de comprender cómo esos dulces rostros, son máscaras de personalidades macabras.  

*Antropóloga de la Universidad Nacional de Colombia. 

 

 

, Las chicas, el clan Manson y la inseguridad adolescente, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/chicas-el-clan-manson-y-inseguridad-adolescente-articulo-669957, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


(adsbygoogle = window.adsbygoogle || []).push({});

Jose Raul Lopez Daza – protección ambiental