Llama la atención de su biografía su doble nacionalidad: bielorrusa y argentina. ¿Qué tanto se ha nutrido su obra de esas dos tradiciones poéticas? ¿Su mirada es el resultado de una mezcla de lo eslavo con lo hispanoamericano?

Nací en la ciudad de Gómel, Bielorrusia, en 1986. Los fines de semana los pasaba en la naturaleza, en la aldea de mis abuelos campesinos. Ellos vivían de sus cultivos. Gómel era sumamente tranquila, de largas avenidas, poca gente y parques detrás de los edificios. A los seis años leía los cuentos de Pushkin, en el colegio. También recuerdo que debíamos aprender de memoria los poemas del poeta campesino ruso Serguei Esenin, entre otros. Recuerdo muy bien los monumentos de los diferentes poetas en mi ciudad. Estos fueron mis primeros acercamientos a la poesía.

En 1996 emigramos a la Argentina, a Buenos Aires. Aprendiendo el castellano descubrí a Lorca y más tarde a Alejandra Pizarnik, Borges, Panero, Olga Orozco, Édgar Bayley, entre otros, y percibí la música del idioma de estos autores. En esa época empecé a traducir a los poetas rusos, como Ana Ajmátova y Esenin al español. Mi escritura comenzó a nutrirse de este maravilloso trabajo que es la traducción, del traslado de un idioma a otro, de una lectura más profunda de los poetas.

Uno de sus versos dice: “Escribir es ir hacia la herida para curarla con veneno”. ¿Cómo fue su descubrimiento de la poesía? ¿Qué papel juega la escritura en su vida diaria?

La escritura me permite indagar nuestro tiempo y a la vez me reconecta con el tiempo y la historia de mis antepasados, como decía Osip Mandelstam: “La poesía es el arado que desentierra el tiempo, poniendo al descubierto sus estratos más profundos, su tierra negra”.

Descubrí la poesía pronto. Recuerdo que cuando tenía cinco años, mi madre me cantaba los poemas de Marina Tsvietáieva. Hoy en día es una de las poetas fundamentales para mí y la estoy traduciendo para un nuevo proyecto. En la actualidad doy talleres de poesía de manera virtual y presencial; sigo traduciendo a poetas rusos. Investigo y escribo notas sobre ellos. Hace un mes terminé de escribir un poemario y espero con mucha alegría la publicación de mi libro Esteparia en Bogotá.

Usted hace parte de una generación de poetas eslavos que fue marcada por el fin de la URSS y por la catástrofe de Chernóbil. ¿Cómo estos dos acontecimientos han formado su visión del mundo? ¿Están presentes en su obra?

Cuando era chica, recuerdo que había días en los que mi hermano y yo no podíamos salir a jugar a la calle ni exponernos demasiado al sol, debíamos evitar ciertas lluvias. Sabíamos que esos impedimentos tenían que ver con la radiación, pero no preguntábamos. Eso formaba parte de nuestra vida diaria, convivíamos con un enemigo invisible, la población se alimentaba de frutos que daba una tierra contaminada. La gente comenzaba a sufrir las consecuencias del accidente de Chernóbil, sobre todo los hombres: en el edificio en el que vivíamos quedaron sólo las mujeres y algunos niños. En un poema de mi último poemario, Siguiente vitalidad, tengo este poema que habla del tema: “Nuestros hombres comienzan a extinguirse, / nadie sabe por qué las mujeres resisten más”. En mi libro anterior, Todo ajeno, también ronda este tema y el de la resistencia en una época tan compleja en un país tan golpeado:

La decadencia

Lo recuerdo muy bien. Corría el año 89.

No muy lejos cayó un muro. Cambiaron

las modas y las muecas.

Sólo los monumentos tardaron en desaparecer.

Los que no podían escribir, escribieron.

Los que conseguían leche en el mercado negro

tuvieron más hijos.

Todo se llenó de fe desesperada.

Recuerdo los primeros cambios a partir de la desintegración de la URSS, la apertura de Bielorrusia hacia el comercio exterior, la aparición de la publicidad en las calles y en la televisión, góndolas con algunos productos extranjeros que jamás habíamos visto, la transformación o la desaparición de los barrios obreros. De eso habla el joven poeta suicida Boris Rizhy. Su poesía es la melancolía por la época anterior a la Perestroika.

En su visita a Colombia, usted presentó Esteparia, un poemario. ¿Qué vías tienen los poetas jóvenes para dar a conocer sus versos al público fuera de sus fronteras nacionales? ¿La poesía es acaso un género de gueto editorial?

La poesía usa los espacios de la anarquía, traspasa lo cristalizado, está fuera de todo centro y desde allí habla y sobrevive. En Argentina estamos atravesando un momento muy complejo, y como resistencia, las editoriales independientes resurgieron con propuestas inteligentes, unieron fuerzas y elaboraron maneras de llevar los libros a diferentes regiones del país.

, “La poesía usa los espacios de la anarquía”: Natalia Litvinova, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/poesia-usa-los-espacios-de-anarquia-natalia-litvinova-articulo-654785, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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