Un día cualquiera en una coincidencia cualquiera me topé con unos ojos color avellana delineados con el ébano de la noche; una tarde cualquiera me topé con una voz profunda que escaló los adentros de mis anhelos, y una noche cualquiera me entregué ambiguamente a lo que sería el principio de un melodrama romántico cansado de esperar, sustentado en la nada y en la poca sensata promesa bajo cuerda del contigo ni sin ti.

Me dejé caer en ilusiones inmaduras. Yo era la joven entrando a los 20 y vos el hombre entrando a la siguiente década. ¿Qué podía decir? Mi corazón latía a mil por hora cuando te sentía cerca; el solo hecho de haber capturado tu interés ya era una gran hazaña. Me hacía sentir madura, realizada, segura de lo que quería, te quería a vos, enterito y completico, solo para mí; pero vos, ¡ay! vos… vos solo veías a una chica menor por la que sentías una atracción extraña que fingías controlar, disimulando el miedo terrible que te daba involucrarte con alguien así: alguien que “apenas empezaba a vivir”, alguien que no había terminado la universidad, que todavía abrazaba un peluche para dormir, que todavía pedía permiso y mentía a sus padres para escaparse una noche con vos, alguien un poco mayor que tu hermano, un alguien, una chica como yo, ansiosa por vivir… por vivirlo todo, con vos.

Y sin embargo no huiste, pero tampoco te quedaste. Decidiste aguardar desde un delgado umbral de locura, expectante y calculador a que la atracción se disipara. Quisiste engañarte creyendo que tenías la situación bajo control, hasta yo me lo creí un par de veces y me alejé con el corazón en las manos entre la muchedumbre transeúnte de una fría ciudad. Pero volvías y yo te esperaba. Vivíamos del instante y creíamos, o creía, que así estaba bien, que era perfecto, que actuaba de manera consciente, de manera conscientemente insensata y perjudicial.

Entre cientos de excusas de “no eres tú, soy yo”, “es tu edad”, “no es el momento”, “no es el tiempo”, “no es la ciudad”, “es el destino”… te fuiste dejando desnudar, te fuiste dejando querer, empezaste a quererme y terminé habitando las profundas cavidades de tu corazón. Entre cientos de excusas me fui dejando desnudar, me fui dejando querer, empecé a quererte y terminaste habitando las profundas cavidades de mi corazón. Entre sístole y diástole y ataques de ansiedad nos amamos incontables veces en una cama sencilla, y lo teníamos todo, el cariño, la risa, la música, la inocencia y la sinceridad de un sentimiento rodeado de imposibles.

Y pensé que el tiempo haría lo suyo, pensé que la vida me pondría un nuevo galán a medida y creí encontrarlo –mentiría si dijera lo contrario–, y te esquivé y atajé lo que sentía por vos y lo guardé en alguna bifurcación del cerebro creyendo erróneamente que lo había desechado. Desechar un sentimiento, qué premisa tan falsa, la vida sabe transformar el sentir pero es muy mala consejera desvaneciendo los amores frustrados.

Y volviste a mí, volví a ti, volvimos a vernos entre largos intervalos. Te aseguraste de mantenerte vigente y al final entendí que siempre tuviste el control y la última palabra. Muchas veces no quise confrontar mis sentimientos por miedo al rechazo y por la vergüenza de reflejar la edad que muy bien sabía que tenía y que tú muy bien sabías que tenía. Quise jugar a la chica madura, quise apaciguar mis caprichos, quise ignorar que estaba enamorada en soledad porque lo único que amarías de mí sería mi inocencia, mi potencial profesional y la libertad en la que me dejarías para ser lo que siempre había querido. No quisiste escucharme, no quisiste intentarlo. Te dio miedo el fracaso, te dio miedo herirme, te dio miedo sentir más de la cuenta, no corresponder, y sin embargo, ahí seguía yo, entre tus sábanas, entre tus pecas; contando los lunares de tu espalda, escuchando el latido de tu corazón, abrazándote en tus momentos más vulnerables, leyéndote más de la cuenta, analizando en silencio, entendiendo con prudencia y callando patéticamente por miedo a perder lo poco o nada que podía obtener de ti.

Quisiste argumentar tu ausencia con el temor hacia el futuro y yo para mi propia tranquilidad quise creer que había algo de cierto en esas palabras escuetas. Y tal vez había verdad, no una que quisiera escuchar pero que aceptaba abnegadamente. Siguió pasando el tiempo y por fin el destino hizo lo suyo, nos distanciamos en cuerpo y alma; tomé mi rumbo y aunque anhelé volver un par de veces, y te encontré otras veces tantas, el sinsabor nunca se disipó y solo quedaron rezagos de un amantazgo sostenido en un hilo débil de atracción. Intentamos mentirnos y mantener vivo un sentimiento por defecto, intentamos amarnos a la distancia y la vida nos hizo pasar saliva amargamente una docena de veces. Nos creíamos importantes el uno para el otro pero al final no teníamos incidencia alguna en nuestras decisiones trascendentales. Nos reducimos a esto: a una mujer graduada, con trabajo, más madura y segura de sí misma y a un hombre en el cual la madurez se estancó, un hombre que ya fue, que ya es y que nunca cambiará. Ya no éramos compatibles. No fuimos nada, lo fuimos todo; no somos nada y sin embargo a ratos y con un breve saludo nos recordamos por qué fuiste muy mío y por qué muy tuya fui, y volvemos a despedimos con la misma incertidumbre que dura una eternidad y que habita los pensamientos fugaces del recuerdo.

Entre esos pequeños atisbos de interés y esas migajas de cariño a veces te metés en mi sonrisa; entre minutos congelados en el tiempo a veces pareciera que volvés a mí, que volvés a ser mío y que vuelvo a ser tuya, que volvés a acariciarme en aquel viejo nido, que volvés a cantarme canciones tristes acompañadas de una ronca guitarra, que volvés a sentir retortijones en el pecho de la emoción de no saber qué pueda suceder, y al final, cuando creo despegar los pies del suelo, el tiempo me recuerda que ya ha pasado su factura, que yo no soy, que yo no he estado, que no sos vos, que nunca estuviste, que no estás y que nunca quisiste quedarte más de lo que dura un café charlado, una noche de sexo, una mañana de sueño o un saludo y despedida en el zaguán; y caigo lentamente mientras la brisa me susurra suavemente la irrefutable verdad de nuestra historia: nunca fuimos, nunca hubo un vos y yo, no somos, no hay un vos y yo… en la nada nos encontramos y es la nada la encargada de habernos separado para siempre.

, La paradoja del somos, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/paradoja-del-somos-articulo-665316, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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