Un policía retirado que busca la redención y exorcizar el recuerdo de una mujer fatal, un sicario de sangre glacial, un general que maneja una gran red de crímenes, una sensual abogada defensora de los derechos humanos, una madre empecinada en lograr la venganza, una reportera hambrienta de la noticia que la saque del anonimato: estos personajes y otros más orbitan alrededor del cadáver de una cadete y de una red de prostitución que hace de las suyas en la Escuela Nacional de Policía. Estos son algunos de los ingredientes de La reina y el anillo, la primera novela de Luis González, un libretista que abandonó el mundo audiovisual para dedicarse de lleno a la escritura narrativa.

¿Cuándo y por qué supo que en el asesinato de la cadete Lina Zapata había material para una novela negra? ¿Cree que este tipo de novela da herramientas especiales para contar la historia contemporánea colombiana?

Lo de Lina era asunto público desde 2008, creo. Era una perfecta posibilidad para estructurar una novela negra. Entre otras cosas, porque siempre he pensado que la novela negra es la manera perfecta para contar la realidad colombiana. Para escribirla se necesita un héroe que enfrenta a un criminal poderoso que opera en las sombras, una autoridad corrupta y muchos personajes que mienten. Esta es la esencia del thriller y es lo que pasa en nuestro país todos los días. La lucha contra el delito es nuestro pan diario y el fracaso de las investigaciones un lugar común. Se mata y se roba a destajo, pero los culpables nunca aparecen y no son castigados. Esa experiencia nos ha vuelto cínicos, duros y profundamente individualistas, como el héroe típico de la novela negra. Todos tenemos claro que para averiguar la verdad sobre algo en Colombia hay que arriesgar la vida. Y sin embargo, hay gente dispuesta a hacerlo.

Yo tenía aplazada la novela (o las novelas, porque acabo de terminar otra) porque el trabajo en televisión es amañador y muy absorbente. Te pagan muy bien, no tienes tiempo ni de rascarte, la vanidad está satisfecha y consigues acostarte con muchas actrices. Parece suficiente, pero en mi caso no lo fue.    En 2012 tomé la decisión de escribir la novela de Lina, cuando me di cuenta de que las conversaciones de paz iban en serio y que el país iba a cambiar. Nos estábamos acercando a una coyuntura donde la reconstrucción de la historia patria, así fuera novelada, sería esencial para lograr un país más amable. Entonces, me retiré de la televisión y arranqué a jugar con la idea de que era un escritor de literatura. Como la investigación es una etapa que me aburre mucho y en mi opinión atenta contra el resultado poético, me apoyé en una charla de una hora que tuve con una amiga periodista que había investigado el caso de Lina y arranqué. Terminé en 2013, pero entre la timidez y las dificultades del mundo editorial, mira lo que me demoré en verla publicada.

¿Qué tanto le aporta a su escritura literaria su anterior trabajo en el mundo audiovisual? ¿Cuáles son los puentes que unen ambas escrituras?

La narración en escenas es una tradición literaria muy vieja. La encuentras en el Quijote y en Dostoievski, para dar dos ejemplos que admiro. Así que pienso que a ese nivel no estoy aportando mucho. Solo sigo una corriente de escritores que respetan la trama por encima de todo y que están dispuestos a venderle su alma al diablo para ser legibles. Hemingway, Hammett, Chandler, no hay que buscar más allá. Mi trabajo en televisión creo que se nota más en los diálogos, que siempre fueron mi punto fuerte cuando hice series y telenovelas. Y desde luego, en mi lucha contra los adjetivos, a los que odio y quisiera ver erradicados del idioma español porque son la máscara del inepto que opina y nos han hecho mucho daño. Entonces, si sumas escenas cortas, diálogos precisos y miles de adjetivos asesinados, te encuentras con una narración cinematográfica.

No estoy subestimando la narración audiovisual porque no puedo ser desagradecido con un oficio y unas empresas que me enseñaron a escribir. Pero aspiro que más allá de la conclusión fácil de que soy un hombre de televisión haya lectores que aprecien el ritmo de una historia que está pensada para ellos, para encarretarlos, para que sea difícil abandonarla y que les dejará un sabor positivo. Porque esa es la otra: qué difícil que es en Colombia encontrar un final feliz. La mayoría de las cosas que uno lee de autores nacionales son ejercicios desesperados, que cuentan experiencias profundamente negativas y que no se dejan abordar con una sonrisa.  Mi aspiración es que La reina y el anillo, sin falsear la dureza de nuestros conflictos, ofrezca una conclusión estimulante.

Antes de continuar con el libro, me interesa preguntarle por los referentes literarios y cinematográficos que le permitieron conocer el mundo de la narración negra. ¿Cuáles son?

De los referentes literarios ya te mencioné algo. Tal vez habría que agregar a esa lista a James Ellroy, del que nunca he podido terminar una novela, pero que hace un esfuerzo lleno de talento por llevar a la novela negra a una instancia superior. Y desde luego a Alejandro Dumas y a Pérez -Reverte, su discípulo español.

En lo cinematográfico, podríamos hablar del Houston de Naked City o de su adaptación del Halcón Maltés. Pero lo más influyente para mí ha sido Samuel Fuller, un genio de la narración que construye unos personajes superequívocos pero llenos de humanidad. Este director, que no fue muy apreciado en su tiempo y que tuvo que esperar a que la Nueva Ola Francesa señalara su valor, es un maestro del género pulp y sus películas siempre me han parecido brillantes. Fuller hace tanto con tan poco, usa unos recursos tan limitados pero tan eficaces, que lo compromete a uno sin jamás soltarlo y el espectador llega al final de sus películas entre asombrado y agradecido.

Esta economía de medios, legada de un género humilde que siempre buscó un público popular y que nunca contó con presupuestos generosos, es característica de la novela negra y tiene mucho que ver con mi propuesta.

En La reina y el anillo hay dos personajes muy bien dibujados: el Cabo y Gabriel. ¿Cómo hizo para perfilarlos? Ellos caminan por la cuerda floja del bien y del mal.

Desde el principio tuve claro que los personajes no podían ser de colores muy definidos, porque eso le iba quitar verosimilitud e interés a la novela. Creo que el tiempo de los caballeros blancos que enfrentan a villanos negros está superado y que aun las representaciones más rústicas (como las telenovelas) se están arriesgando por otros caminos.

Tampoco me interesaba hacer una novela de denuncia, género que siempre he despreciado y que menos mal está entre agonizante y difunto. Me interesaba más contar sin muchos juicios morales cómo se mueven la justicia y el poder en Colombia. Nunca he creído en esa división tajante que hacen algunos entre bien y mal, pienso que todos somos en esencia regulares. El mundo está lleno de torturadores que aman a sus familias y de dechados de moralidad que violan niños. Para reflejar un mundo así, necesitaba una perspectiva más comprometida con la realidad, unos personajes que estuvieran más cerca de la manipulación y la violencia y que no fueran solo sus víctimas, sino también sus agentes. El tema del homosexualismo en este país hipócrita, donde tantos viven en un clóset, también empezó a reclamar espacio y la solución que encontré fue un asesino marica que estuviera enamorado sin esperanza del héroe. Héroe que también había matado y que buscaba su redención tratando de averiguar una verdad que iba a destruirlo. El tema romántico dio la salida final y ahí estuvo la novela.

Lo que más satisfecho me tiene son estos personajes, debo admitirlo. El que Gabriel, más allá de su humillación y su despiste, pudiera encontrar una salida feliz, no era fácil. El que el Cabo alcance una dimensión épica cuando no pasa de ser un sicario, tampoco. Pero el reto más difícil –y creo que se necesita ser mujer para poder apreciarlo– fue el de Constanza, la madre de Lina. Transitar de la venganza al olvido es un asunto complicado para una mujer y me parece que Constanza lo hace sin mucha escama.

, La novela negra y la realidad colombiana, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/novela-negra-y-realidad-colombiana-articulo-658115, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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