Y fue una mañana de sábado cualquiera, que terminó siendo La mañana. El hombre miró por la ventana de su apartamento a lo lejos, y a lo lejos estaban Cartagena, el mar, el más allá, la vida, la libertad, y también sus viejos sueños. Luego se miró a sí mismo, y más que mirarse, se escudriñó, se desnudó. Dialogó con su otro yo. Con sus otros yo. Todos eran Philip Potdevin, y todos decían algo y gritaban y se quitaban la palabra, hasta que apareció la voz del más sensato y dijo, terminantemente, que a partir de esa mañana todo iba a cambiar, y que él se iba a dedicar a ser escritor desde ese mismo día. “Y qué pasa si tú llegas a una edad avanzada, en veinte, treinta o más años y miras tu vida en perspectiva y dices ‘yo siempre quise escribir, ser un escritor; pero ahora es demasiado tarde…’; ¿te lo perdonarías?”.

Esa mañana decidió su destino, luego de haber trabajado en varias empresas, y esa misma mañana se sentó a escribir, a ser escritor, aunque lo empezó a ser desde niño, cuando leía y pensaba e imaginaba y garabateaba en hojas sueltas cuentos y versos, y reverenciaba algunos textos de Mario Vargas Llosa, de Kafka, Cortázar y Carpentier y los llevaba adonde fuera. Escribiendo en serio y jugando a escribir, fue descubriendo historias, razones, sensaciones. En fin, fue descubriendo parte de la vida y sus secretos. Los buscó, los desentrañó, los puso sobre un papel, se adentró en ellos. Palabra tras palabra, fue moldeando historias, como la de aquel primer cuento, que comenzaba con “Para llegar a Dunlichity Lodge, antiguo coto de caza del clan de los McPherson, Franz y Marie Claire debieron atravesar el paso de Drumochter, por la carretera que parte del pequeño poblado de Pitlochry, en el corazón de Escocia”.

Aquel cuento se llamaba Dunlichity. Era la historia de una pareja colombiana que se iba de excursión por las tierras altas escocesas, en busca del famoso lago Ness. Llegaban tarde en la noche a un Bed&Breakfast, llamado Dunlichity Lodge. Las únicas otras personas hospedadas eran una pareja inglesa. En la madrugada, cuando todos dormían, se dio la oportunidad para que dos de los huéspedes cometieran una infidelidad. “La tensión del cuento era si esa infidelidad se iba a dar o no –recordaría Potdevin–. Con ese primer cuento gané el concurso Germán Vargas al cuentista inédito”. Palabra tras palabras, de los cuentos pasó a su primera novela, Metatrón (Premio nacional de novela en 1994), una historia sobre los autores de doce enigmáticas pinturas coloniales de arcángeles que encontró en Sopó, cuyos nombres provenían de la Cábala y tenían un aire erótico.

Y siguió con la escritura, y la escritura lo liberó y lo condenó a continuar. A buscar. Recordó una y mil veces a su abuelo alemán, que huyó de las guerras de Europa en 1920. “Mi abuelo, a los 19 años, 1920, escapó de la Alemania derrotada y se embarcó, con tres amigos más, para América ‘a buscar oro, allá hay mucho’. Llegaron a Cuba primero, donde ‘hacía demasiado calor’ y decidieron continuar a Mexico. Allí se adentraron en las montañas en busca del preciado mineral, pero lo que encontraron fue las guerrillas zapatistas que les robaron ‘las pocas monedas de oro que nosotros traíamos. Hasta allí nos llegó la fiebre de oro’. Se volvió a embarcar y su siguiente destino fue Cartagena de Indias. Llegó y le gustó. En busca de empleo encontró el Club Cartagena. Le preguntaron qué sabe hacer y dijo ‘soy aprendiz de pastelería’, el único oficio que había podido realizar en medio de una Alemania en guerra. Lo contrataron de inmediato y ascendió rápidamente a chef. El Club Cartagena se ufanaba de ser el único lugar en contar con un chef alemán”.

Guardó la historia para que madurara (será parte de su próxima novela), y entre tanto, sacó del baúl de sus curiosidades otros cuentos, poemas y otras novelas. Peleó con el mundo y se reconcilió con parte de ese mundo. Caminó, viajó, dictó clases, hurgó en todas las vidas que pudo, inventó personajes y situaciones. Todo eso fue vivir y, por lo tanto, escribir y luego confesarse, como las confesiones de una penitente atormentada que escribió en Solicitación en confesión.

“Usaquén, 1 de junio Nobilísimo señor:

Es posible exorcizar, al fin y al cabo, el demonio de mi cuerpo. El padre Diego lo está logrando. Hoy, mientras me preguntaba por los mandamientos, metió sus manos bajo mi toca y las puso sobre mi pecho. Yo seguí en confesión y sentía sus manos abrazar mi carne dejándola como horadada por un hierro candente. Yo no distingo el bien del mal; pero siento que el mal se debilita en mí. Mi cuerpo impetuoso ha conquistado con su belleza la virtud del padre. Estoy feliz. Dije un Ave María y un rosario de quince misterios”.

Todo eso fue vivir, escribir, y volver a aquella mañana en Cartagena, 25 años atrás.