La historia oficial de Ricardo

Hay libros que lo buscan a uno. Al terminar, por esa manía de resaltar frases memorables, nombres conocidos o hechos referenciales, el fondo de sus páginas queda más amarillo que blanco. Son párrafos que se paladean. Que narran, en su aparente sencillez, la complejidad de una familia que al final son muchas. De una parte de la historia, y qué historia, de un siglo de país. Son libros que aparecen, como diría Jung, en perfecta conjugación de Destino y Sincronicidad.

Ricardo Silva Romero, reconocido de autos como un excelente escritor, crítico de cine y agudo columnista de obligada lectura, se dejó venir con una novela destinada a quedarse bien adentro del espíritu con su Historia oficial del amor. El autor echa un vistazo al tiempo, su tiempo, en retro. “Voy a contar hacia atrás la historia de mi familia. Voy a narrar al revés su destino, su karma y su suerte”. Hay momentos en que el lector se siente con la tentación de desarmarla y rearmarla utilizando la técnica cortazariana: “Y que este rompecabezas, un drama en tres actos narrado a mi manera, no solo estremecerá y confundirá como la vida, sino que, como los libros, servirá de celebración y de consuelo”. Hay quien ya propuso, armando su propio modelo, que la historia central se enfocara solo en Alfonso Romero Aguirre, abuelo materno del autor.

Surgen sensaciones diversas. La de asistir a una sesión sicoanalítica en la que el autor lleva al lector de la mano en catarsis pública, transparente, para la cual se requiere tener un profundo valor literario y personal. A pesar de lo difícil, sale muy bien librado del trance. “Todo lo que se lee aquí es verdad (…) pero también es ficción porque nadie lo creería de otro modo”. Y es inevitable preguntarse: ¿Cómo escribiría uno mismo su propia historia oficial? ¿Cómo lo harían nuestros hijos y nietos? Lo cierto es que Ricardo no tiene miedo de hacernos partícipes de sus propios miedos, de sus dudas, ni se siente débil por contar sus vulnerabilidades. Más bien lo engrandecen.

Otra sensación paradójica es la de buscar “simili/rencias” con Andrés Caicedo. Comparten una pasión infinita por el cine, la música y la escritura. Ambos han tenido “unos pocos buenos amigos”. Lectores precoces y grandes observadores. Con sus propias neurosis y sus propios desfogues. Caicedo caleño, del jesuita San Juan Berchmans, de rumba dura, drogas y licor. Silva Romero cachaco, del librepensador Gimnasio Moderno, encerrado en su timidez, gravitando alrededor de su familia y paliando sus momentos más difíciles con té. Ja.

Al final, que es el comienzo, es inevitable pensar que en Colombia, a pesar de los pesares, sí hay espacio suficiente para el amor, la ternura, la amistad y que ser decente no es una quimera. Al terminar, como dice Gustavo Gómez, uno piensa que el autor es el tipo de tipo que uno quisiera presentarle a su hermana o a su prima. Al adentrarse en su entorno, con sus amigos, con su mamá, su padre, recién fallecido, y su hermano, uno quisiera haber sido amigo de su amigo Germán. “Qué voy a hacer yo sin Germán. Si es él el encargado de decirme que no soy un desastre”. Y, en últimas, uno quisiera también ser hermano de Ricardo Silva Romero. Nunca los dos apellidos fueron tan importantes para un autor.

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