La llegada…

Bueno pela’os, son las 5 de la mañana, nos rindió bastante –anota el profe encargado de llevar una recua de universitarios a Bogotá, pa’ esas vainas de investigación: La Cátedra UNESCO–.

Yo sé que están cansados del viaje pero ni modo, debemos estar en la Javeriana antes de las 8:00 am –si es que quieren desayunar–. Él siempre ha sido así, rabioso pero gentil, malacarado pero amable, cuchilla pero sin filo. En el fondo nos quiere, y nosotros a Él también. Solo hubo tiempo de desempacar maletas en el hostal, desarrugar la percha (o sea, la ropa bonita que llevábamos para ser ponentes de la cátedra) y aplanchar por turnos la camisa, o el pantalón o incluso la blusa, que varias niñas llevaron.

Bogotá era fría, pero no tan fría esta vez, quizá por el agite de que nos iba a coger la tarde, por las ansias a flor de piel que varios manifestamos, por la cara de Édgar, el profe del que ya hablamos y quien nos hacía hervir la sangre, o quizá, tal vez, por la unión de grupo. Uno se sentía como en familia entre un montón de gente sin vínculos sanguíneos; familia en un lugar extraño que acogimos como nuestra casa, familia al salir todos juntos, uno tras de otro, siempre en fila india con temor a perderse en una gran ciudad –La Capital– y de la que los medios siempre hablan mal: que está fea, llena de basura, fría y que matan y atracan por doquier. Ahí es donde uno se aferra a la familia, o al menos a esa gente cercana que parece serlo sin ser.

Como toda Cátedra que se respete, esta no podía ser la excepción: aportante pero aburrida al inicio. Sirvió para que muchos de nosotros, y demás del auditorio pusieran a bailar su cabeza al son del sueño. Yo me desperté de inmediato cuando escuché hablar a Francisco Sierra Caballero, el director general de la CIESPAL, y quién nos enseñó bastante sobre eso del “Capitalismo cognitivo” y la transversalidad. Otros quisieron ir en busca de café.

Pasada la mañana y parte de la tarde llegó la dispersión grupal, la familia se había desintegrado, unos tenían que estar en un bloque mientras que otros hacíamos las ponencias en aulas diferentes, y bloques que quedaban al otro extremo del auditorio central, El Félix Restrepo. Era el momento para enfrentar temores y sentirnos casi solos en Bogotá, en una Universidad de ‘gente puppy’ y para mí, una primera experiencia de ponencia en investigación ante Magister’s, y doctorandos. Algo que rompe los parámetros y esquemas de lo normal.

Quebrar el hielo fue fácil, más de lo que pensé; la naturalidad de la gente –casi todos rolos, como era de esperarse– me llevó a generar confianza en mí, en el proyecto de investigación y, sobre todo, en mi ponencia. La Academia me demostró una vez más que la gente educada expresa un nivel más comprensivo de tolerancia y respeto por los demás, aunque también lo he recibido de gente humilde, sin educación académica pero con educación de vida.

La ponencia, la Cátedra, la Javeriana con su gente puppy, sus extensas instalaciones… todo me gustó, pero nada pudo maravillarme más en mi primer día de viaje en Bogotá que el regreso a La Candelaria: El Centro Histórico de Bogotá, allí donde se fundó la capital el 6 de agosto de 1538 y que para mí devela tiempos de antaño; sentarme en Teusaquillo, hoy día Chorro de Quevedo, a tomarme una cerveza y compartir con unos cuantos buenos amigos, me hacía sentir como el “Zipa” contemporáneo, aquel a quienes los muiscas daban un título de nobleza por ser el gobernante supremo de Zipazgo, y es que en mi aislamiento de la realidad, puedo ser elevado, muchas veces disperso, viajando… en el tiempo.

Las calles de La Candelaria encerraban magia para mi viaje, me atrapaban, sacaban a relucir mi espíritu ansioso de viajero, de juventud curiosa, con ganas de devorarme el mundo, de viajar por él y enriquecer mis culturas. Ver en cada esquina un extranjero saliendo de un hostal, ver un café que me invitaba a entrar, a dispersarme, a tomarme un trago y a olvidarme de todo problema, toda preocupación mundana; eso es lo que yo anhelo como proyecto de vida, perderme en un mar de aventuras, por el mundo, observando y escribiendo mis realidades, las que vivo o me invento en diferentes contextos. Rápidamente se me fue el tiempo, se esfumó y siendo mitad de semana, resulté gozando de la fiesta urbana en Bogotá, en un bar con nombre “El Candelario” y que oferta servicios de intercambio cultural entre extranjeros y viajeros, justo los días miércoles en la ciudad. Toda una experiencia maravillosa, un poco costosa… pero brutal.

Amaneció de nuevo en Bogotá, esta vez no estaba hechado en la banca de atrás de la van; al contrario, estaba bien acomodado y arropado en la cama del hostal, con un sentimiento de placer que nadie me podía arrebatar; bastó con abrir los ojos, dar un salto de la cama, ducharme con agua tibia y emprender un nuevo día en aquella maravillosa ciudad que ya empezaba a enamorarme. “La fría y fea Bogotá” que amé.

Entre cátedra y panelistas, se difundió la mañana de jueves; esta vez habíamos planeado visitar un periódico de la ciudad, con el ánimo de aprender un poco sobre el bello arte de escribir. Todo un grupo de comunicadores en una van, todos en su diversidad, algunos organizacionales, otros periodistas y casi todos en función del desarrollo, desde sus diversos saberes. ¡Hasta con psicólogo a bordo!, por ser un compañero de la Universidad, que acompañó el viaje y con quien adelantó mi trabajo de grado de modo interdisciplinar. Todos íbamos con un sentido, aprender. Y sí que aprendimos. El editor de cultura del periódico, Fernando Araújo Vélez, quien nos recibió con amabilidad; nos dio una lección de vida a modo reflexivo más allá que una lección de escritura. Pues escribir es justamente eso, desprenderse de los demonios que atajan, que cohíben y soltar la mente, la pluma… divagar en un papel.

Hoy por hoy soy un hombre que escribo, bien o mal… no sé, pero lo hago con convicción de que la escritura puede desahogarme el alma, librarme de mis demonios y transformar mi ser. También lo hago para contar historias y plasmar aventuras que no quiero nunca olvidar, porque la carne es humana, y como humana falla, tiene errores y tiende a olvidar. Espero que la tinta no devele el mismo mal.

Bogotá, entre sus calles, su gente, su infraestructura colonial, su magia y su rudeza; me enamoró, me dio fe de pensar en mí, en mis sueños, mis metas, mis locuras… pero sobre todas las cosas, me dio una visión general de lo que soy, lo que quiero seguir siendo, y lo que puedo llegar a ser: un escritor de vida, y de vidas.

, "La fría y fea Bogotá" que amé, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/fria-y-fea-bogota-ame-articulo-666026, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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