En el año 1889 se inauguró en París el famoso club nocturno Moulin Rouge, que todavía existe y es un homenaje doble al arte y a la juerga. Para promocionarlo, los fundadores pensaron en recurrir al lenguaje (nuevo en ese entonces) del afiche. Contactaron al pintor Henri de Toulouse-Lautrec, quien se encargó de inmortalizar las escenas de ilustres visitantes y bailarinas de can-can que hoy siguen siendo emblemáticas. En tanto que otros pintores desdeñaban el afiche por considerarlo demasiado comercial, con su mezcla entre el dibujo y el aviso, Toulouse-Lautrec lo elevó a la categoría de arte. Produjo 363 en total. Desde donde se le mire, nos dejó el testimonio visual de una época.

A lo largo de la historia han existido momentos de florecimiento de las artes y las libertades. El Renacimiento italiano fue uno; la década del 60 en ciudades como San Francisco fue otro. En el medio de los dos hay un período alucinante: ese fin-de-siècle o transición del siglo XIX al XX en la capital francesa. Empezó quizás con las primeras luces eléctricas instaladas en la Place de l’Étoile en 1878: la noche se volvía luminosa, vívida, alegre. Y sus habitantes, bohemios pero acuciosos, empezaron a fulgurar.

Uno de ellos fue Erik Satie. No le gustaba que lo llamaran compositor, ni siquiera músico. Para él, su oficio era el de “fonometrista”, una expresión inventada por él mismo que por su etimología entendemos como “aquel que mide los sonidos”. Justo en esos tiempos en que el Moulin Rouge convocaba lo más excéntrico del arte, Satie escribió sus Gymnopedias para piano: son piezas de una engañosa sencillez que terminaron sonando hasta en comerciales de televisión.

Hace unos meses, sin embargo, el musicólogo Peter Quantrill escribió que era hora de dejar de pensar en Satie como ese artesano excéntrico y tomarlo mucho más en serio, ubicarlo entre los grandes compositores de su tiempo. En un artículo para la revista Gramophone anotaba: “La música de Satie es como el dibujo a lápiz de lo que más adelante serían las grandes pinturas del siglo. Uno puede escuchar sonidos que se adelantan a Messiaen, a Poulenc… ideas que después se hicieron realidad”.

Sin duda, esta edición venidera del Cartagena Festival Internacional de Música ayudará a esa labor. El título de “Símbolo y sonido” (que parece sacado de un libro de algún filósofo francés) cobija toda esta época y los cambios en las temáticas, en las armonías, en los timbres, que dieron paso al modernismo a través de obras que hoy son muy reconocidas. Obras que aunque mantienen cierto exotismo no son difíciles de escuchar; más bien nos acercamos a ellas con la fascinación de quien analiza un sueño.

El paso al siglo XX tuvo una banda sonora en la que fueron notables las composiciones de Claude Debussy. Su trilogía para orquesta Nocturnos, estrenada en 1899, finalizaba con “Sirenas”, que es una pieza donde se requiere un coro femenino para que no cante nada. Es decir, no hay letra. Pero tampoco es necesaria: Debussy busca explorar la voz como instrumento, la ubica al lado de las cuerdas sinfónicas y logra una hermosa abstracción. El camino queda iluminado para ejercicios posteriores cada vez más imaginativos.

Y apenas despunta la segunda década del siglo XX, ya empiezan los grandes exégetas de la locura, como André Breton, a proclamar que debemos emanciparnos del reino de la razón. El primer manifiesto surrealista aparecía por esa época, al tiempo que René Clair proyectaba sus primeras películas de cine, encargándole la música a Erik Satie. Y Antonin Artaud descubría la inspiración literaria a través del consumo de láudano, y Josephine Baker bailaba semidesnuda en los teatros, y Maurice Ravel escribía un Bolero de 15 minutos de duración para la compañía de ballet de Ida Rubinstein. Definitivamente en esos tiempos, como escribió ese testigo afortunado que fue Ernest Hemingway, “París era una fiesta”.

Periodista musical y escritor.

, La fiesta inolvidable, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/fiesta-inolvidable-articulo-665373, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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