Jacques Austerlitz no leía periódicos, temía a las revelaciones desagradables. Encendía la radio sólo en momentos determinados y creaba a su alrededor un espacio libre de realidad. Hasta este punto podría ser cualquiera de nosotros durante estos últimos meses, pero el aislamiento en el que se ponía a salvo estaba relacionado con la historia de su infancia. Con  el terror de descubrir de dónde venía. Él se esforzaba por no recordar, pero una y otra vez aparecía en su mente la imagen de un niño de 4 años con una mochila verde y unas medias blancas hasta la rodilla al que una pareja le hablaba un idioma desconocido. Era 1939 y había llegado en un Kindertransport a Inglaterra. El rastro del padre se perdió en París y su m adre fue enviada al campo de prisioneros en Terezín. Es Austerlitz (2001), la última novela escrita por de W. G. Sebald.

Cuenta la historia alguien del que se sabe muy poco; imposible no pensar que es el propio Sebald que ha venido desde Los anillos de Saturno a continuar con esos párrafos casi sin puntuación de los que es difícil desprenderse. En algunas páginas aparecen fotografías que se convierten en estaciones de reflexión a veces más inquietantes que lo que se acaba de leer. El narrador cuenta que ve por primera vez a Austerlitz sentado en la Estación Central de Amberes, en Bélgica, y le llama la atención que este no parece un viajero ni espera un tren como todos los demás; está dibujando y tomando notas de la arquitectura del lugar. Es 1967, Sebald se le acerca y así comienzan una charla, a veces interrumpida por largos periodos, que durará más de veinte años.

Por mucho tiempo Austerlitz no supo nada de la ocupación de Europa por los alemanes, pero en el fondo intuía de lo que había escapado. Sus paseos interminables por Londres y la acumulación de conocimientos anteriores al siglo XX lo mantenían a salvo. Su memoria es un espacio en blanco, sin ni siquiera con el “consuelo” de sufrir del síndrome de Korsakov, que padece uno de los personajes de otro libro de Sebald, Los emigrados (1992), y que consiste en reemplazar los recuerdos reales por ficticios. Síndrome que el escritor Juan Gabriel Vásquez, en su ensayo “Memoria perfeccionada”, califica como metáfora para los escritores, quienes utilizan esos recuerdos para crear a partir de ellos.

Vásquez también dice que la Historia, con mayúscula, tiene la curiosa característica de volverse inofensiva con el tiempo. Inofensiva por la mala memoria colectiva y, precisamente, por esta experimentamos una repetición sin sentido de las decisiones en masa. Uno podría pasarse la vida encerrado en otro tiempo, como Austerlitz, protegiéndose de lo que pasa afuera y solo quizás, cuando ese mundo interior ahogue un poco, echar un vistazo a la realidad, para darse cuenta que afuera todo es peor y volver a uno mismo.

Sebald no era muy apreciado en Alemania porque recordaba una y otra vez con sus libros todo lo que había sucedido en su país; él nació en Wertach, en 1944. Sus compatriotas intentaban seguir adelante sin revisar su memoria, sin curar. Winfried Georg Maximilian Sebald prefería ser llamado Max. No quería estar relacionado con su nombre alemán. Su padre había trabajado para el ejército durante la invasión a Polonia, en 1939. El escritor siendo un niño lo había idealizado; tenía 3 años la primera vez que lo vio y resultó ser alguien autoritario de quien quiso separarse totalmente. “No me sorprende que, si repasamos todo lo que se hizo durante la dictadura en nombre de esta nación —Alemania—, nos despeñemos en el abismo del desconsuelo”, comentó Sebald en una entrevista.

W.G. Sebald murió en 2001, en Norwich, Inglaterra. Sufrió un paro cardiaco mientras conducía su carro. Tenía 57 años. Dejó, para fortuna de sus lectores, obras como Los anillos de Saturno, Los emigrados, Vértigo, Sobre la historia natural de la destrucción, además de sus poemas y ensayos. A sus libros se regresa una y otra vez, ya sea para recordar alguna de las muchas historias dentro de historias, para ratificar una idea o para aprender de él como escritor; es alguien para releer. Sebald ya ocupaba un lugar prestigioso en la literatura. Su muerte frenó por sorpresa una gran carrera literaria.

Austerlitz, quien creció sin patria, nombre o idioma, logra conocer la verdad de su origen y tiene por fin la certeza de que sí ha existido. En medio de fantasmas y recuerdos desempolvados o relatados, podrá, por lo menos, tener la posibilidad de elegir entre algunos.

, La extinción de los recuerdos, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/extincion-de-los-recuerdos-articulo-665793, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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