Bogotá es un mapa apenas oculto en los recorridos diarios, en la rutina de ir temprano a la panadería para pescar la mogolla recién salida del horno, de casi siempre cruzarse en la esquina llena de grafitis, de avisos de alquiler de lavadoras y de cupos universitarios, a esa chica conocida en otra vida, en otro giro de la rueda de las reencarnaciones. Bogotá tiene las fronteras de la desidia, del cansancio del caminante y del vicioso. Bogotá es esa buseta rumbo al purgatorio llena de cuerpos a punto de salir despedidos por las ventanas, ese taxi que antes de recibirte en el vientre te pregunta con cara de pocos amigos por tu destino, ese taxi que se aleja a toda velocidad después de negarte la entrada a sus entrañas olorosas a pachulí. Bogotá te dice bien pueda, veci, a la orden, veci, ¿qué necesita, veci? Así vivas al otro lado del mundo, Bogotá te llama veci, abreviación de vecino, o al menos eso crees.Bogotá es el miedo a caer en las manos de los cosquilleros, a ser ensartado por el frío filo de las barras bravas, a subirte en un automóvil y no saber si dentro te espera un asaltante, un señor venido de las sabanas boyacenses, un alienígena. Bogotá huye de sí misma como de la peste, cada vez que la oportunidad se le presenta: en los feriados, en la semana santa y en las vacaciones de mitad de año o de diciembre. Bogotá escapa de Bogotá, del ruido, de la neblina, de la pereza cotidiana de abandonar el nido de las cobijas, de la gente apiñada en las esquinas a la espera de la luz verde del semáforo, en las filas del Transmilenio, en las marchas por esto y por aquello. Y al llegar a su fin el receso, Bogotá vuelve con el rostro bronceado a Bogotá. Pero no importa cuánto se haya reído, Bogotá al otro día, al enfrentar a las costumbres, parece que no se hubiese movido un centímetro.

Bogotá ya no es la urbe de los poetas ni la de los tranvías ni la de los sueños. Bogotá ya no es la Bacatá indígena, chola, morena y de gruesas trenzas. Tampoco es la Santa Fe de mejillas en flor y mirada castellana. Bogotá no es la sede de los gramáticos presidentes que pierden un istmo pero a los cuales jamás se les escapa, gracias a dios, un qué galicado. Bogotá rumbea en la Cuadra Picha, se embriaga en el viejo Saint Moritz. Bogotá es la moza lela al ver en el asfalto las marcas del auto de Thelma y Louise, es un poema apócrifo de Baudelaire, un rap desafinado en el Transmi, un abrebocas del planeta tras la llamarada nuclear y la epidemia del olvido. Bogotá se acuesta en los prados de la Universidad Nacional y aprovecha un descuido para echarse un polvo de gallo. Bogotá mira, escondida por la cortina, cómo el predecible ritmo de las caderas de esos estudiantes tirados en el césped llega al espasmo inmemorial. Bogotá a nadie le da indicaciones, se detiene unos segundos a ver la tragedia ajena. Bogotá acecha al incauto de provincia, al calentano, para lanzarse sobre él y quitarle hasta el desaliento. Bogotá, con voz empapada de malicia y temor, les dice güevón a sus compañeras y marica a todo el mundo. Bogotá presume de sus modales, de su chocolate espumoso de La Puerta Falsa, de las exposiciones en la Lablaa, y luce a los rapsodas disecados de la Casa Silva con un orgullo enfermizo.

Bogotá tiene mil placas: Aquí vivió Fulanito, Aquí nació Perencejo, Aquí murió Cualquiera. Bogotá vota por la izquierda así ella la convirtiera en la escenografía de una película de guerra —las obras de la 26—. Bogotá ya no quiere parecerse a Londres ni aspira a tener el glamour de París ni el poliglotismo de Nueva York. Parece que Bogotá se dio cuenta de quién es: el vástago de una familia venida a menos. Conserva el gusto de mirar por encima del hombro al resto del país: se muerde los codos por cada premio recibido por Medellín, se enfurece con los mimos prodigados a Cartagena. Bogotá es un hípster copia de una copia de un zombi. Bogotá delira en los caños a causa del pegante inhalado a la hora del almuerzo y corre con corbata y saco prestado a la enésima entrevista de trabajo. Bogotá subasta todos sus atributos y agujeros a cambio de un Lleras o de un López Michelsen. Bogotá bloquea las calles para gritar mustias consignas. Putea entre dientes a los marchantes pues la obligan a gastar más tiempo del esperado en el viaje.

Bogotá es una moneda en el aire, el millón de caras del hambre, la naricilla fruncida de la gente chic. Bogotá son tres tazas desportilladas, llenas hasta el borde de colillas frescas; las hachuelas de Galarza, el tipógrafo que languidece en un cuartucho mientras redacta el inventario de sus tropiezos y miserias, la camisa desgarrada de Roa, el haikú clandestino de Ignacio Escobar, los expedientes amarillentos del esposo de Esther, la lengua sazonada en brandy de Amarilla, las correrías de Dante por los dédalos del Bronx, la pistola puesta en la sien de Ulises después de llenarse las narinas con el olor de aceite de coco de las guajiras. Contigua a un punto seguido en Bogotá no viene la mayúscula: aparece un hueco, una máquina tapahuecos, el descubrimiento de las pastillas anticonceptivas o las dos rayitas en la prueba de embarazo. Bogotá tiene los cachetes colorados aunque ya no es cachaca ni rola. Bogotá no aguanta las ganas de reírse al recordar que una vez la llamaron la Atenas sudamericana. Bogotá acampó en Plaza de Bolívar —el mismo a quien hace años mandó a morir a otro lado— para que Timochenko y Santos firmaran la paz. Timochenko y Santos, al acordarse, sonríen al constatar de nuevo la inocencia o la ingenuidad de Bogotá. Bogotá surfea en las olas de la paz como lo hiciera en las del petrismo, en las de Mockus. Bogotá camina con bamboleo mariposa en las escaleras y corredores de la Terraza Pasteur. Bogotá mira a la izquierda, a la derecha, se acomoda los pantalones y sale aprisa de Pussycat. BOGOTÁ, bogotá, Bobotá, Tabogo, la Nevera, el moridero, las Mil Oportunidades, Cueva de Alí Babá. Bogotá, de tanto nombrarla, se va a romper, a estallar su nombre. Ojalá: Dios quiera.

, La casquivana hija del licenciado Jiménez, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/casquivana-hija-del-licenciado-jimenez-articulo-673752, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


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Jose Raul Lopez Daza – protección ambiental