Lunes festivo en la mañana. Está temprano y hace frío. Salgo de mi caza con la ilusión de hablar con uno de los más importantes intérpretes de música colombiana del caribe. Tomo el bus. Por las aceras de la avenida La Playa los paisajes son los mismos que se acostumbraban ver los puentes festivos, días de bailes y zaperocos. Uno que otro borracho. Basuras en las calles. Discotecas amanecidas y deportistas preparados para hacer ejercicio. Espero en el Teatro Pablo Tobón Uribe la persona que me llevará hasta la casa familiar donde se hospeda Juan Piña. Me siento. Espero. Un carro Ford Fiesta blanco pasará a recogerme.

“Cuando digo no, es no”. Estas fueron las primeras palabras que escuché de Juan. La noche anterior él había pasado en una reunión familiar. Era claro que no quería atender citas al día siguiente. “Vienes con un ángel”. La persona que me trajo –sobrina de Juan- había estado hablando con él, contándole de mi deseo por escribir una nota y conocerlo. Así que tras una labor apoteósica de ese “ángel” para convencer a Juan, este accedió a hablar conmigo. Recuerdo, el carro era blanco.

“Si pudiera volver a nacer, sería músico, usaría pantalón corto, pelo rebelde, bigote agraciado, sería un estupendo cantante, un paupérrimo bailador y amaría infinitamente el folclore colombiano”. Juguetes, instrumentos. Juego, música. “Somos músicos porque mi abuelo Francisco Piña le enseñó a mi padre Juan de la Cruz, mi padre le enseñó a sus hijos, los hijos enseñarán a sus hijos y estos a los suyos”. Juan de la Cruz Piña hijo nació en el municipio de San Marcos Sucre en el año 1951. Juan estudió hasta segundo de primaria. Al ser uno de los hijos mayores de los 21 Piña, su labor comprendía en trabajar para darles educación a los hermanos menores. Su crianza se vio rodeada por escasos recursos económicos y música.

La música en la familia Piña Valderrama era una opción. La falta de dinero no les permitía comprar juguetes. La diversión que los hermanos Piña Valderrama encontraban eran los instrumentos: el bombo, el redoblante, la guitarra, los platillos y otros instrumentos del aire sabanero del porro. Juan de la Cruz Piña padre les ensañaba a tocar a sus hijos un sinfín de instrumentos musicales. Juan de la Cruz Piña padre dominaba a la perfección los vientos: clarinete, trompeta, bombardino. Juan nunca quiso ser músico, dice él, porque no le gustaba pasar las “lidias” de cargar instrumentos y las marcas que dejaban las embocaduras de los aerófonos, excusa que le sirvió para formarse en el canto. Sin embargo, le tocaba cargar la trompeta de su padre.

Juan no solía jugar en las polvaredas, arenales, y árboles macondos que dan sombra a la iglesia en la plaza pública. Juan prefirió los aplausos, la música, cargar la trompeta y acompañar junto con sus hermanos, a su padre en las presentaciones. Soñar con conocer a grandes artistas y agrupaciones como Celia Cruz, la orquesta Billos Caracas Boys y ser algún día reconocido como “alguien en la música”, eran las metas del niño Juan.

Escuchar la radio. Tomar el tinto en la plaza. Acompañar a su padre. Así eran los días de Juan Piña a los 10 años, en San Marcos. “Nunca me decidí por la música, nací junto a ella”. Comienzos de una carrera artística. Juan, Carlos, Alfonso, Walter –hermano no de sangre-, Elvira –ahora cantante de música católica- y otros hermanos más conformaron la orquesta del padre de Juan, orquesta llamada “Juan Piña y sus Muchachos”. La primera presentación de Juan Piña hijo con la orquesta, fue en el Teatro Carmencita de Montería Córdoba. El niño Juan de 11 años estaba nervioso. Sus piernas temblaban y la voz se desquebrajaba al ver la multitud en el teatro que “no le cabía una alma más”, en espera, del “show de los hermanos Piña Jr”. Los niños piña, con sus pantalones cortos (los cuales usaban los niños entre los 10 y 15 años), dieron un gran espectáculo interpretando porros, cumbias y merecumbés, música que dice Juan con voz acerba “ya no se interpreta, no se interpreta la verdadera identidad de Colombia”. Un año después de la presentación en el Teatro Carmencita, año 1962, Juan y sus hermanos grabaron su primera canción musical. Las grabaciones eran en bloque – todos los instrumentos a la vez-, así que cualquier error, implicaba volver al comienzo. Muere Juan de la Cruz Piña padre. Juan tenía alrededor de 15 años. Juan Piña hijo espera una chiva en la plaza que lo llevará a otro lugar. Juan espera un momento que lo llevará no sólo a otro lugar, lo llevará a los más importantes escenarios del mundo y a los corazones de millones de colombianos.

La chiva se estaciona. Juan se sube. Juan recorre las carreteras de Sucre. Mientras se marcha, recuerda las enseñanzas de su padre. Tras abandonar su “pueblo natal”, Juan llega a una de las más grandes orquestas de música colombiana. A sus 16 años en los 60´s, Juan llega a la Orquesta de los Hermanos Martelo, cuna de éxitos como “Macondo” y “La Buena”, además famosa por sus versiones de canciones como “La piragua” y “Tres Perlas”. La voz de Juan, compartió escenario con Hernando Barbosa, María Elena y Edwin Betancourt, interpretando canciones como “De trago en Trago”, “Noche Costeña”, “Mentiras”, “Tres Perlas” y “La Buena”.

En épocas decembrinas del año 1968, Juan Piña viaja a New York –con permiso de su madre al ser menor de edad-, viaja a una presentación con la Orquesta de los Hermanos Martelo. Como buen pueblerino, los principales recuerdos de Norte América, fueron el frío y las difíciles comunicaciones al no saber el idioma inglés. En la orquesta, Juan recibía todas las prestaciones legales de un trabajo formal: seguro, pago periódico, primas, cesantías y salud. Estando en la orquesta, Juan Piña empieza a visionar una gran carrera musical en prospectiva. Juan practica y entrena esforzadamente su voz. Piensa siempre en el “bailador”, llega alcohol, mujeres, parrandas y escaramuzas, vicios que serían opacados por el amor de Juan a su familia y una fe inquebrantable hacia Dios. Juan estuvo 7 años con los Hermanos Martelo. A los 24 años abandona la orquesta, comienza realmente su carrera musical. Música. Amores. Familia. Después de salir de la Orquesta de los hermanos Martelo, dejando allí un legado musical y un reconocimiento, Juan se encuentra de nuevo con el músico clasificado por el maestro “Lucho” Bermúdez, como “El legado del clarinete colombiano”, el talentoso Carlos Piña. Carlos es el símbolo más vívido del legado musical de Juan de la Cruz Piña. Su clarinete entona las notas más agudas y alegres de su vida, así como las más graves y cabizbajas. Carlos, además es un gran deportista. En la actualidad Juan y Carlos son dos paralelos opuestos en sus físicos: uno es más trozo, el otro más flaco. Los hermanos Juan y Carlos conformaron durante 12 años la Orquesta La Revelación, interpretando éxitos como “El Machín” y “Emigrante Latino”.

Juan Piña, no sólo alternó junto a grandes orquesta e intérpretes. Juan cantó para proyectos musicales que marcaron la tradición musical de Colombia como “La Colombian All Stars” (Las Estrellas de Colombia). Esta orquesta que ponía a “temblar” a los puertorriqueños y cubanos, tenía como base la orquesta “Fruko y sus Tesos” –conformada por músicos de diversos lugares de Colombia, temerarios a la hora de tocar una música entonces escuchada, pero no tocada en Colombia: la salsa-. El proyecto “Colombian All Stars”, reunió a los más destacados artistas colombianos de la época, entre ellos: Wilson “Saoko” Manyoma, José “El Joe” Arroyo, Jairo Licazale, Piper Pimienta Díaz, Juan Piña, entre otros artistas más. El maestro Julio Ernesto Estrada Fruko –seudónimo puesto por el maestro Lisandro Mesa en el tiempo en que Fruko tocaba a sus 16 años para Los Corraleros de Majagual-, amablemente me compartió sus palabras e historias de música. La orquesta “Los Tesos”, instauró éxitos como “El Preso” “Al Son del Tren” y “El Ausente”. El maestro Fruko, recibió un regalo muy especial de su madre. Una flauta de metal comprada al maestro Crescencio Salcedo en “Junín con La Playa”. Fruko comenzó su carrea desde entonces, llevando discos a Guayaquil y siendo el utilero de las cabinas de la disquera Metrópolis y posteriormente, Discos Fuentes. Juan Piña, junto con José “El Joe” Arroyo y Estercita Forero “La novia de Barranquilla”, han situado su arte en el corazón de la bella “Curramba” y sus gentes. “Agárrense la pollera mujeres”, dice Juan en la canción “Baila Simón”.

Al igual que la música, las mujeres han sido una constante en la vida de Juan Piña. No es de extrañar que un hombre exitoso y reconocido por un talento específico, atraiga con facilidad a las señoritas. Tampoco es de extrañar, que los sentidos del baile de la cumbia caribeña, el currulao del pacífico y otros ritmos autóctonos, tengan como centro un acto de fecundidad –en el cual el hombre le coquetea a la mujer, y esta a su vez, se le escapa y arrima sutilmente con un gesto picarón-. La dualidad amor y licor, convergen en los amores y desamores de los artistas. Y es que como dice Juan en otra de sus letras, un cantante “para los hombres es un hombre, para las hembras es un macho (…)”. Aunque… letras de algunas canciones de Juan se expresen a favor de sus gustos y cualidades en el amor, también hay letras que connotan los desamores, pesares y desdenes de Juan Piña. En su disco “Te Perdí”, Juan exclama vociferante “Barranquilla tú sabes quién es”. La dicotomía entre la soledad y la compañía en el amor, es la sombra de Juan Piña y la libertad en sus letras. Los amores de Juan eran a escondidas. Las 7 hijas de Juan –las cuales tienen diversos oficios-, fueron engendradas por diferentes mujeres. “Cuando era chico, en San Marcos tuve 3 novias al mismo tiempo”. Emilia Piña y Bernarda “Berta” Piña –quienes aún viven con más de 90 años de edad-, son dos mujeres que desde sus vidas enmarcaron la identidad completa de la familia Piña. A parte de que son las integrantes más antiguas en tener consigo el apellido más sabroso de la música colombiana, son dos mujeres que han criado a sus familias en la oración y en la alegría de la música. Emilia –residente en Medellín-, vestida siempre de blanco, llevó a la familia la oración y la espiritualidad. “Berta” de 104 años –residente en San Marcos-, vestida siempre de polleras coloridas, y con su sonrisa de niña, llevó a la familia la alegría y el holgorio de la identidad colombiana.
Juan recuerda entre risas y brillo en los ojos, que “Mientras Emilia nos cantaba villancicos, Berta nos cantaba canciones de Celina Gonzáles ‘Yo soy el punto cubano (…)’”. Así es de divergente, pero a la misma vez tan propia, la familia Piña”. “Me duele mucho que mi Papá no haya disfrutado de la herencia que nos dejó de la música, a Dios y mi Madre le debo lo que soy”.

La pérdida temprana del padre de Juan y posteriormente la muerte de su madre Blanca Rosa Valderrama, son los dolores más acerbos en la vida de Juan de la Cruz Piña Valderrama. Dice el maestro Juan que en la vida siempre se copia “lo bueno, lo malo y lo feo-lo que no es del todo malo pero no está bien-“.
Verse al espejo, poner los principios, enseñanzas y a Dios por encima de lo malo, es la llave que le ha permitido a Juan abrir las puertas de una vida llena de alegría. “Soy amigo de grandes personalidades de Colombia, aun así, también soy amigo de cualquier pordiosero, vale es el corazón, le doy mi mano”. Ponerse la camiseta que dice “Familia Piña”. Asistir a las presentaciones. Acompañar a los “tíos –Juan y Carlos-”. Bailar en las reuniones como “Baila Simón”. Cantar. Contar las anécdotas de los conciertos y los “dichos de mi abuelo”. Comer y tomar de “La Rama de Tamarindo”. Compartir sonrisas y si acaso, algo de “traguito”. Estas son las particularidades de una familia que acompaña a sus músicos –ganadores en diversas ocasiones del Congo de Oro, además del Latin Grammy en el 2012-.

La familia Piña, cada vez que “hay partido” –presentaciones musicales-, se ponen las camisetas con sus nombres como si fueran futbolistas. “Me acosté a las 5 de la mañana. Estaba en Neiva Huila. Me acosté después de una presentación toda la noche. El hotel quedaba en la plaza. Me acuesto. Una hora más tarde, oigo unos ruidos. ‘piña, piña… toc-toc-toc, piña’. Suena la puerta. Me levanto furioso. Abro la puerta. Frente a ella, un carretero vendiendo piñas. Pensé que me llamabas”.
Juan piña, el sabor de la música Colombiana, seguirá llevando más sabor para el país del realismo mágico y las realidades azuzadas. Sabor para el país de los hombres que sueñan y las vidas que se lamentan. Juan Piña, es el sabor de la música colombiana. La música colombiana, es el sabor más dulce de Colombia. “Si pudiera volver a nacer, sería músico, usaría pantalón corto, pelo rebelde, bigote agraciado, sería un estupendo cantante, un paupérrimo bailador y amaría infinitamente el folclore colombiano”.

 “Gracias familia Piña por las deliciosas butifarras barranquilleras”.

Medellín 08 de diciembre del 2016.

, Juan Piña: el sabor de la música colombiana, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/juan-pina-el-sabor-de-musica-colombiana-articulo-674537, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


(adsbygoogle = window.adsbygoogle || []).push({});

Jose Raul Lopez Daza – protección ambiental