Para Juan Gustavo Cobo Borda, preguntar por la condición de su poesía es preguntar por su propia salud: “Ahora que tengo esclerosis múltiple, la salud de la poesía es la enfermedad del cuerpo. Se escribe a partir de carencias y caídas. Se escribe para llegar a otra persona y decirle: ‘todas las mañanas sale un barco del puerto, todas las mañanas zarpa Ulises en busca de sirenas’. Con la literatura uno sueña en Bogotá lo mismo que soñó Kafka o Benjamin. Al hacerlo honramos a Lezama Lima cuando decía que no hacía falta irse muy lejos porque los mejores viajes se hacen entre la biblioteca y el comedor”.

Incluso ahora, cuando su situación lo confina a una silla de ruedas, Cobo Borda siempre ha tenido en su cuerpo a un cómplice de su poesía: “Uno empieza a escribir por no hallarse del todo con las cosas, con sus circunstancias, con los padres y con el propio cuerpo. Crecí tanto y tan rápido que no sabía dónde quedaba la tierra ni las dimensiones de las cosas.” Ese desajuste lo llevó, en sus primeros años, por un camino zigzagueante en el que pasaba de los versos de Rilke a las peripecias de Sandokán y sus piratas.

La aventura que encontró en la lectura sirvió como excusa para dos empresas que en su momento resultaban candorosas y pueriles. La primera, la de acumular todos los libros del mundo, una labor imposible de la que da fe su interminable biblioteca. La segunda era la labor de convertirse en poeta ante la punzante necesidad de calcar a Pablo Neruda y Agustín Lara.

En este viaje, Cobo Borda estuvo acompañado por grandes figuras de las letras colombianas: “Me pasó algo perturbador y es que, como andaba metido entre libros, me pasé la vida con viejos. Mis diálogos más entrañables fueron con Germán Arciniegas, Hernando Valencia Goelkel, Nicolás Gómez Dávila y Ernesto Volkening”. Con este último, y mientras trabajaba como gerente de la librería Buchholz, en el centro de Bogotá, Cobo fue el responsable de dirigir la revista Eco a partir de 1973 y durante 11 años.

“En un número de Eco convivían Álvaro Mutis, Aurelio Arturo y Héctor Rojas Erazo con Heidegger, Habermas y Nietzsche”. Este inusual diálogo entre culturas, que implicó la minuciosa traducción de textos alemanes al español, se nutrió del ambiente que se vivía en la librería Buchholz. “Mientras llegaban libros de (editoriales como) Oxford, Gallimard y Suhrkamp, se empezó a dar una suerte de eclosión de la literatura latinoamericana que teníamos que reseñar y analizar en Eco y en El Espectador, donde existió una columna que se llamaba Desde la Buchholz, escrita por Ricardo Cano Gaviria”.

Su posición a cargo de la librería y la revista Eco le permitió codearse con lo mejor de la cultura latinoamericana. Cuenta con tono risueño la ocasión en la que fue invitado por Ángel Rama para fundar la Biblioteca Ayacucho, una iniciativa para poner a circular clásicos de la literatura latinoamericana. “Preguntaron cuáles eran las obras más significativas de cada país para comenzar a publicarlas. Di una lista en la que añadí a José María Vargas Vila. Ángel Rama se molestó y me dijo que me habían llevado para darles luces sobre los autores más significativos de Colombia, que no era necesario que hiciera mis habituales bromas. Me quedé como alumno regañado cuando, de pronto, Miguel Otero Silva, gran novelista venezolano, levantó la mano y dijo: ‘Profesor Rama, no estoy de acuerdo con usted. Lo que ha dicho Cobo es cierto. La figura más importante de la literatura colombiana es Vargas Vila porque con él todos nos hemos masturbado’. Con el tiempo hice una pesquisa en la que descubrí que las adolescencias de Mario Vargas Llosa, Pablo Neruda, Jorge Amado y el editor catalán Carlos Barral pasaron por las páginas de Vargas Vila, tal vez rompiéndolas y manchándolas”.

Por la vía de las anécdotas, Cobo llega a Jorge Luis Borges, una presencia constante en las estanterías y paredes de su biblioteca. Al argentino, a quien dedicó su poema El maestro, le atribuye su sensibilidad con el lenguaje. “Borges nos dio la posibilidad de un español más agudo, más fino y sin estar supeditado a la llanura, la selva o lo tropical exagerado. Borges nos enseñó a dudar de nosotros y del español, a descubrir la música maravillosa de Garcilaso y de Quevedo. Él es el universo literario y humano gracias al cual podemos decir grandes verdades como ‘Me duele una mujer en todo el cuerpo’”.

En cuanto a su posición frente a la tarea política de la poesía, en Cobo resuenan el desdén y el escepticismo de Borges. “La función política de la poesía es contradictoria y paradójica, porque lo que nos termina enseñando es a desconfiar de la política. Neruda, por ejemplo, creía que con su poesía podía lograr algo a nivel político, pero, después del drama de Praga, él mismo se dio cuenta de que figuras que había exaltado, como Stalin, se volvieron la negación de todo lo que soñaba”.

Al cabo de esas palabras, vuelve una de las preguntas que Cobo hace en sus poemas: ¿con quién marcha y a quién cura la poesía? De inmediato se transporta a la época en la que el Che Guevara y el cura Camilo Torres agitaban la historia política del continente. “La gente piensa que la poesía no sirve para mucho, pero lo que vimos es que estas figuras tenían el canto y el respaldo de la poesía para continuar una marcha que terminó en los despojos de una generación arrasada”.

Para Cobo, el poeta sabe que la voz humana es la que lleva su fuerza y debe ser una herramienta para facilitar el diálogo crítico que compone la cultura. Sus poemas, el intercambio del que fue escenario Eco y su trabajo rescatando papeles de Germán Arciniegas, Baldomero Sanín Cano, Jorge Zalamea y Hernando Téllez corroboran su compromiso por llenar de voces y música la discusión pública.

, Juan Gustavo Cobo: honoris causa a una vida de poesía, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/honoris-causa-una-vida-de-poesia-articulo-661344, http://www.elespectador.com/noticias/cultura/feed, ELESPECTADOR.COM – Zodiaco, Cultura,


(adsbygoogle = window.adsbygoogle || []).push({});

Jose Raul Lopez Daza – protección ambiental